La
ciudad en la era de su reproductibilidad turística
1. En sus orígenes la ciudad surgió como proyecto
de futuro: las personas se mudaban del campo a la ciudad con el
fin de sustraerse a las antiguas fuerzas de la naturaleza y construir
un nuevo futuro que ellas mismas pudieran determinar y controlar.
Toda la historia humana hasta la actualidad está determinada
por este movimiento del campo a la ciudad. En el fondo, es este
movimiento el que le indica la dirección. Es cierto que la
vida en el campo fue estilizada recurrentemente como la edad de
oro de la armonía y la felicidad "natural". Pero
esas evocaciones idealizadas de la vida pasada en la naturaleza
no impidieron a los hombres seguir por la senda histórica
ya tomada. Es decir, la ciudad como tal posee una dimensión
utópica que le es inmanente por situarse más allá
del orden natural de las cosas. El lugar de la ciudad es el u-topos.
En el pasado, las murallas de la ciudad circunscribían el
lugar en el cual había sido construida, señalando
así claramente su carácter utópico. Y a propósito:
cuanto más utópica debía ser una ciudad, tanto
más difícil debía ser llegar a ella e ingresar
en ella, sea la Lhasa tibetana, la celestial Jerusalén o
la Shambala hindú. La ciudad tradicional se aislaba del resto
del mundo para recorrer su propio camino rumbo al futuro. De modo
que la ciudad genuina no es sólo utópica, sino también
antiturística: se aísla del espacio y se mueve en
el tiempo.
Ahora
bien, tampoco al interior de la ciudad cesó la lucha contra
la naturaleza. Ya Descartes afirma al inicio de su "Discurso
del Método" que las ciudades que se desarrollaron a
lo largo de la historia y que por esa razón no lograron sustraerse
del todo a la irracionalidad del orden natural, en el fondo deberían
ser completamente demolidas para que en el espacio ahora vacío
fuese construida una nueva ciudad, racional y perfecta. Más
tarde, Le Corbusier postuló dinamitar las ciudades históricas,
incluyendo París, para construir en su lugar nuevas ciudades
de la razón. El sueño utópico de la racionalidad,
claridad y controlabilidad total del entorno urbano conduce, por
lo tanto, al desarrollo de una dinámica histórica
que se manifiesta en la permanente reestructuración de todas
las áreas de la vida urbana. La búsqueda de la utopía
obliga a la ciudad a la permanente superación y destrucción
de sí misma. De esta forma, la ciudad pasó a ser el
lugar de las revoluciones, profundas transformaciones históricas,
constantes re-comienzos, de la moda fugaz, de los estilos de vida
en permanente cambio. Construida como lugar protegido y seguro,
se convirtió así en escenario de la criminalidad,
la inseguridad, la destrucción, la anarquía y el terrorismo.
La ciudad se presenta, por consiguiente, como una mezcla de utopía
y distopía, siendo que la modernidad indudablemente estima
y adora más la dimensión distópica que la dimensión
utópica de la ciudad: la decadencia, el peligro, lo siniestro.
Esta ciudad eternamente provisoria muchas veces fue descrita por
la literatura y retratada por el cine: Se trata de una ciudad como
la representada p.e. en "Blade Runner" o en "Terminator"
(1 y 2), en la cual todo es constantemente entregado a la implosión
o la incineración, porque se intenta una y otra vez, crear
espacio para lo venidero, para el futuro; y, una y otra vez, se
impide y posterga el advenimiento del futuro, porque los restos
de lo que ya fue construido no se pueden eliminar completamente,
con lo cual la fase actual de los preparativos nunca llega a su
fin. Si algo hay de duradero en nuestras ciudades, entonces son
estos permanentes preparativos para crear algo duradero, una permanente
postergación de la solución definitiva, una permanente
remodelación, una continua reparación y una fragmentaria
adaptación a nuevas necesidades.
2.
