Una red científica que protege la salud pública
En Chile, una sola muerte por marea roja puede paralizar mucho más que una caleta. Suspende la confianza en el mar, congela el comercio local y deja en duda la seguridad de lo que llega a la mesa. Ese escenario, que hace cincuenta años se traducía en intoxicaciones fatales y desinformación, hoy está contenido gracias a una red de monitoreo y vigilancia nacional coordinada por el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura y el Ministerio de Salud. El Dr. Benjamín Suárez Isla del Núcleo Interdisciplinario de Fisiología, Biofísica y Fisiopatología del Instituto de Ciencias Biomédicas (ICBM), resume con claridad: “esto solo funciona si hay ciencia, cooperación y confianza”.
A 30 años de la creación del Laboratorio de Toxinas Marinas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, su equipo contribuye a sostener esa red de vigilancia que analiza miles de muestras de moluscos cada año y que, en más de una ocasión, ha marcado la diferencia entre una crisis sanitaria y una historia de prevención silenciosa.
La “marea roja” corresponde a floraciones explosivas de microalgas que, bajo condiciones específicas de temperatura, luz y nutrientes, pueden acumular toxinas en moluscos filtradores y provocar riesgos para la salud humana. Aunque muchas floraciones solo modifican la coloración del agua, otras son Floraciones Algales Nocivas (FAN). En Chile, la especie del dinoflagelado Alexandrium catenella genera el Veneno Paralizante de los Mariscos (VPM); la diatomea Pseudonitzschia australis produce el Veneno Amnésico de los Mariscos (VAM); y especies de los dinoflagelados del género Dinophysis o Protoceratium originan biotoxinas marinas lipofílicas.
Estas toxinas no alteran el aspecto de los mariscos, no se eliminan con la cocción y solo pueden detectarse mediante análisis especializados, lo que vuelve indispensable el monitoreo permanente en las zonas productivas del país.
De una etapa inicial a un laboratorio acreditado
La trayectoria del laboratorio tuvo sus inicios a comienzos de los años 1994, con la fundación del Laboratorio de Toxinas Marinas (LABTOX) de la Facultad de Medicina financiado por un proyecto FONDEF. En el año 2002 LABTOX se instaló en Castro, Chiloé, en dependencias de la Facultad de Ciencias Veterinarias y Pecuarias en respuesta a una peligrosa floración de Alexandrium catenella que constituyó la primera floración tóxica de Veneno Paralizante en la Isla Grande de Chiloé.
El abordaje de la primera gran intoxicación por veneno paralizante en la zona, ocurrió en paralelo al desarrollo de proyectos de investigación aplicada que permitieron fortalecer la infraestructura y conformar un equipo especializado.
“Para que la vigilancia tenga impacto real, los datos tienen que ser confiables y reconocidos por la autoridad”, explica Suárez. Esa lógica llevó al laboratorio a acreditarse bajo la norma ISO 17025, lo que implica auditorías de desempeño anuales por el Instituto Nacional de Normalización (INN), el Ministerio de Salud y el Servicio Nacional de Pesca.
Vigilancia continua en un territorio productivo
El funcionamiento cotidiano del laboratorio de Castro refleja la magnitud del desafío. Cada semana llegan muestras desde alrededor de un centenar de puntos de muestreo de las regiones del sur, principalmente en los mares de Chiloé, donde se concentra la actividad de mitilicultura del país.
El equipo procesa de manera continua decenas de muestras diarias, que pueden llegar a varios cientos semanales. Para cada una se realizan análisis dirigidos a tres grupos de toxinas: paralizantes, diarreicas y amnésicas.
En el caso de las primeras, capaces de provocar parálisis respiratoria, los resultados deben emitirse en un plazo máximo de 24 horas.
“Una sola muerte no es solo un dato. Impacta la confianza, la economía local y la vida de las comunidades”, señala Suárez, al explicar por qué el monitoreo no es solo una tarea técnica, sino también social.
