¿Agente Naranja? Así fue denominado el herbicida utilizado por Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, una sustancia que arrasó bosques y contaminó suelos y marcó para siempre la vida de millones de personas. Sus efectos, profundamente ligados a graves enfermedades y daños persistentes, continúan afectando tanto a la salud humana como al medioambiente décadas después de su uso. En el mes de la sustentabilidad, emerge este tema, aún desconocido para muchos y muchas, abordado esta vez por académicos de la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas.
Para comprender su origen, en la producción del Agente Naranja se emplearon dos herbicidas hormonales: el ácido 2,4-diclorofenoxiacético y el ácido 2,4,5-triclorofenoxiacético. Este último, durante su fabricación, podía generar como subproducto 2,3,7,8-tetraclorodibenzo-p-dioxina (TCDD) cuando el proceso ocurría a altas temperaturas. Para el caso del Agent Orange, se ha reportado que esta sustancia podía estar presente entre 1 y 15 partes por millón (ppm; mg/kg); sin embargo, otros productos desarrollados con fines militares, como el agente rosado, agente púrpura y agente verde, podían llegar a contener hasta 65 ppm. La dioxina TCDD es, entonces, el compuesto más peligroso dentro de una familia de compuestos conocidos como dioxinas policloradas.
Expertos como el profesor Simón Guerrero, académico adscrito al Departamento de Química Farmacológica y Toxicológica, coinciden en que se trata de uno de los agentes tóxicos más dañinos conocidos, capaz de provocar efectos devastadores incluso en cantidades pequeñas. Su toxicidad es extremadamente alta y se manifiesta a niveles muy bajos de exposición, del orden de picogramos por kilogramo de peso corporal.
Millones de víctimas
Las consecuencias humanas fueron catastróficas. Se estima que entre 4 y 5 millones de vietnamitas estuvieron expuestos al Agente Naranja, y más de 3 millones se convirtieron en víctimas directas. Aquí cabe destacar su complejidad: debido a su carácter altamente lipofílico, este compuesto presenta una gran afinidad con los tejidos del organismo, lo que le permite permanecer en el cuerpo durante largos periodos, alcanzando una vida media de hasta 11 años. Como consecuencia, es posible detectar trazas en el organismo incluso después de 20 años. De hecho, décadas después del conflicto, sus efectos continúan manifestándose en la salud de la población debido a su elevada persistencia en el medioambiente.
Investigaciones realizadas en Vietnam y en otros países han demostrado que la dioxina puede afectar prácticamente todos los sistemas del cuerpo humano. Entre las enfermedades asociadas se encuentran distintos tipos de cáncer, especialmente cáncer de piel; enfermedades hepáticas y tiroideas; diabetes; y trastornos de los sistemas respiratorio, circulatorio, digestivo, endocrino y nervioso.
No obstante, uno de los efectos más devastadores radica en su impacto genético porque la dioxina actúa como agente mutagénico indirecto, actuando sobre un receptor a nivel celular (receptor de hidrocaruros de arilo; AHR) que altera la regulación genética y el desarrollo embrionario, provocando graves malformaciones congénitas. Entre los descendientes de las víctimas son frecuentes los casos de parálisis parcial o total, ceguera, sordera, discapacidad intelectual, enfermedades mentales, cáncer y deformidades físicas.
En Vietnam, los efectos del Agente Naranja se han transmitido de generación en generación. Estimaciones incompletas indican que actualmente existen:
- Más de 150.000 víctimas de segunda generación.
- Alrededor de 35.000 víctimas de tercera generación.
- Cerca de 2.000 víctimas de cuarta generación.
Este fenómeno convierte al Agente Naranja en uno de los pocos casos documentados donde un arma química continúa afectando a la población décadas después de finalizada la guerra.