Ahora bien, en la modernidad este impulso utópico, esta
búsqueda de una ciudad ideal se fue debilitando cada vez
más, siendo paulatinamente relevado por la fascinación
del turismo. Cuando hoy la oferta de oportunidades en nuestra propia
ciudad ya no nos satisface, no intentamos transformar, revolucionar
o reformar esta ciudad, sino que simplemente vamos a otra ciudad
-por poco tiempo o para siempre-, para encontrar en ella lo que
nos falta en la nuestra. La movilidad entre las ciudades -en todas
las formas del turismo y de la migración-, ha cambiado nuestra
relación con la ciudad así como nuestras ciudades
mismas, pues la interconexión y movilidad a escala global
terminaron por cuestionar profundamente el carácter utópico
de la ciudad, reinscribiendo el u-topos urbano en la topografía
de un espacio globalizado. No fue casualidad que McLuhan hablara,
en relación a esa red o interconexión global, no de
una ciudad, sino de una aldea global. Para el turista, así
como para el emigrante, el campo -en medio del cual se localiza
la ciudad-, vuelve a ser el tema principal.
Fue
sobre todo la primera fase del turismo moderno -que quisiera denominar
la fase del turismo romántico-, la que produjo una postura
decididamente anti-utópica en relación a la ciudad.
El turismo romántico en el sentido del siglo XIX condujo
a un cierto anquilosamiento de la ciudad, que fue interpretada como
suma de sus atracciones turísticas. Pues el turista romántico
no busca proyecciones utópicas universalistas, sino diferencias
culturales e identidades locales. Su mirada no es utópica,
sino conservadora: no está dirigida al futuro, sino orientada
hacia los orígenes. El turismo romántico es una máquina
para transformar lo provisorio en definitivo, lo temporal en eterno,
lo efímero en monumental. Cuando el turista en tránsito
visita una ciudad, ésta se presenta a su mirada como a-histórica,
eterna, como sumatoria de construcciones que siempre han existido
en aquel lugar y siempre seguirán existiendo en su estado
actual (pues el turista no puede seguir la transformación
histórica de una ciudad ni entender el impulso utópico
que la transporta al futuro). De modo que podría decirse
que el turismo romántico suprime la utopía realizándola.
La mirada turística romantiza, monumentaliza y eterniza todo
a cuanto se dirige. Y la ciudad se adapta a esta utopía realizada,
a la mirada de Medusa del turista romántico.
Porque
resulta que los monumentos de una ciudad no están allí
desde siempre, esperando al turista para ser vistos por él.
Muy por el contrario, son creados por el turismo. Sólo el
turismo monumentaliza una ciudad: sola ante la mirada del turista
en tránsito, la vida urbana cotidiana que fluye y se transforma
permanentemente se convierte en la imagen monumental de la eternidad.
Y el crecimiento del turismo implica también una creciente
velocidad de la monumentalización. Vivenciamos hoy una explosión
de la eternidad o, para ser más precisos, de la eternización
en nuestras ciudades. Hoy no son apenas los monumentos reconocidos
como p.e. la Torre Eiffel o la catedral de Colonia que nos parecen
dignos de preservación, sino todo lo que nos transmite la
sensación familiar 'ah, siempre fue y siempre será
así'. Incluso si fuéramos a Nueva York y luego al
South Bronx, y viéramos como allí los traficantes
de drogas se agarran a balazos o al menos dan la impresión
de que en cualquier momento iniciarán una balacera, esa escena
es investida de la dignidad de lo monumental. Pensamos 'bueno, aquí
las cosas siempre han sido así y siempre serán así:
estos tipos pintorescos, estas románticas ruinas urbanas
y este peligro acechándonos en todas partes'. Y si más
tarde leyéramos en los periódicos que se pretende
renovar ese barrio, nos sentiríamos consternados y con la
misma tristeza que experimentaríamos al saber que se planea
dinamitar la catedral de Colonia o la Torre Eiffel para construir
en su lugar una gran tienda de departamentos. Pensamos 'aquí
se destruye un retazo de vida auténtica, peculiar, diferente;
aquí una vez más todo es aplanado y banalizado, aquí
se perderá irrevocablemente lo monumental y lo eterno'. Pero
ese luto es prematuro, porque si después de la renovación
volvemos a la misma zona, pensamos en como todo allí es tan
maravillosamente insípido, feo, banal -aparentemente allí
las cosas siempre han sido y serán tan chatas. Con ello la
zona en cuestión es re-monumentalizada, porque el viajero
en tránsito experimenta lo cotidiano y lo banal como algo
igualmente monumental que lo extraordinario. No es la calidad interna
de un monumento que decide sobre su monumentalidad, sino que esa
monumentalidad resulta exclusivamente del continuo juego de monumentalización,
desmonumentalización y remonumentalización, puesto
en marcha por la mirada del turista romántico.
