Fortalecer las capacidades y habilidades socioemocionales de adolescentes rurales para mejorar su toma de decisiones informadas y facilitar su acceso a oportunidades educativas, laborales y de participación ciudadana en Perú. Este fue el principal objetivo del proyecto “Tejiendo futuros: información que empodera”, que forma parte del Programa de Voluntariado de la Alianza del Pacífico, impulsado por la Secretaría Nacional de la Juventud y el Ministerio de Educación de Perú y que tuvo entre sus voluntarios a Pía Hernández, estudiante de quinto año de Periodismo de la Universidad de Chile, quien fue seleccionada junto a otros cuatro jóvenes chilenos.
Para Hernández, el voluntariado fue especialmente interesante debido a que su foco en educación rural y acceso a oportunidades dialogaba directamente con su propia trayectoria de vida. “Yo soy de San Clemente y en la enseñanza media tuve la oportunidad, en el momento adecuado, de poder postular al CAE y a otras becas. Gracias a esa información estoy formándome como profesional y a partir de allí me hizo sentido ayudar no solamente desde las comunicaciones, sino también desde mi historia personal, decirles a los jóvenes que tienen todo el derecho a intentarlo y que eso sea un agente de cambio es una experiencia muy hermosa”, afirma.
La iniciativa surgió en un contexto en el que la juventud peruana, en particular en áreas rurales, enfrenta brechas estructurales significativas como un elevado desempleo formal (4.8% en zonas rurales frente a 27.5% en urbanas), desconexión digital (41.6% no usa internet) y crecientes problemáticas de salud mental y exclusión social que afectan su proyecto de vida.
En ese marco, Hernández pudo estar en dos establecimientos educacionales del Amazonas peruano, en Santa María de Nieva, provincia de Condorcanqui, donde cerca del 80% de sus estudiantes pertenece a pueblos originarios, enfrentándose a barreras territoriales, lingüísticas, culturales y de género. “Nos tocó trabajar con jóvenes que viajan en peke-peke, botes que tardan dos, tres horas en llegar a la escuela y con otros que después de egresar salen inmediatamente a trabajar o que viven solos. Fuimos a un espacio donde tuvimos que comprender su forma de vida, su ritmo y su tiempo”, relata.
Durante tres semanas, entre el 5 al 24 de julio de 2026, el equipo desarrolló talleres sobre resiliencia y proyecto de vida, adaptando las actividades a las edades y características de cerca de mil estudiantes, junto a la entrega de información sobre becas, continuidad de estudios y oportunidades deportivas, científicas y artísticas. “Creamos guías metodológicas para realizar estos talleres, entendiendo que cuando uno empieza a construir ciertas herramientas es mucho más fácil su nivel de adaptación. Nuestro objetivo fue que ellos comprendieran que su proyecto de vida es algo que construyen a diario”, indica.
Asimismo, Hernández subraya que las dificultades no solo se reducen a la distancia física, sino que a situaciones de violencia sexual y de género, además de obstáculos asociados al idioma y a la pertenencia indígena. “Nos tocó investigar sobre estas situaciones y distintas violencias que sobrepasan la capacidad que uno tiene de ayudar en un periodo tan escueto de tiempo. Dentro de todas esas limitaciones, nosotros nos dedicamos a escuchar y contener, porque sus sueños son válidos. La información cuando se entrega de forma focalizada y de manera oportuna puede cambiar vidas”.
Formación más allá del aula
Otro de los aspectos destacados, según Hernández, fue aplicar en terreno el aprendizaje de la Facultad en áreas como la expresión oral y corporal, comunicación efectiva y construcción de comunidad. “Me permitió expresar ideas de forma asertiva y plasmé esas herramientas. El periodismo que se estudia puede ser entregado, devuelto y ayuda a conectar con los territorios”, y agrega que el compartir con jóvenes de Perú, Colombia y México contribuyó a ampliar la mirada sobre las realidades latinoamericanas y a comprender otras formas de ruralidad. “Estamos viviendo procesos similares y poder conversarlo también es muy valioso porque te obliga a mirar más allá de la burbuja en la que uno vive”.
La convocatoria al voluntariado estuvo dirigida a 20 jóvenes de entre 18 y 29 años residentes de Chile, Colombia, México y Perú (cinco cupos por país). Los postulantes debían contar con interés o formación multidisciplinaria en áreas sociales, salud, educación, comunicación o artes, así como experiencia demostrable en trabajo comunitario, desarrollo de habilidades, salud mental o uso de TIC. El programa cubrió completamente los gastos de participación, incluyendo pasajes, alojamiento y alimentación.
Tras su regreso a Chile, la estudiante de FCEI se incorporará a otro voluntariado, esta vez en la Fundación Sembrando un sueño, cuyo propósito es entregar herramientas a adolescentes de diferentes liceos vulnerables de la Región Metropolitana. “Es muy similar a la experiencia en Perú, el objetivo es acompañarlos en su transición a la educación superior con información clara y oportuna”, concluye.