Una tragedia global
Las secuelas no se limitaron a Vietnam. Entre 1968 y 1970, al menos 2,6 millones de soldados estadounidenses estuvieron expuestos al Agente Naranja. También resultaron afectados militares aliados, incluidos tropas de Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Se estima que de los 300.000 soldados surcoreanos que participaron en el conflicto, alrededor de 100.000 fueron víctimas de la exposición, y unos 20.000 fallecieron.
A partir de 1979, más de 2,5 millones de veteranos estadounidenses y sus familias presentaron demandas contra las empresas químicas que fabricaron el herbicida. En 1984, un tribunal federal de Nueva York aprobó un acuerdo extrajudicial mediante el cual compañías como Dow Chemical y Monsanto aportaron 197 millones de dólares a un fondo de compensación para veteranos afectados.
En 1996, el gobierno de Estados Unidos reconoció oficialmente los riesgos del Agente Naranja y estableció programas de compensación para los excombatientes. Veteranos de Corea del Sur también obtuvieron indemnizaciones, incluyendo un fallo judicial en 2006 que obligó a las empresas fabricantes a pagar 62 millones de dólares en gastos médicos a miles de afectados. Australia y Nueva Zelanda, por su parte, emitieron disculpas públicas y crearon programas de apoyo para sus veteranos.
Midland, cuna de Dow Chemical: vidas marcadas por la contaminación
El documental Vidas envenenadas, realizado por el medio Investigations et Enquêtes (2024), revela que la multinacional Dow Chemical desarrolló el agente utilizado por el ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam, pese a que desde la década de 1960 se realizaron pruebas en prisioneros en Holmesburg. Esto se llevó a cabo con pleno conocimiento de la extrema toxicidad de la dioxina, tal como lo evidencian documentos internos fechados en 1965, sin informar a los reclusos.
Los testimonios y antecedentes revelan el uso de personas como “conejillos de indias”, sin que la empresa enfrentara consecuencias judiciales debido a la prescripción de las causas. La investigación también da cuenta de la contaminación masiva en Midland, Michigan, lugar de origen de la compañía, donde por décadas se vertieron residuos altamente tóxicos en el río local, afectando a miles de familias.
A pesar de las advertencias técnicas silenciadas al interior de la Environmental Protection Agency, la magnitud del daño no fue abordada oportunamente. Cada primavera, cuando el río inundaba los jardines, la contaminación volvía a hacerse presente en la vida cotidiana de la comunidad. Casos como el de la familia de Alice Burkhalter evidencian este impacto directo: sus hijos desarrollaron enfermedades autoinmunes y su esposo falleció a causa de un agresivo cáncer de colon. En su sangre se detectaron niveles de dioxina hasta 17 veces superiores al límite legal; Alex Burkhalter, por ejemplo, presentaba 64,5 nanogramos por litro.
Aunque hoy las autoridades han obligado a iniciar procesos de limpieza, estos podrían extenderse por décadas, mientras la empresa mantiene su defensa pública, apelando a soluciones “basadas en la ciencia” y a su compromiso con el bienestar comunitario.
La lucha legal vietnamita
El 30 de enero de 2004, víctimas vietnamitas del Agente Naranja presentaron una demanda ante un tribunal federal estadounidense contra varias compañías químicas registradas en ese país. Entre las empresas señaladas figuraban gigantes de la industria como Dow Chemical, Monsanto y otras afiliadas.
La demanda incluía acusaciones graves bajo la legislación estadounidense e internacional, entre ellas crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, genocidio, tortura y negligencia, invocando además tratados como las Convenciones de La Haya y de Ginebra y principios del derecho internacional humanitario. No obstante, el resultado judicial no derivó en una condena por estos cargos: mientras que algunos veteranos estadounidenses lograron un acuerdo extrajudicial con empresas fabricantes de químicos como Dow Chemical Company y Monsanto, sin reconocimiento de responsabilidad, las demandas presentadas por víctimas vietnamitas fueron desestimadas por los tribunales de Estados Unidos, que concluyeron que no era posible atribuir responsabilidad legal bajo el marco jurídico aplicable en ese momento, dejando sin efecto una condena por los crímenes alegados.
