Antes de convertirse en el abogado de la Vicaría de la Solidaridad, antes de ser el defensor en causas como la de Víctor Jara o la de las víctimas del Caso Degollados y de la Operación Colombo, Nelson Caucoto era un estudiante de Derecho que había crecido en una oficina salitrera en el norte y migrado a Concepción para estudiar en la universidad. Antes del golpe de Estado de 1973, quería especializarse en relaciones internacionales. Pero luego los planes cambiaron.
"Incluso hice mi memoria en eso, una memoria que yo creo que lo único valioso que tenía era el título: se llamaba 'Hacia el reencuentro de América Latina'", cuenta hoy el abogado, después de haberse convertido en el ganador de la Medalla Derechos Humanos y Democracia 2026, un reconocimiento que la Universidad de Chile entrega de manera anual a partir de 2023, año en que se conmemoraron cinco décadas del golpe de Estado. El propósito de este reconocimiento es promover la memoria y las garantías de no repetición.
"Estuve tres meses trabajando en esa memoria. Tenía muchas fuentes bibliográficas y cada vez me entusiasmaba más el tema de la historia de Latinoamérica", recuerda. Aunque no fue fácil que se la aprobaran –era el año 1974 y Chile era un país aterrorizado, también dentro de la academia–, ese trabajo no fue una brújula para su carrera. Antes de titularse, y entendiendo que las urgencias del país eran otras, se ofreció como voluntario en el Comité Pro Paz de Concepción. Luego, muy rápidamente, llegó a la Vicaría de la Solidaridad, que por entonces estaba naciendo.
Hoy, empastada, con una cubierta de cuero café y letras doradas, su memoria está en la oficina privada en la que sigue dedicándose a la gestión de casos relacionados con los derechos humanos, aunque ya no solo derivados de la dictadura: también recibe a militares que denuncian maltrato de sus superiores, a trabajadores a quienes se les jubiló de manera errónea, o a mujeres despedidas luego de haberse convertido en madres.
"Los derechos humanos no se agotan con la dictadura", advierte, a medida que recorre su trayectoria de más de 50 años.
–Han pasado algunas semanas desde que recibió la noticia de este reconocimiento y con los días, supongo, va dándole un lugar distinto. ¿Cómo acoge esta distinción?
En primer lugar, me ha llamado la atención la convocatoria que ha provocado, porque me han escrito de muchos lados felicitándome. Todos me hablan maravillas de esta distinción. Le dije a la Rectora, cuando ella me lo comunicó, que me hacía muy feliz. La verdad es que no estoy acostumbrado a estas nominaciones y me siento halagado, fundamentalmente, por la importancia de la distinción. Alicia Lira fue la primera. Yo fui su abogado por la muerte de su marido, a quien mataron en la fecha del atentado contra Pinochet.
–¿Qué significado le atribuye, en su historia personal, a este reconocimiento?
Para mí, viene de la mano con los 50 años de la Vicaría. La Vicaría tiene un chat con cerca de 300 personas. Ahí me llegaban felicitaciones y más felicitaciones. Yo les respondí algo que de verdad siento: que esta distinción, tan emparentada con los 50 años de la Vicaría, la comparto entre todos; es decir, cada uno de ellos forma parte de esta distinción, partiendo de la base de que, sin la Vicaría, yo creo que mi reconocimiento no habría existido. Mi actividad profesional está vinculada a tres grandes instituciones, y la más grande de todas es la Vicaría. Igualmente fundamental fue mi paso por la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (FASIC), continuadora de la Vicaría, y posteriormente por la Corporación de Asistencia Judicial.
–¿Qué recuerdos le quedan de la Vicaría?
La Vicaría fue muy conocida porque había una acción de resistencia judicial contra los embates de la dictadura en contra de la libertad personal, y los únicos que aparecían como protagonistas éramos los abogados: teníamos los juicios y las querellas, y la prensa se comunicaba con uno. Pero eso era una mínima parte del trabajo de la Vicaría. Tuvo una labor territorial impresionante, que tenía que ver con la salud, con las ollas comunes, con el “Comprando Juntos”, con los jardines infantiles, con el tema campesino y de provincia. Fue una labor gigante. Hay un recuerdo imperecedero de la acción de la Vicaría que muchas veces no se divulga tanto porque no es conocido; solamente se conoce la acción de resistencia judicial.