La
figura del turista que viaja alrededor del globo en búsqueda
de vivencias estéticas es tematizada filosóficamente
por primera vez por Kant en su teoría de lo sublime (en la
"Crítica de la Facultad de Juzgar"). De acuerdo
a Kant, el turista romántico es aquel que reconoce hasta
su propio fin como posible destino de viaje, y que a la vez es capaz
de experimentarlo como acontecimiento sublime. A modo de ejemplos
de lo sublime matemático Kant escoge montañas u océanos
que parecen superar la escala normal de la capacidad de imaginación
humana. Como ejemplos de lo sublime dinámico menciona poderosos
acontecimientos naturales como tempestades, erupciones volcánicas
y otras catástrofes que por su fuerza descomunal amenazan
directamente nuestras vidas. Ahora bien, estas amenazas hacia las
cuales viaja el turista romántico no son sublimes en sí
(así como los monumentos urbanos no son monumentales en sí).
Según Kant, lo sublime no reside en "ninguna cosa de
la naturaleza", sino en la "facultad puesta en nosotros"
de juzgar y disfrutar sin temor las cosas que nos amenazan. Por
lo tanto, el sujeto de las ideas racionales infinitas es para Kant
ante todo un turista que una y otra vez busca lo insólito,
lo gigantesco y el peligro, para probar su superioridad, su sublimidad
ante la naturaleza. Sin embargo al mismo tiempo Kant remite en otro
pasaje de su texto al hecho de que p.e. los habitantes de los Alpes
que han pasado toda su vida en las montañas no las consideran
de ninguna manera sublimes y toman "sin vacilación a
todos los amantes de la cordillera de hielo por locos". Vemos
que en la época de Kant la mirada del turista romántico
permanece aún radicalmente ajena a la mirada del habitante
campesino de las montañas. El turista dispone de una mirada
globalizada, para la cual por ejemplo la figura del campesino suizo
funciona como parte del paisaje, razón por la cual no le
incomoda en lo más mínimo. Y a los ojos del campesino
suizo que trabaja y cuida su entorno inmediato, el turista romántico
es un chiflado, un idiota que en el fondo no puede tomar en serio.
Pero en el intertanto, la situación una vez más ha
cambiado completamente, como ya sabemos. Aunque la respectiva población
de una región siga considerando al turista internacional
un loco, esta misma población se siente -sin duda por razones
sobre todo económicas-, crecientemente obligada a apropiarse
de la mirada globalizada dirigida sobre ella misma y a adaptar su
propio estilo de vida al gusto estético del visitante, del
viajero, del turista. Y no sólo eso: los propios habitantes
de las montañas comienzan a viajar y se convierten a su vez,
en turistas.
3.
Por consiguiente, la época en la cual vivimos ahora es
una época del turismo post-romántico, esto es, del
turismo confortable y al mismo tiempo total, que marca el inicio
de una nueva fase en la historia de la relación entre el
u-topos urbano y la topografía de nuestro planeta. En realidad,
esta nueva fase es fácil de caracterizar: no solamente turistas
románticos individuales, sino que un sinnúmero de
personas, cosas, signos e imágenes provenientes de un sinnúmero
de culturas locales comienzan a abandonar sus lugares tradicionales
para iniciar un viaje alrededor del mundo. Desaparece la rigurosa
oposición entre el turista romántico en viaje por
el mundo entero y la población sedentaria de raigambre local.
