A dos décadas de la Revolución Pingüina, la Plataforma Cultural de la Universidad de Chile fue escenario del seminario “A 20 años de la Revolución Pingüina: ecos del movimiento estudiantil secundario en Chile y Brasil”, instancia académica que propuso volver sobre uno de los hitos fundamentales de la historia reciente de la educación chilena, no sólo como acontecimiento de protesta, sino como parte de una trayectoria más extensa de organización, politización juvenil y disputa por el sentido público de la escuela.
En la primera parte de la actividad se abordó el movimiento estudiantil secundario chileno entre 1949 y 2019, arco temporal que permite conectar episodios como la revuelta de la Chaucha, la conformación histórica de organizaciones secundarias, la Revolución Pingüina de 2006 y el protagonismo de estudiantes secundarios durante el estallido social de 2019. Desde esa perspectiva, el seminario buscó ampliar la mirada sobre el movimiento secundario, evitando reducirlo a un hito aislado y situándolo en una historia larga de demandas por transporte, democratización escolar, educación pública y participación política juvenil.

Para Óscar Aguilera, académico del Departamento de Estudios Pedagógicos de la Universidad de Chile y organizador del encuentro, la conmemoración de los veinte años de la Revolución Pingüina implica una tarea intelectual y política: producir conocimiento sobre un actor históricamente subestudiado. “Sobre el movimiento estudiantil secundario pesa más desconocimiento que conocimiento. Por eso, este seminario busca poner en valor su historia, recuperar sus trayectorias y comprender cómo la acción política de las y los estudiantes ha incidido en las transformaciones educativas del país”, sostuvo.
En su intervención, Aguilera planteó que el movimiento de 2006 “redefinió los términos de la conversación social y política en Chile, particularmente respecto de la educación”, al abrir un ciclo de movilización que puede seguirse, con distintas intensidades, hasta 2019. En esa línea, subrayó que las políticas educativas no pueden comprenderse solo como decisiones institucionales o técnicas, sino también como resultado de procesos de presión, organización y disputa protagonizados por sujetos colectivos. “Muchas veces las transformaciones educativas aparecen como si no fueran resultado de la acción histórica de los estudiantes. Sin embargo, conquistas como el transporte escolar y la tarifa rebajada 24/7 serían impensables sin ese accionar”, afirmó.
Uno de los aportes centrales del seminario fue la posibilidad de leer la Revolución Pingüina desde su antes y su después. En esa dirección, Cristina Quezada, académica de la Universidad Alberto Hurtado, abordó los antecedentes del ciclo de movilización secundaria a partir del trabajo con archivos escolares, particularmente del Liceo de Aplicación, donde se conservan boletines, panfletos y declaratorias producidas por estudiantes durante los años 2000 y 2001.

Quezada propuso comprender el año 2000 como una bisagra en las formas de organización secundaria, en un contexto marcado por la consolidación del modelo neoliberal, la privatización de aspectos centrales de la vida escolar y el desgaste de los canales tradicionales de participación política juvenil. “A fines de los noventa se respiraba un descontento no organizado: un descontento con el modelo, con la promesa que nunca fue, con la consolidación del Estado subsidiario, la censura cultural y la impunidad”, señaló.
Desde esa lectura, la académica destacó la emergencia de una nueva identidad pingüina, contracultural, rebelde y transversal, que permitió superar rivalidades entre liceos y articular una pertenencia colectiva. “Cuando las y los estudiantes se sacaban la corbata, dejaban de ser del Instituto Nacional, del Liceo de Aplicación o de otro establecimiento: pasaban a ser un pingüino más. Ahí comienza a afirmarse la importancia del colectivo”, explicó.
Asimismo, Quezada relevó la creación del Frente Contra las Alzas y, posteriormente, de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, ACES, como parte de una transformación profunda de las formas de acción estudiantil. “La ACES se constituyó como una organización horizontal, autónoma de los partidos políticos, diversa, integradora del centro y la periferia, contracultural, libertaria y antiautoritaria. Esas formas de organización permanecerán en 2001, en 2006 y más allá”, sostuvo.
El seminario también permitió observar las proyecciones biográficas y pedagógicas de la Revolución Pingüina. Pablo Santibáñez, investigador de la University College London, presentó parte de su investigación doctoral sobre exactivistas del movimiento estudiantil que posteriormente se convirtieron en docentes. Su trabajo analiza cómo las experiencias de participación política durante el ciclo estudiantil 2005-2015 influyeron en trayectorias profesionales, visiones pedagógicas y prácticas escolares.

