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Andrés Bello tiene un plan

Columna de opinión del Senador Sergio Micco: "Andrés Bello tiene un plan"
Senador Universitario Sergio Micco, integrante de la Comisión de Desarrollo Institucional, espacio mandatado a elaborar en PDI de la Universidad de Chile.
Senador Universitario Sergio Micco, integrante de la Comisión de Desarrollo Institucional, espacio mandatado a elaborar el PDI de la Universidad de Chile.

El Senado Universitario acaba de aprobar el Plan de Desarrollo Institucional de la Universidad de Chile para el período 2026-2036: Pensar Chile. Construir futuro. Hemos realizado un ejercicio de anticipación: nos hemos propuesto objetivos claros y definido iniciativas estratégicas y proyectos emblemáticos para que, durante los próximos diez años, seamos capaces de “liderar el desarrollo sostenible del país, fortaleciendo el rol público y las capacidades formativas, creadoras y transformadoras de nuestra Universidad”.

El propósito puede parecer ingenuo, porque expresa la tentación humana de gobernar el futuro. Andrés Bello sabía, como nosotros, que tal dominio no era posible. Con tristeza escribió: “Ya turbia; ya limpia... ya en zarzas y espinas. ¡Tal corre la vida!”. También se lamentó: “¡Ah! ¡Siempre donde halaga la flor, punza la espina! Esta es una buena síntesis de su propia vidai.

El 17 de septiembre de 1843, al dirigirse por primera vez como rector a las autoridades nacionales y a la primera comunidad universitaria, Bello vivía una tragedia. Se encontraba en la cúspide de su poder: de ahí en adelante será rector y senador hasta su muerte, además de redactor de constituciones, códigos civiles y gramáticas españolas. Sin embargo, acababa de perder a su hija Dolores Isabel, Lola, de nueve años.

Ocho años más tarde, tras la muerte de Ana, otra de sus hijas, escribiría a su hijo Juan sobre el “vacío horrible que la muerte ha dejado en esta casa” y exclamaría: “¡Qué soledad para el corazón de un padre!” ii. De la desolación provocada por la muerte de Dolores nacería un poema íntimo y, a la vez, universal: La oración por todos.

El poema, que según una tradición habría sido escrito en Peñalolén, anuncia que, al anochecer, llega la hora de la conciencia y del pensamiento profundo. Tras trabajos y aflicciones, nuestro primer rector pide “descanso y oración y paz”. Invita a una hija a arrodillarse donde yace Lola y a orar por su madre y sus hermanos; por humildes y orgullosos; justos y pecadores; víctimas y victimarios; poderosos y olvidados; por quienes padecen esclavitud; por los muertos y por él mismo.

Cargado de culpa, cansancio y pesar, Andrés Bello sabe que pronto será huésped de “la morada oscura”. Pide a su hija que perdone a su “enemiga estrella”, que ha hecho huir incluso sus esperanzas. La oración por todos se convierte en la “plegaria eterna”, sin fecha ni patria, de la humanidad dolienteiii.

Bello tenía fundadas razones para dudar del poder del ser humano y de sus instituciones cuando pretenden ser arquitectos de su propio destino.

El cuerpo enferma, envejece y muere; el amor y las esperanzas nos exponen a pérdidas inevitables. Nadie queda exento de “su herencia de dolores”. La muerte es el “abismo en que se mezcla polvo a polvo, y pueblo a pueblo”. Si el cuerpo es débil, también es lábil el alma que lo anima. El intelecto, limitado por la ignorancia y el error, levanta sistemas que reinan durante siglos, hasta que un hecho hace que “la hueca mole en humo se disipa”.

Pero el error no es la única fuente de debilidad; también lo es el vicio. La tentación seduce a la voluntad y el juicio la engaña. Ante una ganancia deshonesta, se “necesita mucha virtud para no ser vencido”, aunque “no podemos lisonjearnos de encontrar muchos héroes”. El egoísmo conduce al hombre que no “da sustento al hambre, / ni a la desnudez vestido, / ni da la mano al caído, / ni da a la injuria perdón”.

No resulta extraño que la humanidad —ese conglomerado infinitamente diverso y plural— sea igualmente débil y lábil al intentar gobernarse a sí misma. La miseria caracteriza los órdenes sociales y morales, aunque podemos aminorarla. Bello conoce las crueldades y alevosías del mundo. La independencia hispanoamericana fue sellada por “la malvada guerra” y, derrotados los enemigos de la libertad, continuaron las guerras civiles.

Las repúblicas nacieron entre “muertes, proscripciones, suplicios, orfandades». Luego llegó la “ambición proterva”, que las hizo arder en medio de bandos civiles enfrentados por el poder y el deseo. El deterioro económico retrajo el trabajo, extendió la miseria y el crimen, y arruinó campos y ciudades. Incluso en los Estados mejor constituidos, las instituciones son tan imperfectas como sus autores: los maestros transmiten errores; las desigualdades del pensamiento llagan las sociedades, y la corrupción azota a los gobernantes. Tras el derecho internacional se esconden “la injusticia y su rapacidad primitivas”, mientras se perfecciona el arte de destruir.