La ciudad ya no espera al turista: ella misma comienza a circular
globalmente, a reproducirse a escala mundial, a expandirse en todas
las direcciones. Incluso la ciudad se mueve y reproduce a una velocidad
claramente mayor a aquella con la que logra desplazarse el turista
romántico individual. Este hecho da pie a la queja, tan difundida
hoy, de que todas las ciudades se asemejan crecientemente, de que
se homogenizan, de que quien llega en condición de turista
a una nueva ciudad, ve las mismas cosas que ha visto siempre en
todas las demás ciudades. Esta experiencia de la semejanza
de todas las ciudades actuales a menudo sugiere al observador la
conclusión errónea de que las peculiaridades, identidades
y diferencias culturales locales desaparecieron en el proceso de
globalización. En realidad no desaparecieron, sino que salieron
de viaje -ellas mismas-, y comenzaron a reproducir y expandirse
a escala mundial.
Hace
mucho tiempo que ya no podemos disfrutar la cocina china sólo
en China, sino también en Nueva York, Paris y Dortmund. Y
si nos preguntamos en qué contexto cultural la cocina china
es más sabrosa, la respuesta no será necesariamente
"en China". Es decir, cuando hoy llegamos a China y la
mayoría de las veces nos encontramos con ciudades que no
nos parecen exóticas, eso de ningún modo se debe únicamente
al hecho de que esas ciudades lleven la impronta de la arquitectura
internacional moderna de origen occidental, sino también
al hecho de que muchas "cosas auténticamente chinas"
que allá se pueden ver ya le son familiares a un visitante
de USA o de Europa, porque ha tenido la ocasión de vivenciar
esa dimensión china en su propia ciudad. Por consiguiente,
el factor local no desaparece; más bien se torna global.
Las diferencias interurbanas se convierten en intra-urbanas. Surge
una metrópolis internacional global que sustituye la aldea
global. Esta metrópolis internacional funciona como una máquina
de reproducción que reproduce con relativa rapidez en todas
las otras ciudades del mundo todos los aspectos locales que surgen
en una determinada ciudad. De esta forma, con el tiempo las diferentes
ciudades se van pareciendo cada vez más, sin que una determinada
ciudad sirviera de modelo para las demás. Cuando aparece
en un determinado barrio de Nueva York una nueva variante de la
música rap, esta comienza a copar rápidamente el espacio
sonoro de otras ciudades (y con la misma rapidez una secta de la
India reproduce sus ashrams, divulgándolos en el mundo entero).
Pero
son sobre todo los artistas e intelectuales de hoy quienes pasan
la mayor parte de su tiempo viajando: de una exposición a
otra, de un proyecto a otro, de una conferencia a otra, de un contexto
cultural local a otro. Se espera de cada participante activo de
la vida cultural actual que ofrezca su producción a un público
global y esté dispuesto a moverse constantemente de un lugar
a otro, presentando su trabajo en todas partes con el mismo grado
de convicción. Esta vida en tránsito implica tanto
esperanzas como temores. En primer lugar, el artista tiene la oportunidad
de escapar en forma relativamente indolora a la presión de
un gusto localmente dominante. Gracias a los actuales medios de
comunicación el artista puede buscar personas de su misma
orientación en cualquier lugar del mundo, en vez de intentar
adaptarse al gusto y las orientaciones culturales de su entorno
inmediato. Por lo demás, eso explica también el estado
de una cierta despolitización del arte actual, tan frecuentemente
deplorada en nuestros días. El artista de antaño,
cuya obra permanecía incomprendida en el contexto de su cultura
local, proyectaba sus esperanzas sobre todo en el futuro: en transformaciones
políticas que debían favorecer el nacimiento de un
observador nuevo, futuro. Hoy, el impulso utópico cambió
de dirección: se busca el reconocimiento no en el tiempo,
sino en el espacio. La globalización relevó el futuro
como lugar de la utopía. En vez de una política vanguardista
del futuro hoy se practica una política del viaje, de la
migración, del nomadismo, que sin embargo vuelve a introducir
la dimensión utópica que se creía perdida en
los tiempos del turismo romántico.