Más allá del monitoreo: lo que aún no se ve
Desde una perspectiva científica internacional, el monitoreo representa solo una parte del problema. El Dr. Berndt Krock, investigador visitante en biotoxinas marinas del Alfred Wegener Institute (AWI), Helmholtz Zentrum for Polar and Ocean Research de Alemania, quien dio una interesantísima charla en el ICBM este mes de abril, plantea una distinción clave: mientras laboratorios como LABTOX están enfocados en la vigilancia y la prevención sanitaria, una parte importante de la investigación global se orienta a comprender la diversidad y el origen de las toxinas.
“Nosotros tratamos de identificar nuevas toxinas, entender dónde aparecen y cómo se comportan. El monitoreo, en cambio, tiene otra lógica: responder rápido para proteger a la población”, explica.
Suárez coincide con esa interacción interdisciplinaria y enfatiza el rol aplicado del laboratorio: “Nuestro foco está en proteger a las personas. Eso implica tomar decisiones con la información disponible, en tiempos acotados”. Pero los fundamentos de la acción regulatoria preventiva se basan esencialmente en la investigación fundamental como la desarrollada por el Dr, Krock.
Un eje clave para la economía del sur
La mitilicultura chilena se ha consolidado como una actividad industrial de gran escala, con volúmenes de exportación que convierten al Mytilus chilensis (chorito) en un producto estratégico.
Cuando se decreta el cierre de un área por presencia de toxinas, el impacto se extiende desde los pescadores artesanales hasta las plantas de proceso y los mercados internacionales.
“Lo que hacemos no es solo análisis de laboratorio. Es sostener una cadena productiva completa con información confiable”, explica Suárez.
Este trabajo ha sido reconocido también en espacios internacionales. En la Conferencia Internacional sobre Algas Nocivas (ICHA 2025), realizada en Punta Arenas en octubre 2025, el Dr. Suárez fue invitado a dictar la charla plenaria en representación de Chile.
En esa misma línea, el Dr. Berndt Krock visitó el ICBM como invitado del Dr. Suárez, donde dictó el seminario “Comparando perfiles de toxinas marinas paralizantes en el Cono Sur de América”.
Regulación y límites del conocimiento actual
A esta complejidad se suma un desafío menos visible: la regulación internacional.
Gran parte de los estándares utilizados provienen de Europa y Estados Unidos, donde se han desarrollado los métodos analíticos más extendidos. Sin embargo, estas regulaciones no siempre consideran la diversidad de toxinas presentes en otras regiones.
“Trabajamos con marcos regulatorios que no necesariamente reflejan toda la realidad local”, reconoce Suárez.
Krock lo plantea desde otra perspectiva: las mismas especies pueden producir toxinas distintas según el entorno, lo que implica que algunos compuestos podrían no ser detectados si no están contemplados en los métodos utilizados.
Microplásticos: una nueva línea de investigación
Junto con el trabajo histórico en toxinas marinas, el laboratorio ha comenzado a enfocarse en un tipo de contaminación emergente: los microplásticos.
“Es un problema que recién estamos empezando a entender, pero que probablemente va a ser central en los próximos años”, señala Suárez.
El equipo ha estudiado su presencia en bivalvos y humedales costeros, y proyecta nuevas investigaciones en sistemas de agua potable urbanos y rurales.
Ciencia aplicada para un escenario cambiante
A tres décadas de su creación, el Laboratorio de Toxinas Marinas de la Universidad de Chile combina experiencia acumulada y nuevos desafíos.
“Lo que buscamos es hacer ciencia que sirva”, resume Suárez.
En este escenario, el conocimiento local adquiere un rol estratégico. Para Krock, el futuro del monitoreo depende de comprender qué toxinas existen en cada territorio.
Ambas miradas convergen en un punto: la necesidad de adaptar el conocimiento a un entorno cambiante.
Porque en un sistema donde una toxina invisible puede desencadenar una crisis, la ciencia no solo observa. También anticipa.