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Durante el mes de junio de 2026, la Casa de la Cultura Anselmo Cádiz de la Ilustre Municipalidad del Bosque se transformó en el escenario de una doble exhibición artística que materializa las líneas de trabajo conjunto derivadas del convenio de colaboración entre dicha comuna y el Departamento de Artes Visuales de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. A través de dos propuestas conceptualmente diferenciadas, las salas del recinto municipal albergaron esculturas e instalaciones de materiales pesados, y las inquietudes identitarias de las nuevas generaciones de grabadores.
La primera de estas muestras, titulada Dis/tensión, reúne la producción objetual e instalativa de los artistas y profesores ayudantes Amanda J. Hess Caris, Andrés Maturana, Isidora González Kukulis, Ignacio Ruano y Santiago Cancino. La propuesta colectiva explora, por medio de diversos lenguajes plásticos y volumétricos, la transformación de la materia cuando es sometida a la presión de fuerzas contenidas. Los proyectos articulan un cuerpo teórico-práctico en torno a los procesos mediante los cuales la acumulación de energía y tracción modifica las propiedades estructurales de elementos como el hormigón, el metal, el vidrio y el agua, provocando deformaciones, rupturas o nuevos estados de equilibrio. La museografía se configuró a partir de un momento intermedio donde los componentes parecen ceder, alterarse o mantenerse de forma precaria, operando cada pieza como un registro formal de las dinámicas físicas de resistencia y cambio arquitectónico.
“El prof. Carlos Gómez, coordinador del área de extensión del DAV, nos invitó a los cinco artistas a exponer en la Casa de la Cultura en El Bosque por la afinidad de nuestras obras, por lo que hay varias obras pensadas para esta exposición y también obras antiguas que por relaciones de material y montaje decidimos poner”, señala la artista Isidora González Kukulis.
Al interior de esta selección, la obra Niebla, creada por Isidora González Kukulis en el marco de sus estudios del Magíster en Artes Visuales, establece un diálogo directo con la literatura y la geografía austral. A partir de una relectura del poema homónimo de Gabriela Mistral, centrado en las dinámicas territoriales de la Patagonia chilena y la Antártica, la artista toma como referencia visual y fenomenológica los hielos que se configuran y disuelven en la superficie marina. El paisaje costero, caracterizado por una mutabilidad constante donde las formas quebradizas flotan a la deriva, es traducido al espacio de exhibición mediante el uso de materiales de alta densidad y peso estructural. La articulación de bloques de hormigón, agua y metal configura una pieza de formato apaisado que evoca un fragmento territorial bajo condiciones extremas de erosión. “Estos fragmentos de hormigón que se sumergen en agua tensionan este paisaje glacial con el material, la aparente fragilidad del hielo y la supuesta permanencia del hormigón, que en contacto con el agua también se desgasta, también cede, también corre el riesgo de disolverse con el tiempo”, explica Isidora respecto al contrapunto entre la densidad y la disolución.

Por otra parte, la artista Amanda J. Hess Caris presenta la instalación La Gracia, una estructura de gran formato que confronta vectorialmente la fuerza del descenso gravitacional con la insistencia de la elevación. La pieza, compuesta por un tecle manual, acero y vidrio soplado, incorpora un mecanismo regulable que visibiliza una acción de esfuerzo sostenido en el tiempo. Desde una perspectiva conceptual que dialogue con los postulados teóricos de Simone Weil en torno a la gravedad como ley natural y la gracia como el elemento que desciende, la propuesta de Amanda introduce una fricción de carácter poético al intentar sustraer temporalmente el agua de la atracción terrestre. El gesto del dispositivo busca aproximar el fluido a una condición de ingravidez que, debido a las restricciones físicas de los elementos empleados, nunca llega a consumarse de manera definitiva.
“El proceso de la obra La Gracia en particular pertenece a una serie de trabajos titulada Mecánicas, investigación que aborda las fuerzas mecánicas desde una dimensión poética, atendiendo a las tensiones entre esfuerzo, gravedad, resistencia y fragilidad material”, cuenta Amanda sobre los fundamentos de su producción actual.
La utilización de la técnica del vidrio soplado en su obra permite asimilar el estado fluido de dicho material con el comportamiento dinámico del agua, generando un contraste crítico al introducir componentes metalúrgicos que imponen una lógica de rigidez y compresión. El análisis de las fuerzas físicas se desplaza así hacia una dimensión temporal, donde el vidrio opera bajo la paradoja de ser un líquido detenido que suspende su movimiento original. De este modo, la instalación despliega una zona de contacto donde la forma final emerge del roce continuo entre la voluntad del operador humano y las leyes vectoriales inherentes a la materia. El resultado es un equilibrio precario que da cuenta de los límites de la intervención del cuerpo sobre los objetos. “La Gracia forma parte de mis primeras investigaciones en torno al vidrio soplado, técnica cuya condición fluida hago corresponder con el comportamiento del agua. Esta relación se pone en tensión con la presencia del metal, material que introduce una lógica distinta de resistencia, peso y estructura”, detalla.