“El movimiento estudiantil no termina cuando la protesta se acaba. Una de las preguntas centrales es cómo un movimiento sostiene sus demandas, sus visiones y sus prácticas cuando las calles se vacían”, planteó Santibáñez. Desde esa perspectiva, sostuvo que la Revolución Pingüina no solo produjo impacto legislativo o discusión sobre reforma educativa, sino también subjetividades políticas que continuaron operando en la escuela, en el aula y en organizaciones docentes.
Según el investigador, en las historias de vida de varios exactivistas, el año 2006 aparece como un momento decisivo de politización. “En las narrativas de algunos exactivistas, hoy profesores, el pingüinazo fue el momento en que decidieron convertirse en docentes. Ellos relatan que vivieron la desigualdad educativa, se comprometieron políticamente con la educación y luego buscaron volver a la escuela para transformar algo desde dentro”, explicó.
Santibáñez sostuvo que estas trayectorias permiten pensar la escuela como un espacio de disputa y continuidad política. “Cuando hablamos de reforma educativa solemos dejar de lado la importancia de los movimientos sociales para entender lo que ocurre en el aula. No se trata solo de leyes o políticas públicas, sino también de prácticas pedagógicas, de formación ciudadana, de democratización escolar y de formas de participación estudiantil que siguen presentes”, afirmó.

En el cierre del encuentro, el académico brasileño Luis A. Groppo, de la Universidade Federal de Alfenas, amplió la discusión hacia el caso de Brasil, analizando la influencia de la Revolución Pingüina chilena en las ocupaciones de escuelas secundarias brasileñas de 2015 y 2016. Su intervención permitió trazar un mapa latinoamericano de circulación de repertorios de protesta, tácticas de ocupación y formas de organización estudiantil.
Groppo explicó que la experiencia chilena fue recepcionada en Brasil a través de documentos, manuales y registros audiovisuales que sirvieron como inspiración para estudiantes secundarios brasileños. En particular, destacó la circulación del manual “Cómo ocupar una escuela”, traducido al portugués, y del documental “La rebelión de los pingüinos”, utilizado por colectivos autonomistas para preparar ocupaciones en São Paulo.
En su planteamiento, Groppo sostuvo que “la principal tradición inspiradora para el movimiento de São Paulo fue la Revolución Pingüina chilena”, aunque posteriormente la experiencia brasileña produjo sus propios manuales, materiales y formas de transmisión directa entre estudiantes. En ese proceso, la ocupación dejó de ser una táctica auxiliar y se convirtió en el centro mismo de la acción política: ocupar la escuela, organizar asambleas, crear comisiones de alimentación, limpieza, seguridad, comunicación y actividades formativas, y producir una experiencia concreta de autogobierno estudiantil.
El académico brasileño también relevó el papel del feminismo en las ocupaciones secundarias de Brasil. Según explicó, las estudiantes fueron protagonistas centrales del movimiento y las discusiones sobre género, cuerpo, violencia y participación política tuvieron un lugar fundamental en las actividades formativas desarrolladas durante las ocupaciones. En su lectura, estas experiencias no solo buscaron frenar políticas educativas regresivas, sino también producir una formación política situada. “Algunos estudiantes decían: perdimos la pauta, pero ganamos nuestra formación”, planteó Groppo, estableciendo un puente con la investigación de Santibáñez sobre trayectorias docentes y efectos biográficos de la movilización.

De este modo, el seminario permitió repensar la Revolución Pingüina como un acontecimiento que excede el año 2006. Sus ecos se proyectan hacia atrás, en las formas de organización secundaria surgidas a comienzos de los años 2000; hacia adelante, en las trayectorias de exactivistas que llegaron a la docencia y a otros espacios institucionales; y hacia América Latina, en experiencias como las ocupaciones secundarias brasileñas.
En un contexto regional marcado por nuevas disputas sobre educación pública, derechos sociales, democracia y participación juvenil, el encuentro reafirmó la necesidad de investigar los movimientos estudiantiles no solo como episodios de protesta, sino como productores de memoria, subjetividad política y transformación institucional. Como sostuvo Aguilera al cierre, estudiar a las y los secundarios hoy también implica reconocer la vigencia de actores sociales que, en distintos momentos históricos, han tensionado los límites de lo posible y han obligado a la sociedad a interrogar el sentido público de la educación.