–¿Y cómo recuerda su paso por las otras instituciones de su historia, partiendo por FASIC?
Para todos nosotros, la tarea de la Vicaría terminó intempestivamente. El único argumento que alguna vez escuché fue que, si estábamos en democracia, era la democracia la que tenía que asumir, con sus instituciones, la carga o el trabajo en derechos humanos. Ya no tenía por qué ser la Iglesia. Uno podría decir: "tenía razón la Iglesia al desprenderse o cerrar la Vicaría, porque se decidió que la sociedad de Chile se hiciera cargo de esto", pero no se hizo cargo la sociedad, sino el FASIC. La Vicaría tenía cientos de causas y todo el programa de desaparecidos y ejecutados políticos pasó a FASIC. Ahí, junto con ese programa, fueron abogados de la Vicaría. Ahí llegué yo, como continuador y con la tarea de seguir con los juicios. Por eso uno tiene que ser eternamente agradecido del FASIC, porque nos dio la posibilidad de continuar nuestra tarea cuando culminó la de la Vicaría. En sus primeros años, además, se dedicó a sacar gente del país; a la gente perseguida la ubicaba en una embajada y les conseguía refugio. Después se metió de lleno en el tema de los desaparecidos y los ejecutados, pero esa tarea culminó porque en algún momento se agotó el financiamiento. Y ahí uno se da cuenta de que la democracia no se había hecho cargo de este tema.
–¿Y en la Corporación de Asistencia Judicial (CAJ)? Allí usted fue uno de los fundadores de la oficina de Derechos Humanos.
Bueno, la Vicaría empezó a desprenderse de sus casos y mandó los relativos a presos políticos al Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU), los de ejecutados y detenidos desaparecidos al FASIC, y quedaba un remanente de causas que, yo diría, parecían no tener mucho destino. Eran causas de cadáveres sin identificar, de muertos en protestas, de balas locas. Esos casos, entonces, dijeron "no los vamos a cerrar, pero que los siga alguien más", y asignaron a cerca de cuatro abogados a estos temas, entre los cuales iba yo. El Ministerio de Justicia y la Vicaría hicieron un convenio que establecía que la Iglesia iba a poner el inmueble y el gobierno iba a poner los sueldos para estos casos, y así surgió esa oficina.
Partimos al lado de la Catedral y la idea era que siguiéramos con esos casos acotados, pero seguía llegando gente a la Vicaría, donde le decían “cerrado”. Pasó una cosa curiosa: las personas iban a preguntar al kiosco del frente y allí les decían que estábamos funcionando, pero “un poquito más allá”, y empezaron a llegar. Yo me acuerdo de un caso muy urgente: un caballero que requería atención médica y que, cuando lo llevaron a la Mutual de Seguridad, no lo atendieron porque no estaba inscrito. Ahí dijimos: "No, ese caso hay que tomarlo porque es urgente". Presentamos un recurso de protección y lo ganamos; entonces empezó a llegar más gente. Ahí fue cuando dijimos “vamos a tener que desobedecer la orden, no más, y atender a todas las personas que están llegando, porque necesitan atención jurídica urgente”. Y así nos fuimos llenando de casos.
–¿Cómo fueron esos primeros años en la CAJ?
La bautizamos Oficina Especializada en Derechos Humanos de la Corporación de Asistencia Judicial y partimos con harto miedo. ¿Cuál era mi miedo? Si es que este tema de los derechos humanos iba a interesarle a los cabros. Esa es la sorpresa más linda que me he llevado, porque fuimos el consultorio más demandado por los estudiantes universitarios. Fue inmenso. Al comienzo partimos apenas con una niña que entró a trabajar con nosotros; después, con dos, cuatro, 20 y llegamos a 50. No tuvimos más porque no teníamos espacio. Nos dieron una oficina grande, pero no cabían más de 50 personas y fuimos la oficina con más atención al público. A ellos no se les pagaba, pero hacían un trabajo espectacular. Y ahí te das cuenta de que es un tema bullente en la sociedad, en el sentido de que es muy masivo, pero al mismo tiempo, por contradictorio que suene, es silencioso. Es algo que está callado, pero ocurren muchas violaciones de derechos humanos que la gente no denuncia si no tiene la posibilidad de hacerlo, pero cuando la tiene, sí lo hace. Aquí tenían la posibilidad de contar con jóvenes que judicializaban sus casos y que eran gente muy buena. Lo siguen siendo.