Y
eso significa que como viajeros, hoy no contemplamos tanto contextos
locales distintos, sino más bien otros viajeros en el contexto
de un viaje global permanente que se volvió idéntico
a la vida en la metrópolis internacional. También
la arquitectura urbana actual comienza a viajar más rápidamente
que sus observadores. Casi siempre -o al menos la mayoría
de las veces-, ya llegó donde los turistas aún tienen
que llegar. En la competencia de velocidad entre el turista y la
arquitectura, quien pierde hoy es el turista. Es así como
al turista le molesta el hecho de encontrar la misma arquitectura
en todas partes, pero al mismo tiempo observa y admira como una
determinada arquitectura se logra imponer en contextos culturales
tan distintos. Hoy estamos dispuestos a encontrar estéticamente
atractivos y convincentes sobre todo aquellas estrategias artísticas
capaces de producir un arte que logra imponerse a escala mundial,
con la misma facilidad en los más diversos contextos culturales
y bajo las condiciones más diversas de percepción.
Lo que hoy nos fascina, no son justamente las diferencias e identidades
culturales locales, sino las formas artísticas que logran
imponer en cualquier lugar su propia identidad e integridad. Puesto
que todos nos convertimos en turistas y, por lo tanto, sólo
podemos observar a otros turistas, admiramos en todas las cosas,
costumbres y procedimientos ante todo su capacidad de reproducción,
de difusión, de autoconservación, de sobrevivencia
en las condiciones locales más diversas.
De
este modo las estrategias del turismo total post-romántico
asumen hoy el lugar de las viejas estrategias utópicas e
iluministas. Hoy, los estilos arquitectónicos y artísticos
consagrados, los prejuicios políticos, mitos religiosos y
costumbres tradicionales ya no están para ser superados en
nombre de lo universal, sino para ser reproducidos turísticamente
y difundidos a escala mundial. La metrópolis internacional
de hoy es homogénea sin ser universal. Antes se creía
que sólo podría pensar y crear de manera universal
quien se revelara capaz de trascender su propia tradición
local en nombre de lo universal y de lo universalmente válido.
De allí el reduccionismo de la utopía de la vanguardia
radical: primero se pretendía llegar a una forma pura, elemental,
que se deshiciera de todo rasgo histórico y local para después
reivindicar para esa forma una vigencia universal, global. Así
procedió el arte del modernismo clásico: primero la
reducción a lo esencial, y luego la difusión a nivel
mundial. En cambio, el arte y la arquitectura de la actualidad se
difunden globalmente sin realizar esta reducción a lo esencial
y universalmente válido. Las posibilidades de la interconexión,
movilidad, reproducción y difusión global, universal
volvieron obsoleta la exigencia tradicional de universalidad de
la forma o del contenido. Hoy, cualquier forma cultural puede difundirse
sin que de ella se exija la formulación de una pretensión
de universalidad. La universalidad del pensamiento es sustituida
por la universalidad de la difusión mediática de cualquier
pensamiento local. La universalidad de la forma artística
es sustituida por la reproducción global de cualquier forma
local. La consecuencia es que el observador actual se ve confrontado
permanentemente con el mismo entorno urbano, sin que se pueda decir
al mismo tiempo que la calidad formal de ese entorno es "universal"
en algún sentido del término. En la época de
la posmodernidad, la arquitectura practicada en la sucesión
de la Bauhaus fue criticada como monótona y reduccionista:
como una arquitectura que nivelaría y extinguiría
todas las identidades locales. Sin embargo, hoy cualquier estilo
local se difunde tan globalmente como antes sólo se difundía
el estilo internacional. Surge así en virtud del turismo
total una homogeneidad sin universalidad: un fenómeno efectivamente
nuevo, genuinamente contemporáneo. De modo que en el contexto
del turismo total nuevamente nos encontramos ante una utopía,
pero una utopía que se distingue radicalmente de la utopía
estática de la ciudad, que se delimita de la topografía
restante, del resto del país. Es así como hoy vivimos
en una metrópolis internacional, en la cual habitar y viajar
pasaron a ser sinónimos, y en la cual se ha borrado la diferencia
entre habitantes y visitantes. La utopía del movimiento global
constante sustituyó, por lo tanto, la utopía de un
orden universal eterno. En forma correspondiente se transformó
también la dimensión distópica de esta utopía:
células terroristas y drogas nuevas se reproducen en todas
las ciudades del mundo con la misma velocidad, como p. e.: las boutiques
Prada.