No obstante, el pensamiento de Bello, ese humanismo doliente, conduce a la esperanza, la más pequeña de las virtudes. Frente al cansancio, la vejez, el dolor y la pérdida, propone el trabajo y la actividad intelectual. El amor, la amistad, la fortaleza y la fe ofrecen consuelo. Bello cree en la educación y en “las inmensas ventajas que, con un estudio perseverante, pueden reportarse”. La formación moral nos vuelve más justos, compasivos y generosos; las letras y las artes introducen costumbres suaves, decoro y respeto mutuo.

La ciencia se alimenta de ruinas. Sus sistemas “nacen y crecen y se marchitan y mueren”; sin embargo, se renueva y su juventud es eterna. Bello la ve llegar con la vacuna: madres tranquilas, niños vivos, campos seguros, comercio abierto y futuro humano. Vale porque salva, consuela y civiliza. Sus conquistas pertenecen a la humanidad. El amor, el trabajo, la educación y la ciencia pueden hacernos mejores.

También pueden mejorar nuestras sociedades. El ciudadano soldado depone la guerra, y la patria encuentra gloria en el mérito, no en la espada. Los americanos somos hermanos y hemos superado la guerra fratricida. Consumada la obra de los guerreros, llega la de los legisladores, capaces de contener el abuso del poder y acercar intereses y deberes. Cerradas las heridas, el suelo recupera su fecundidad y las artes pueden cultivarse. Una sociedad frugal, morada de la libertad, frena la ambición y templa la ley. Podemos ser felices mediante reconciliación, justicia, paz pública y ley soberana.

Las sociedades progresan a través de empresas laboriosas y pacientes; métodos prácticos de economía; buenas leyes, costumbres y ciudadanos, sin regresar al despotismo ni caer en la anarquía. El amor a las instituciones y su observancia fundan la prosperidad. El libro de las leyes debe estar en manos de todos, y la educación ha de alcanzar a hombres y mujeres. Debemos conservar los nombres y las acciones de nuestra historia y, para hacer respetar nuestros derechos, respetar los ajenos.

Los funcionarios que anteponen los asuntos públicos a su persona y aplican justamente las leyes aminoran los choques de pasiones e intereses. Las naciones sudamericanas, unidas por sus universidades, podrían fecundarse, mancomunar intereses, propagar la ilustración y definir su derecho público. La paz puede gobernar el espíritu de los seres humanos. Estos pueden edificar instituciones justas, fundadas en el derecho y la honestidad. Una economía próspera puede ofrecer una vida mejor para todos.

Andrés Bello, sabedor de nuestras miserias, tenía sus apuestas de esperanza. Más aún, se impuso tareas continentales que se expresaron en planes ambiciosos. Quería evitar la tragedia que cayó sobre el mundo mediterráneo tras la caída del Imperio romano, cuando el latín y el derecho dejaron de unir a las naciones. Por ello, después del derrumbe del gran Imperio español, se puso manos a la obra: escribió una gramática española y un código destinados a unir a los pueblos hispanoamericanosiv.

Así pensó y actuó Andrés Bello. Como dijo Ignacio Domeyko en el funeral del insigne chileno y venezolano, “dudaría la razón que en una sola vida, un solo hombre pudiera saber tanto, hacer tanto y amar tanto”v. Nuestro primer rector delineó un futuro mejor para Chile y América Latina, y contribuyó mucho a realizarlo. Alguien ha dicho que, “…sentado en su silla, pluma en mano, enderezaba a la sociedad…”vi. Así fue.

En Andrés Bello encontramos asilo para la esperanza de que, mediante el cultivo del saber superior al servicio de la humanidad, las sociedades pueden ser mejores y Chile puede alcanzar el desarrollo.

La Universidad de Chile tiene un plan.

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i. Para recordar las reflexiones de don Andrés Bello, y siguiendo los estudios de Iván Jaksic, Roque Esteba Scarpa y Joaquín Trujillo, me he basado en los siguientes ensayos y poemas de nuestro primer rector: A la vacuna, A Olimpio, Alocución a la poesía, Constituciones, Escribanos, Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile, Modo de escribir la historia, La agricultura de la zona tórrida, La luz, Oración por todos, Sobre la jurisprudencia y Venezuela consolada. Los que estén interesados pueden ingresar a la edición electrónica de las Obras Completas de Andrés Bello, publicadas por Ediciones de la Biblioteca Nacional de Chile.

ii. Bello, Andrés. Carta a Juan Bello Dunn, Santiago, 20 de mayo de 1851.

iii. Joaquín Edwards Bello escribió, que “La oración por todos es la plegaria eterna de toda la humanidad, sin fecha ni patria como la frase estupenda del pozo de Jacob”. Citado en Trujillo, J. (2019) Andrés Bello. Libertad. Imperio. Estilo. Santiago de Chile: Editorial Roneo, p. 636.

iv. Jaksic, I. (2001) Andrés Bello: La pasión por el orden. Santiago de Chile: Editorial Universitaria. pp.184-187.

v. Jaksic, I. (2023). Andrés Bello. Orden y libertad en la Hispanoamérica independiente. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica, p. 164.

vi. Así lo escribe Roque Esteban Scarpa: Scarpa, R. E. (1970). “Prólogo”. En Antología de Andrés Bello, selección y prólogo de Roque Esteban Scarpa. Santiago de Chile: Fondo Andrés Bello, p. 6.