Así, el War Remnants Museum, ubicado en la ciudad de Ho Chi Minh en Vietnam, dedica un espacio completo a recordar a las víctimas de la guerra. En el pasillo final de su exposición fotográfica, una cita interpela directamente a los visitantes:
“Acompañemos a las víctimas del Agente Naranja, portadoras de uno de los mayores dolores que ha sufrido la humanidad. Su dolor es también el dolor de toda la humanidad”.
Cuando el progreso conduce a la destrucción
El caso del Agente Naranja plantea una reflexión profunda sobre el uso del conocimiento, la ciencia y la tecnología. Los mismos conocimientos químicos que han permitido avances médicos y agrícolas también han sido utilizados para desarrollar armas capaces de provocar sufrimiento durante generaciones; solo cabe recordar el uso de la pólvora, un invento chino del siglo IX, desarrollado accidentalmente por monjes taoistas con fines médicos y que posteriormente adquirió un fin bélico.
La historia del Agente Naranja demuestra que el conocimiento científico puede tener consecuencias profundamente distintas según cómo se utilice. Sus aplicaciones dependen de decisiones humanas y políticas porque cuando el conocimiento se orienta hacia la destrucción, sus consecuencias pueden superar incluso los límites de una guerra.
¿Cómo se cuestiona el uso del conocimiento?
El investigador postdoctoral Sebastián Salazar, del Departamento de Química Orgánica y Fisicoquímica de la Facultad, también se refirió a este tema. Explicitando que, si bien, los compuestos altamente tóxicos asociados al Agente Naranja presentan efectos fisiológicos ampliamente documentados, hoy en día continúan generándose de forma involuntaria en diversos procesos industriales, como la metalurgia y la manufactura, lo que mantiene vigente su impacto en el medioambiente y la salud humana.
En este escenario, destaca el avance de la nanotecnología como una herramienta clave para la remediación: “Los materiales a escala nanométrica permiten capturar y eliminar estas sustancias incluso en concentraciones muy bajas, partes por millón o por billón, que son difíciles de detectar por métodos convencionales”, señala. Estas soluciones pueden aplicarse tanto en agua como en aire, e incluso en suelos, una de las matrices menos reguladas en Chile. Salazar también enfatiza la importancia de abordar los llamados “contaminantes emergentes”, presentes en industrias como la farmacéutica, textil o de pinturas, que aún no cuentan con normativas claras y pueden pasar desapercibidos en los sistemas tradicionales de monitoreo.
¿Puede realmente repararse lo que se ha destruido?
Respecto a las soluciones, existen tecnologías con eficiencias de remoción superiores al 90% en condiciones de laboratorio, el investigador indica que su implementación a gran escala requiere procesos rigurosos: “No basta con que el material sea efectivo: también debe ser no tóxico, reutilizable y validado en condiciones reales. Es un trabajo que requiere equipos multidisciplinarios”, explica.
Más de medio siglo después del conflicto, el dolor de las víctimas del Agente Naranja sigue siendo un recordatorio para el mundo de los riesgos de utilizar el conocimiento sin responsabilidad ética. Su sufrimiento no pertenece únicamente a Vietnam: constituye una advertencia para toda la humanidad sobre el enorme poder y el peligro del conocimiento humano.
Finalmente, Salazar subraya que, frente a catástrofes como la provocada por el Agente Naranja, las medidas reparatorias nunca son suficientes: “Las indemnizaciones no compensan el daño humano. Por eso, el foco debe estar en la prevención más que en lo paliativo”, dice. Desde una mirada ética, el investigador plantea que el desarrollo científico no está exento de responsabilidad: “El conocimiento puede ser muy poderoso, pero también peligroso si no se utiliza con conciencia. Es fundamental pensar en el impacto a largo plazo, en el medioambiente y en las generaciones futuras”, finaliza.
El legado del Agente Naranja en Vietnam: ciencia, guerra y contaminación que persiste