Curiosamente
algunos utopistas radicales de la vanguardia rusa ya habían
diseñado a principios de este siglo proyectos de ciudades
del futuro, en las cuales todas las viviendas y casas debían
ser en primer lugar uniformes y en segundo lugar móviles.
De una manera fantástica el mismo viaje turístico
se convierte aquí en destino del viaje. Es así como
el poeta Vladimir Chlebnikov propuso colocar a todos los habitantes
de Rusia en celdas habitables de vidrio, sobre ruedas, para que
pudieran viajar a cualquier lugar y verlo todo (y a la vez ser vistos
sin impedimentos). Con ello, el turista y el habitante de la ciudad
se vuelven idénticos (y todo lo que un turista puede contemplar
son otros turistas). Por lo demás, Kasimir Malevitch continuó
el proyecto de Chlebnikov al sugerir que cada persona fuese colocada
en una nave cósmica individual para que pudiera planear permanentemente
en el cosmos y volar de un planeta al otro. Aquí el Hombre
se transforma definitivamente en el eterno turista, que viaja sin
parar, convirtiéndose a sí mismo en monumento, aislado
en su celda individual y siempre idéntica a si misma. He
aquí una visión que encontramos por ejemplo en la
conocida serie televisiva "Viaje a las Estrellas" (Star
Trek), en la cual la nave espacial se convierte en un espacio utópico
o monumental en constante movimiento, que nunca cambia a lo largo
de los incontables episodios de esta serie, a pesar de que se mueva
-o justamente porque se mueve-, siempre a la velocidad de la luz.
La utopía se presenta aquí como superación
de la oposición entre permanecer y viajar, sedentarismo y
nomadismo, comodidad y peligro, ciudad y entorno rural (como creación
de un espacio total, en el cual la topografía de la superficie
de la Tierra se identifica con el u-topos de la ciudad eterna).
Dicho
sea de paso que esta superación utópica de la topografía
ya fue pensada en forma muy impresionante en la época del
Romanticismo, conforme documenta el siguiente pasaje del ensayo
"La estética de lo feo" (1853) de Karl Rosenkranz,
discípulo de Hegel: "Tomemos p.e. nuestra Tierra. Para
ser bella en cuanto masa, tendría que ser una esfera perfecta.
Pero no lo es. Está achatada en los polos e inflada en el
Ecuador, siendo además de eso de extremada desigualdad de
elevaciones en su superficie. En perspectiva meramente estereométrica,
un perfil de la costra terrestre nos revela la confusión
más casual imaginable de elevaciones y depresiones con los
contornos más imprevisibles. Así tampoco podemos decir
de la superficie de la Luna que sea bella en su maraña de
alturas y profundidades, etc.". Cuando ese texto fue escrito,
la humanidad aún se encontraba técnicamente muy lejos
de las posibilidades de los viajes espaciales. No obstante, el sujeto
de la contemplación estética global es representado
aquí, en el espíritu de una utopía vanguardista
o de una película de ciencia ficción, como un extraterrestre
que llega del espacio en una nave espacial y emite, desde una cómoda
distancia, un juicio estético sobre el aspecto de nuestro
sistema solar: bajo la hipótesis, claro está, de que
ese extraterrestre tiene un gusto pronunciadamente clasicista, razón
por la cual no percibe a nuestro planeta y su entorno inmediato
como particularmente bellos. Pero sea cual sea su juicio estético,
una cosa es evidente: aquí ya se manifiesta la mirada de
un consumado habitante de la ciudad, que se mueve constantemente
en el u-topos del negro espacio cósmico, contemplando la
topografía de este mundo desde una distancia turística,
estética.
Boris
Groys
Traducido por Margit Schmohl