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El 22 de marzo la ONU conmemora el día mundial del agua. Esta fecha, instaurada en 1992, tiene como objetivo sensibilizar a la población sobre la relevancia de este vital elemento. Gracias a estas iniciativas se ha creado conciencia de las consecuencias sobre la salud humana y el medio ambiente de la emergencia crítica que significa escasez hídrica.
En ese contexto, el suelo cumple un rol fundamental en el ciclo del agua. No solo sostiene la vida vegetal, sino que también actúa como un filtro y regula el movimiento del agua en La Tierra, actuando como un verdadero reservorio natural. En un escenario de creciente incertidumbre respecto a la seguridad hídrica, comprender cómo el agua se mueve y distribuye en el suelo, tanto en el tiempo como en el espacio se vuelve esencial para gestionar este recurso de manera responsable y sostenible en el futuro.
Cuando pensamos en dónde se encuentra este elemento, a menudo viene a nuestra mente la imagen de grandes extensiones de agua, como océanos, ríos o lagos y rara vez recordamos que el suelo actúa como un reservorio silencioso. El suelo, aparentemente invisible, mantiene a las plantas, regula procesos ecosistémicos y sostienen la producción agrícola, siendo así clave para la biodiversidad y la seguridad alimentaria humana. Bajo el paradigma del “suelo vivo”, que lo define como un ecosistema complejo y dinámico, el agua pasa a ser un elemento indispensable para la mantención de las comunidades bióticas que llevan a cabo los ciclos de nutrientes, esto repercute directamente sobre disponibilidad de nutrientes en ambientes silvestres y agroecosistemas. De la misma manera, el agua influye en la física del suelo. La humedad modula procesos de agregación, mediados por compuestos químicos exudados por raíces de plantas e hifas de hongos, estos actúan a modo de “pegamento” estructurando la matriz porosa que favorece el intercambio gaseoso y la capacidad de retención de agua. En la intrincada danza de esta interacción, existe un mecanismo de retroalimentación positiva dinámico, que está meticulosamente regulado e influenciado por el mismo contenido de agua que sirve de base para este proceso. En contraste, la escasez hídrica afecta a las comunidades de micro y macroorganismos lo cual impacta negativamente la fertilidad y la estructura del suelo, promoviendo procesos de compactación.
La capacidad de los suelos de absorber agua y nutrientes es una función ecosistémica vital, el suelo es el principal compartimento ambiental que filtra y depura el agua. Sin embargo, las actividades humanas como la industria, la minería y la agricultura pueden impactar negativamente esta función del suelo alterando la dinámica del agua disminuyendo la materia orgánica y desequilibrando la concentración de metales y otros elementos. Por esa razón, la contaminación de nuestros suelos y su siguiente remediación es una preocupación importante para la sociedad. En el contexto de cambio global, suelos bien gestionados en términos del recurso hídrico pueden contribuir a la estabilización y captura de carbono. Desde esa mirada, la agricultura tiene mucho que aportar a partir de la incorporación de prácticas tales como el uso de coberturas vegetales y el aumento de la materia orgánica que buscan mejorar la capacidad de los suelos para retener agua y sostener la vida que lleva a cabo los ciclos biogeoquímicos.
La conmemoración del Día Mundial del Agua nos invita a ampliar nuestros horizontes, para tener en cuenta la conservación del agua que hace posible la vida debajo de nuestros pies. A comprender que preservar el suelo como reservorio silencioso es proteger la seguridad alimentaria, la calidad del agua de consumo humano y la capacidad de los ecosistemas para adaptarse a las condiciones cambiantes.
Departamento de Ingeniería y Suelos
Facultad de Ciencias Agronómicas, Universidad de Chile
Joseph Govan, Julio Haberland, Ian Homer, Cristián Kremer, Marco Pfeiffer, Osvaldo Salazar, Constanza Schapheer, Oscar Seguel y Yasna Tapia.