–¿Cómo fue trabajar con tantos jóvenes y acercarles los derechos humanos desde la perspectiva legal?
Yo estoy realmente sorprendido. Es un buen signo para Chile que las penurias del ‘73 ya no las vamos a volver a tener: en 1973 nadie sabía de derechos humanos en Chile. Nadie. Ni los grandes abogados que tuvo la Vicaría tenían mucha idea de DD.HH. al comienzo. El mismo Roberto Garretón reconoce que trabajaba en agua potable, ¡imagínate! Pasar del agua potable a defender derechos humanos ante el Consejo de Guerra. Nadie sabía, porque no nos enseñaron. Yo estaba en quinto año de Derecho en Concepción y nunca nadie me enseñó derechos humanos. Entonces, desde esa perspectiva, hoy día tenemos una tremenda ventaja, porque pasaron cientos y cientos y cientos de jóvenes por la Corporación, y muchos de ellos se quedaron en el tema de los derechos humanos y siguen trabajando en eso. A mí me alegra. ¡Que no se les ocurra, a las eventuales dictaduras del futuro, hacer nada, porque ya saben que tienen un batallón de jóvenes que van a salir a defender a la gente!
–Es una especie de garantía…
Estamos mejor defendidos, sí. Mucho mejor defendidos. Y son cabros súper capaces. Resultaron ser jóvenes excelentes. Me siento muy honrado de haber dirigido esa oficina. Ahí, lo que sí es que yo identifico una ceguera por parte del Estado. ¿Por qué esta oficina sólo funciona en Santiago de Chile? Nosotros recibíamos casos de Arica, de Temuco, de Punta Arenas. ¿Por qué no abrió la Corporación una oficina en cada región? Nosotros tratamos de hacer los intentos muchas veces, pero no se logró. ¿Cómo no va a ser interesante que, si en Arica hay un joven detenido ilegalmente, tú puedas interponer un recurso de amparo, un recurso de protección o una denuncia? A los jóvenes eso los atrae, los convoca, porque son sus pares los que están siendo afectados por la acción de la policía. Y esto pasa en todo Chile. ¿Por qué solo Santiago va a tener la posibilidad de que haya jóvenes que se preocupen por estas personas?
–¿Qué aspectos destaca de su trayectoria dentro de la CAJ?
Un fenómeno que es tremendamente importante, y yo creo que es un avance que hay que fortalecer y engrandecer, es que fuimos la única oficina de derechos humanos en Chile que atendió al mundo militar. No al mundo militar involucrado en la violación de los derechos humanos de la dictadura, sino a las mujeres a quienes no les respetaron su derecho a prenatal y posnatal, a los funcionarios que son despedidos injustamente, a los jóvenes que son agredidos por sus superiores. Hay algo tremendamente vital: que se rompa esa suerte de recelo que existe entre las Fuerzas de Orden y Seguridad y los derechos humanos. Tengo un ejemplo muy claro. Un día, un señor iba hacia nuestra oficina, pero no entraba. Me pareció extraño el comportamiento. Yo le pregunté qué quería y me respondió que era brigadier en retiro del Ejército. “A mí, como dice ‘Oficina de Derechos Humanos’, me da miedo entrar”, me dijo. Yo lo hice pasar. Mientras esperaba, le pasamos uno de los tomos del “Dónde están" –una colección de siete volúmenes que reúne expedientes y antecedentes de cientos de detenidos desaparecidos publicados por la Vicaría–. El caballero me dijo "oiga, pero tanta gente desapareció", y yo le respondí "usted ha visto un tomo, tiene que ver los siete". "No puede ser", me dijo. Le contesté que sí y le dije que era una pena que tuvieran esta suerte de recelo hacia los derechos humanos, cuando estos son albergadores y protectores. Los derechos humanos están para servir, no para atacar.
