Palabras Condecoración Legión de Honor de Francia
Comienzo agradeciendo:
Al Sr. Embajador y, por su intermedio, a Francia.
A la Universidad y a mi padre, a sus padres y a sus abuelos, que trajeron a Francia a nuestras vidas.
No somos sino quienes tuvimos la oportunidad de ser gracias a otros y otras, ya sean personas o instituciones, y es esa trama de esfuerzos, afectos y confianzas la que se honra cuando recibimos un reconocimiento.
Todos quienes pertenecemos a la Universidad de Chile nos reconocemos parte de una historia común más que centenaria, que a lo largo de los años se renueva sin perder su esencia. De alguna manera –a veces misteriosa– se vive esa historia como propia, al mismo tiempo que se entrega de una generación a otra.
Los vínculos entre la Universidad de Chile y Francia se cuentan entre los más profundos y continuos que nuestra institución ha cultivado en el ámbito internacional. Se expresan en su historia intelectual, en la formación de generaciones de académicas y académicos, en el desarrollo de la ciencia, el derecho, las ciencias sociales, las humanidades y las artes.
La propia creación de la Universidad heredó rasgos evidentes del modelo universitario francés, sirviendo durante sus primeras décadas como organismo rector de la educación nacional, asesorando al Estado y supervisando parte del sistema educacional. La confianza en la educación como motor del progreso, la producción y difusión del conocimiento al servicio de la sociedad, y la formación de ciudadanos para la República han sido parte de la misión de la Universidad.
Es así que la relación entre la Universidad de Chile y Francia ha acompañado la vida intelectual chilena a lo largo de su historia republicana.
Las dos grandes obras asociadas a Andrés Bello, la fundación de la Universidad de Chile y la redacción del Código Civil, expresan una misma convicción: que el progreso de las naciones depende de instituciones sólidas, del cultivo del conocimiento y del predominio de la razón sobre la arbitrariedad. Son principios que hunden sus raíces en la Ilustración y que encontraron en Francia una de sus expresiones históricas más importantes.
La influencia de Francia en el desarrollo temprano de la Universidad es enorme. Lorenzo Sazié, primer decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, introdujo métodos modernos de enseñanza clínica y contribuyó a la profesionalización de la medicina chilena; Pierre Pissis hizo grandes aportes en geología destacando por su reconocimiento del desierto de Atacama, entre muchas otras contribuciones; Franciose Brunet de Baines, fundador de la Escuela de Arquitectura, nos dejó grandes obras como el Teatro Municipal y el Congreso Nacional; Lucien Hénault, quien continuó su obra a su muerte, diseñó nuestra bella Casa Central. Y no olvidamos al rector Ignacio Domeyko, quien –aunque de origen polaco– se formó en gran medida en el ambiente intelectual francés y en la École des Mines de París, haciendo un gran aporte a la modernización científica y educacional de Chile mediante el desarrollo de la mineralogía y la geología, la formación de profesionales, la organización de la enseñanza superior y la promoción de una visión humanista del conocimiento al servicio del progreso nacional.
A lo largo del siglo XX, y hasta nuestros días, la vida académica de la Universidad de Chile ha estado profundamente marcada por el diálogo con las corrientes intelectuales francesas. Recordábamos hace solo unos días, en la ceremonia de distinción a Manuel Antonio Garretón, la figura de Alain Touraine y sus contribuciones a la sociología, así como su compromiso y solidaridad con Chile. Hoy nos enorgullece la responsabilidad que ha asumido desde 2024 Enrique Aliste, académico de nuestra Universidad, como director del Instituto de Estudios del Desarrollo de La Sorbonne.
Y esta influencia también se expresa en el ámbito de las artes, donde destaca la labor creativa de Mathieu Guilhaumon en el Ballet Nacional Chileno (BANCH) durante los últimos trece años. Son ejemplos contemporáneos de una relación intelectual y cultural que, lejos de agotarse en la historia, continúa renovándose y proyectándose hacia el futuro.
Tal vez el vínculo institucional más profundo de nuestra historia reciente sea la alianza estratégica construida con Francia a través de la investigación científica. Un hito fundamental se produjo en el año 2000, cuando el Centro de Modelamiento Matemático (CMM) se convirtió en el primer laboratorio internacional asociado del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) fuera de Francia. Quiero reconocer especialmente a Rafael Correa, impulsor de esta iniciativa visionaria que abrió nuevas posibilidades para la cooperación científica entre ambos países.
A esta experiencia se sumó posteriormente en 2012 la creación del Laboratorio Franco-Chileno de Astronomía. Saludo también a Pierre Kervella, destacado astrofísico francés que actualmente realiza una estadía de investigación en nuestro país en virtud de ese programa y que hoy nos acompaña.
Desde 2019, la Universidad y la Embajada de Francia impulsan la Iniciativa Franco-Chilena de Altos Estudios, que dirige Marisol Facuse, concebida como una plataforma permanente de cooperación académica y científica. En 2025, la Universidad de Chile y el CNRS renovaron sus acuerdos estratégicos para profundizar la colaboración.