En una línea de investigación que vincula los principios de la física clásica con la crítica sociopolítica, el artista Andrés Maturana interviene el espacio con la obra Falla de nivel 16/1. El proyecto subvierte de manera deliberada el axioma de los vasos comunicantes, principio según el cual los líquidos en un sistema interconectado tienden a equilibrar sus alturas y disolver las jerarquías formales.
A través de la incorporación de un sistema de succión automatizado por medio de una bomba hidromecánica, la pieza impone una anomalía artificial que fuerza el desplazamiento del recurso hídrico contra su propia gravedad cada cinco minutos. La regularidad de este pulso técnico interrumpe el estado de reposo natural del líquido, transformando el dispositivo en una metáfora visual de las asimetrías territoriales. “La pieza ensaya una geometría de la tensión social y territorial. En el contenedor mayor, de cuatro metros de extensión, reposa un suelo fragmentado: dieciséis baldosas usadas que cargan con la fricción del tránsito cotidiano, grabadas con la línea limítrofe de la cordillera de los Andes”, precisa Andrés.
La segmentación del suelo que propone Andrés confronta la dimensión macro del contenedor de cuatro metros con un receptáculo de escala menor, el cual custodia únicamente dieciséis fracciones mínimas de dos centímetros cada una. Estas pequeñas unidades funcionan como una abstracción geométrica y porcentual de la totalidad del territorio habitado. El tránsito intermitente del agua, forzada a abandonar la extensión comunitaria para concentrarse y elevar el nivel del fragmento minoritario, devela una interdependencia estructural de carácter económico y político. A través de esta mecánica de la transferencia y el vaciamiento, la obra expone de manera analítica cómo la acumulación y la opulencia de ciertos sectores sociales solo resultan sostenibles mediante el detrimento y la succión constante de los recursos de la base territorial. “Al alterar el axioma de los vasos comunicantes, Falla de nivel 16/1 devela una interdependencia económica y política. El movimiento incesante del agua expone sus dinámica, donde la opulencia del fragmento minoritario solo es posible mediante el vaciamiento constante del territorio que lo sostiene”, cuenta el artista.

La topografía de las aglomeraciones humanas y las contradicciones de la urbe contemporánea encuentran su desarrollo formal en la propuesta de Ignacio Ruano, titulada Una Forma Común. Esta instalación se encuentra constituida por centenares de pequeñas piezas modulares de hormigón que, dispuestas de manera agrupada sobre la superficie de la sala, configuran una cartografía que transita entre la representación del entramado arquitectónico de la ciudad y el mapa demográfico de una multitud.
El origen técnico de la obra se halla ligado a los procesos de vaciado en molde realizados por el autor durante su periodo de formación de pregrado, instancia en la cual el deterioro paulatino del aglutinante matriz propició que cada reproducción, aun compartiendo un mismo patrón formal, manifestara singularidades y variaciones morfológicas únicas. “El hormigón aparece aquí como el material emblemático de la ciudad moderna. Presente en calles, edificios y cimientos, sostiene gran parte de la vida urbana mientras permanece oculto”, detalla Ignacio.
En la actual versión de la propuesta expuesta en la comuna del sur de Santiago, el artista complejiza el conjunto modular mediante la inserción estratégica de dos piezas de aluminio fundido. Estos elementos metálicos se integran a la masa de hormigón compartiendo la escala y la configuración geométrica general, pero su acabado reflectante y sus cualidades lumínicas delatan una alteración en la homogeneidad del paisaje presentado. La masa de adoquines artificiales deviene de este modo en una alegoría sobre la comunidad urbana, entendida como una colectividad de formas semejantes que coexisten desde la alteridad, donde las identidades encajan de manera parcial bajo una misma condición material compartida. “Las piezas, al agruparse, forman una topografía. Desde lejos parecen una acumulación de construcciones; al acercarse, revelan una multitud. Una comunidad de formas semejantes que conviven desde la diferencia, que encajan y a veces no, compartiendo una misma condición material”, argumenta Ruano.

