En conversación con la Universidad de Chile, tras su exposición en el Seminario Internacional “Ciudad y Salud: Intervenciones urbanas para el fomento de la actividad física”, organizado por la Facultad de Arqutectura y Urbanismo, aborda los avances, tensiones y desafíos de construir ciudades más saludables en la región.
Usted ha investigado por años la relación entre salud pública y movilidad activa. ¿Cuáles han sido los principales hallazgos de este trabajo en América Latina?
Mi investigación se centra en una pregunta bastante simple, pero profunda: cómo hacemos ciudades más saludables. Y ahí la actividad física es clave, porque está directamente relacionada con cómo nos movemos, cómo usamos el espacio público y cómo se estructura la ciudad.
Uno de los ejes principales de nuestro trabajo han sido las ciclovías recreativas, estos programas donde se cierran calles a los automóviles, generalmente los domingos, para abrirlas a las personas. Lo interesante es que, aunque hoy existen entre 400 y 500 iniciativas de este tipo en el mundo, el modelo que siguen incluso países del norte global —en Europa o Australia— es latinoamericano. Estas iniciativas nacen aquí.

Muchas personas piensan que comenzaron en Bogotá, pero encontramos antecedentes en São Paulo a fines de los años 60. Sin embargo, Bogotá, desde 1974, ha consolidado uno de los programas más emblemáticos, con más de medio siglo de historia.
Lo que hemos visto es muy consistente: estas iniciativas aumentan los niveles de actividad física, y eso tiene impactos directos en la prevención de enfermedades crónicas como las cardiovasculares, la diabetes o algunos tipos de cáncer. Más recientemente, también hay evidencia de su rol en la prevención del deterioro cognitivo y la demencia, lo cual es clave en una región que está envejeciendo rápidamente.
Cuando hablamos de movilidad activa en la región, ¿de qué estamos hablando concretamente?
Principalmente de caminar y andar en bicicleta, ya sea por necesidad o por elección. Y aquí hay un punto importante: América Latina, aunque ha avanzado en motorización, sigue siendo menos dependiente del automóvil que muchas ciudades del norte global.
Tenemos personas que caminan porque no tienen otra opción, pero también otras que lo hacen por salud o por convicción. Lo mismo ocurre con la bicicleta. Y ahí entra un factor clave: la infraestructura.

Por ejemplo, en ciudades como Bogotá hemos encontrado que las mujeres usan más la bicicleta cuando existen ciclovías segregadas, protegidas. No basta con pintar una línea en la calle; se necesita infraestructura segura. Sin embargo, siguen siendo las mujeres quienes menos utilizan la bicicleta, principalmente por razones culturales y de seguridad.
Entonces, uno de nuestros focos es entender cómo promovemos el uso de estos modos en poblaciones que hoy están excluidas, pero que podrían beneficiarse enormemente.
En Chile, y particularmente en Santiago, existe una percepción crítica del transporte público. ¿Cómo lo observa desde su experiencia comparada?
Es interesante, porque esa insatisfacción es bastante universal. En Bogotá ocurre lo mismo: las personas suelen ser muy críticas de su transporte público, incluso cuando hay avances importantes.
Desde una mirada comparada, Santiago es un referente internacional. Han logrado integrar muy bien el metro, los buses y la bicicleta, generando un sistema intermodal que facilita el transporte activo.
Además, hay un aspecto que es realmente destacable: Chile es el segundo país del mundo, después de China, con mayor flota de buses eléctricos. Eso es impresionante, no solo en términos de transporte, sino también de salud pública y cambio climático.
Por supuesto, hay desafíos: seguridad, percepción de calidad, tiempos de desplazamiento. Pero eso no quita que estén avanzando en una dirección muy relevante a nivel global.
¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta América Latina en esta materia?
El gran desafío es la equidad. Cómo logramos que mujeres, niños y poblaciones vulnerables accedan a sistemas de movilidad activa de calidad, con seguridad y dignidad.
En nuestra región, la desigualdad es muy profunda. Entonces, no basta con promover la actividad física; tenemos que asegurar que esa actividad se dé en condiciones que mejoren la calidad de vida. Por ejemplo, caminar largas distancias puede ser positivo desde el punto de vista cardiovascular, pero no necesariamente desde la experiencia cotidiana de las personas.
También es clave incorporar la perspectiva de género. Muchas ciudades han sido diseñadas sin considerar las necesidades de las mujeres, especialmente en lo que se refiere a los llamados “viajes del cuidado”.

¿Existen ejemplos que puedan orientar el camino a seguir?
Sí, tanto en América Latina como en el norte global. En Bogotá, por ejemplo, se han desarrollado iniciativas desde la Secretaría de la Mujer para apoyar a cuidadoras: se les ofrecen espacios con servicios básicos, como lavanderías, y mientras realizan esas tareas, pueden hacer actividad física o aprender a andar en bicicleta.
Son iniciativas locales, pero muy potentes. Y en Europa, países como Países Bajos o Dinamarca han logrado reducir significativamente las brechas de género en movilidad, gracias a infraestructura segura desde la infancia.
El punto no es copiar modelos, sino adaptarlos al contexto local.
En términos de salud, ¿cómo está América Latina frente al problema de la obesidad?
Es un problema creciente, especialmente en países como México, Chile o Brasil. Y aquí la clave es la prevención, particularmente desde la infancia. El entorno escolar es fundamental. Políticas que promuevan la actividad física regular en colegios han demostrado ser efectivas. También es importante abordar el exceso de tiempo frente a pantallas, que afecta tanto la salud física como mental de niños y adolescentes.
Una vez que la obesidad está instalada, su manejo es mucho más complejo. Por eso, la prevención es estratégica.
Usted insiste en la importancia de mirar América Latina desde América Latina. ¿Por qué es tan relevante?
Porque es una región única. Tiene altos niveles de desigualdad y violencia, pero al mismo tiempo una enorme capacidad de innovación. Muchas de las soluciones que hoy se implementan en el mundo nacieron aquí. Pero necesitamos investigarlas, evaluarlas y visibilizarlas con rigor. Y eso debe hacerse desde el conocimiento local, con investigadores que entiendan el contexto sociocultural. No se trata de aislarnos, sino de generar conocimiento en colaboración, pero con una voz propia.