La cooperación no se ha limitado al ámbito de las ciencias exactas o naturales. También se ha expresado en las humanidades y las ciencias sociales, a través de iniciativas como la Cátedra Michel Foucault y, posteriormente, la Escuela Chile-Francia, que han consolidado espacios permanentes de encuentro entre académicas y académicos de nuestra Universidad y de instituciones francesas.
Más allá de estas importantes iniciativas, existe una afinidad histórica que compartimos con la tradición republicana francesa: la educación pública, el pensamiento crítico, el papel social del conocimiento, la laicidad, los derechos humanos y la convicción de que la universidad debe contribuir al desarrollo de la sociedad.
En lo personal, he sido profundamente influenciada, tanto desde el punto de vista intelectual como espiritual, por el trabajo compartido con Pierre Léna, destacado astrofísico, miembro de la Academia de Ciencias de Francia y protagonista de importantes contribuciones al desarrollo de la astronomía en Chile. Pero, por sobre sus extraordinarios méritos científicos, Pierre ha sido un maestro para generaciones de personas en distintas partes del mundo por su compromiso con la renovación de la educación científica y por la profunda humanidad con que ha ejercido esa tarea.
A lo largo de los años, Pierre ha sabido mostrarnos que la mayor grandeza no reside únicamente en los grandes descubrimientos, sino también en las mentes de los niños y las niñas, y que es en esos ojos inquietos y curiosos donde mejor se refleja la esperanza del porvenir.
Inspirados por su ejemplo, hace ya más de veinte años, un grupo de nosotros –entre ellos, el querido Jorge Allende y Pilar Reyes, compañera de ruta en esta labor educativa– emprendimos un nuevo camino para sumarnos a profesoras y profesores en la renovación de la enseñanza de las ciencias. Sin el ejemplo de Pierre, difícilmente habríamos dedicado una parte tan significativa de nuestras vidas a esta tarea, en la que seguimos encontrando, hasta hoy, una de las razones más profundas de nuestro compromiso con la educación.
Agradezco con afecto al Sr. Embajador, y le expreso mi admiración por su amor por la cultura, por la música y por la danza, donde nos encontramos con frecuencia, no solo físicamente sino también espiritualmente. Cada conversación con usted, señor Embajador, ha sido para mí una oportunidad de aprendizaje, y creo que algo similar ha ocurrido con Chile durante estos años. Recordemos el impacto que tuvo su columna del 15 de julio del año pasado, en que llamaba la atención a la belleza de nuestro país y expresaba su esperanza en el porvenir de Chile: “¿… cómo no amar –decía– un país tan hermoso y variado, donde se puede ir desde el canal Beagle o Torres del Paine hasta Arica, pasando por el lago de Todos los Santos, Villarrica, el Maule, el valle del Elqui y, por supuesto, Santiago y Valparaíso?”. Y si bien reconocía que las ciudades no son tan hermosas como sus paisajes, llamaba la atención a que “¡Hay verdaderas joyas! La última de ellas es la Gran Sala Sinfónica Nacional. Una perfección acústica y una maravilla arquitectónica, que combina con elegancia y eficacia lo antiguo y lo moderno”. Habíamos recién inaugurado el 10 de julio y nos emocionamos.
Imagino que fue ese mismo entusiasmo por esta tierra joven el que impulsó a mis antepasados a venir hasta este alejado lugar del mundo a desarrollar sus profesiones y negocios, a formar familia y a aportar con coraje al progreso de Chile. Gracias a ese legado, y a la historia compartida entre nuestros pueblos, hoy tenemos el privilegio de encontrarnos reunidos en esta ceremonia.
Para finalizar, quiero rendir homenaje a mi padre, Raúl Devés Jullian, ingeniero, empresario y académico. Fue un hombre capaz de mover montañas, pero cuya mayor grandeza residía en su humanidad. Amó profundamente a Francia, su cultura y sus ideales. Por ello, recibo esta distinción en su nombre y con la convicción de que nadie la merecería más que él.
Quiero también agradecer a cada una y cada uno de los presentes. Ustedes, las y los invitados, son personas que han dejado una huella en mi vida personal o académica. De cada uno he aprendido algo valioso y con cada uno comparto recuerdos, afectos y proyectos que han dado sentido a mi trayectoria.
Mi gratitud también para mis hijos, Francisca y Diego, por su amor y su paciencia con esta madre trabajadora. Y para mis nietos, Rosa y Samuel, que representan el futuro que comienza a abrirse paso ante nuestros ojos. Rosa habla francés mejor que cualquiera de nosotros; Samuel habla inglés mejor que sus padres. Así transcurre la vida: cada generación abre nuevos caminos.
La amistad entre Francia y Chile, al igual que la educación y el conocimiento, también se construirá de generación en generación. La recibimos como herencia, la enriquecemos con nuestro trabajo y la entregamos a quienes vendrán después.
Gracias nuevamente a usted, señor Embajador, por esta distinción y por todo lo que ha hecho para fortalecer los lazos de amistad, cultura y colaboración entre Francia y Chile.
Muchas gracias a todos.
Rosa Devés Alessandri
Rectora de la Universidad de Chile