La aproximación a los fenómenos que configuran la visualidad de la metrópolis es abordada asimismo por Santiago Cancino a través de la obra de gran formato Borrador A3. El proyecto del artista se focaliza en una investigación procesual sobre los soportes pictóricos, utilizando en esta ocasión el óleo sobre superficies espejadas de alta densidad adheridas a estructuras de madera. La manipulación de este tipo de soportes impone una serie de restricciones logísticas y operativas complejas relativas al corte simultáneo de materiales disímiles, forzando al autor a desarrollar estrategias metodológicas basadas en el reconocimiento de la naturaleza física de los componentes, evitando contrariar sus propiedades de resistencia y fractura. “La exposición busca puntos de unión, más que todo. Pues los materiales utilizados por mis compañeros, sea concreto o acero, vidrio, agua, etc., en algún grado dejan espacio para que sea el mismo material quien liderere ciertas condiciones que modifican o proponen nuevas lecturas”, postula Santiago.
El marco conceptual del trabajo de Cancino se sitúa en la observación directa de las alteraciones estéticas que sufre el entorno urbano producto del uso y el desgaste colectivo, integrando elementos provenientes de las faenas constructivas, las soldaduras mecánicas y las manifestaciones del vandalismo gráfico o rayado. En lugar de ejecutar una mera mímesis o representación ilustrativa del deterioro de la ciudad, el creador busca que sus piezas funcionen como una extensión tangible de la materialidad de la urbe. Esta metodología asume las modificaciones imprevistas que los propios componentes introducen durante el proceso de montaje, donde el peso y las variaciones tonales exceden las planificaciones programáticas iniciales del taller. “Me interesa entenderla desde varios aspectos: materiales, diseño, seguridad, organización, estructura, incluso vandalismo. Entonces busco materialidades en este entorno lleno de vida, y trato, desde mis medios, que mis obras sean parte tangible de la misma ciudad”, explica Cancino.

La expo del Colectivo Primer Altillo
La segunda exposición desplegada en la Casa de la Cultura Anselmo Cádiz de la Ilustre Municipalidad del Bosque correspondió a Cartas de un joven remitente, muestra colectiva organizada por el Colectivo Primer Altillo. Esta agrupación de corte editorial y gráfico se encuentra conformada por diecinueve artistas jóvenes que, en su gran mayoría, cursan actualmente la Licenciatura en Artes Visuales en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.
El conjunto de obras seleccionadas para la exhibición provino de una revisión exhaustiva de sus portafolios académicos en desarrollo, complementada con piezas específicas elaboradas con el propósito de estructurar el guion curatorial de la muestra. La visualidad de este segmento se concentró en producciones de grabado, xilografía y técnicas de impresión que indagan en las nociones de origen y pertenencia territorial.
A través de las composiciones de los expositores Ágata Murillo, Josefina del Río, Belén Bustamante, Josefa Acevedo, Nahuel Montenegro, Pía Martínez, Martina Leiva, Polet Valdivia, Camila Collarte, Uriel Aliaga, Florencia Vergara, Vicente Acevedo, María José Gutiérrez, Paulina Rojas, Ignacia Astudillo, Valentina Rodríguez, Helena Viera, Renato Salgado y Cristóbal Andrade, la muestra operó como un espacio de autorreflexión sobre las pulsiones iniciales que determinan el ingreso al campo de la producción artística.