Cecilia Fabres siempre quiso ser médica. Su papá era pediatra de la U. de Chile y, cuando era pequeña, lo acompañaba los fines de semana al Hospital Arriarán para hacer visitas. Ella y sus amigas se quedaban haciendo compañía a los niños que venían de regiones y no tenían visitas.
“Siempre me interesó mucho el área y, al salir del colegio, quería estudiar Medicina, pero en esos años entraban muy pocas mujeres a la carrera. El consejo de mi mamá fue: ‘Cecilia, no te vas a recibir, te vas a casar, te vas a dedicar a tu casa, le vas a quitar el espacio a alguien. Mejor estudia una carrera más corta’. Ese era el pensamiento de esa época”, recuerda.
Por esos años, estudió Tecnología Médica en la U. de Chile, se dedicó a la investigación, se casó y trabajó como investigadora asistente en la Universidad de Texas, EE. UU., donde su marido realizaba estudios gracias a una beca. Al regresar a Santiago, Cecilia estaba decidida a estudiar Medicina y, tras dos años en la Universidad de Concepción, en 1979 volvió a su alma mater: la Universidad de Chile.
“Cuando entré a Medicina estaba feliz, porque era la carrera que siempre quise. Además, ya estaba casada, tenía hijos y era bastante mayor que mis compañeros, así que los grupos de estudio siempre se reunían en mi casa. Mi marido también era profesor en la Universidad de Chile, en el área sur, así que nos hizo varias clases. Cuando terminé la carrera, me recibí con distinción máxima. Tuve un promedio superior a 6,0, que no es fácil, pero era lo que me gustaba”.
Al mirar hacia atrás, distingue nítidamente el sello de la Universidad de Chile en su formación y en su carrera: “La amplitud de mente, tener una mente abierta a todo lo que viene, no tener prejuicios con la tecnología, no tener prejuicios de ningún tipo y tratar de entender todos los avances como positivos. Creo que la Universidad de Chile es de muy libre pensamiento y es súper importante tener esa perspectiva, no cerrarse a nada y ser capaz de discutir para, en el fondo, llegar a buenas soluciones”.
Recuerda que, cuando ingresó a Medicina, eran pocas las mujeres que estudiaban la carrera. “Hoy hay muchísimas mujeres y, en comparación con los hombres, el porcentaje está bastante equilibrado. Las mujeres hoy están en todas las especialidades. Somos bien detallistas y nuestro cerebro funciona de manera distinta, pero somos igualmente capaces que los hombres”.
Al reflexionar sobre su propósito en la vida, íntimamente ligado a la Medicina, la Dra. Fabres dice que en esta profesión hay algo profundamente humano: “Lo que más me ha satisfecho en mi carrera es el contacto con las personas y el apoyo que doy a mis pacientes. Soy ginecóloga y, fíjate, estoy atendiendo a hijas de pacientes. Es como una cosa de familia. Siento que uno de los pluses es ese. La medicina de hoy es muy impersonal: los médicos están volcados a registrar en el computador lo que dicen los pacientes, no los miran a los ojos y los escuchan poco. Yo creo que uno tiene que escuchar más, porque la gente lo que necesita es comunicarse y hablar”.
Ha desarrollado su carrera en el ámbito de la medicina reproductiva en Clínica Las Condes, Clínica MEDS y su propia consulta. “Me dedico más bien al área de la infertilidad. No atiendo partos; lo hice durante la beca, mientras me especializaba, pero no lo escogí para mi vida porque, a pesar de que lo encuentro maravilloso, era menos compatible con tener una familia”.
Añade: “Toda mi vida he estado dedicada a esto, desde que hice mi beca. Llevo muchos años ayudando a familias a formarse y a mujeres que quieren ser madres. Así es que me satisface mucho”.
Lo más difícil, reconoce, es cuando le corresponde comunicar que, a pesar de todos los esfuerzos, el embarazo terminó en una pérdida gestacional o cuando explica a sus pacientes que lograr el embarazo no será fácil: “Estamos hablando de un tratamiento de alta complejidad, donde tienes que aprender a cerrar la ventana de la herencia genética propia. Tienes que cerrar eso y abrirte a esta otra maravilla que es ser mamá con un ovocito o un embrión donado. Por eso tienes que prepararte psicológicamente. Esto nunca es la primera opción de una pareja”.
Cuidado y promoción de la maternidad
A propósito de la baja tasa global de fecundidad en Chile, de 0,99 hijos por mujer, la Dra. Fabres cree que “no hay muchas políticas estatales de protección. Eso es lo que se está discutiendo en este momento en el Congreso. A varias senadoras también les ha costado formar una familia y están sumamente conscientes de ello, tratando de sacar adelante la ley de sala cuna universal, que es una ayuda”.
“Cuando uno les pregunta a las mujeres jóvenes por qué no quieren tener hijos, una de las respuestas importantes es que les faltan redes de apoyo, no tienen con quién dejar a su guagua y tienen que trabajar. Claro, la sala cuna que hay ahora cierra a las 14:00 horas y la mujer tiene una jornada laboral hasta las 17:00 o 18:00 horas. Creo que debería haber una sala cuna financiada en parte por el Estado y por la propia empresa, para que realmente sea universal y las mujeres cuenten con ese apoyo”, sostiene.
Considera que el reconocimiento de la infertilidad como enfermedad ha contribuido como política pública, ya que “Fonasa tiene códigos para los tratamientos de fertilidad. Entonces, una mujer que se va a realizar una inducción de la ovulación porque tiene un trastorno ovulatorio, o que se someterá a una inseminación intrauterina, hoy tiene cobertura”.
“Se han implementado PAD de Fonasa en los que se incluye todo: medicamentos, seguimiento de la ovulación y extracción de los óvulos. Sin embargo, están dirigidos a mujeres jóvenes que tengan una buena reserva ovárica, porque no todas las mujeres están dentro de ese grupo y acá tiene que haber un tratamiento global, no individualizado”, explica.
Sostiene que se trata de una ayuda importante, “pero aquellas mujeres que requieren un tratamiento especial todavía tienen que pagarlo. Hay cobertura de algunos exámenes, pero creo que hay que seguir avanzando por ahí”.
Con una mirada prospectiva, dice que “el futuro de la medicina reproductiva está ligado a que las mujeres buscan ser mamás por primera vez, en promedio, a los 36 o 37 años. Se están realizando muchos tratamientos de alta complejidad y mucha fecundación in vitro. Además, la tecnología es cada día más barata y está avanzando en todos los niveles”.
—Doctora, ¿siente que ha cambiado el mundo?
Cada ser humano hace un aporte y entrega un granito de arena. Algo habré aportado en todo este tiempo. Creo que, en el fondo, hacer ese aporte es lo que le da sentido a la vida. Mi aporte ha sido ayudar a formar familias y a que la gente sea más feliz.