–¿Qué enseñanzas pudo traspasar a las nuevas generaciones de abogados en el ejercicio de su trabajo?
Yo siempre les explicaba a los jóvenes que uno tiene que tratar de ser protagonista de la historia que está viviendo, o sea, que la historia no pase por tus espaldas. Yo diría que, para la gran mayoría de los chilenos, la historia pasa por la espalda. Eso hace que existan dos tipos de ciudadanos: el verdadero ciudadano, que tiene sentido crítico, y el súbdito, que sólo sigue las normas. Y esta es, un poco, la filosofía de lo que pienso: cada día hay que ser ciudadano, no súbdito. No levantarte más temprano para obedecer las leyes, sino levantarte más temprano para criticarlas, para criticar cómo se ordena la sociedad, cómo se cometen injusticias. Tú puedes cambiar la historia. Eso es lo que intento enseñar a los jóvenes. Logramos muchas de esas cosas y cambiamos la historia.
–¿En qué otros aspectos cree que el trabajo en el que usted participó dejó huellas para el país?
Cuando abrimos esta oficina en la Corporación, vino el tema migratorio. Nosotros vivimos toda la migración peruana y después con personas de Haití, Colombia y República Dominicana. Han sido muy arbitrarios con los inmigrantes. Nosotros obtuvimos la nacionalización de muchos de esos migrantes, arreglamos sus papeles, evitamos la expulsión. Después nos metimos al tema carcelario, que es inmenso y espantoso, porque hay gente que vive en condiciones terribles, duerme a la intemperie, y hay mucho abuso, incluso entre los propios internos. Nos metimos también en un tema mayúsculo: las negligencias médicas en los servicios públicos y, después, en el tema de los funcionarios públicos, que, cada vez que había un cambio de gobierno, los despedían. Nos transformamos en abogados de las trabajadoras sexuales de Santiago, tomamos casos de abusos contra los homosexuales, pero el que más me conmovió a mí fue el de los niños trans, un fenómeno que no conocía. Si no hay ayuda estatal, si no hay una atención especial, la vida para ellos puede ser un infierno. ¿Qué obtuvimos? En varios casos, se hacía un cambio de sexo registral, o sea, en el Registro Civil se les cambiaba el sexo. Era un tema que yo desconocía. ¿Pero quién más se dedicaba a esto? Nadie, nosotros. También está el tema del maltrato en los jardines infantiles a los niños que son hiperactivos. Nosotros obtuvimos varios logros en ese sentido. Por eso te digo que hicimos hartas cosas.
–Es toda una trayectoria laboral que, en el fondo, demuestra que el tema de los derechos humanos no se agota con la dictadura...
Es una cuestión de nunca acabar. A mí me apena haber dejado la Corporación. Me fui en el año 2014 y me tuve que ir porque ya era incompatible con mi trabajo en la oficina, que crecía mucho y era arduo también. Lloré varias veces ahí, antes de irme, porque me daba una pena enorme. Yo atendía personalmente a un número de personas a diario. A todo el que llegaba por primera vez, lo atendía yo y luego derivaba los casos. Es un trabajo enternecedor; es muy lindo. Y es impresionante. Aunque me fui de la Corporación, yo establecí que el día viernes, en mi oficina privada, sigo atendiendo los casos militares.
–Y después de todos estos años trabajando en esto, si usted tuviera que volver a tomar la decisión de a qué dedicarse en el derecho, ¿qué haría?
No, no hay vuelta. Yo llegué a los derechos humanos, tal vez, por mi formación cristiana, donde esto de servir al prójimo se me inculcó desde chico. Yo vengo de una comunidad tan pequeña como una oficina salitrera, donde existe tal comunión de intereses entre la gente que se forma una verdadera comunidad, en la que todos se apoyan, se ayudan, se auxilian. Yo no recuerdo que haya habido ningún delito. Eso es raro: que en una comunidad de 3 o 4 mil personas no se cometan delitos. Para mí era súper importante respetar a mi prójimo, no sobrepasarme ni sacarle algo que le correspondía. Después estudié en el colegio salesiano de Iquique, el Don Bosco, y mi papá y mi mamá eran fervientes demócratacristianos. Yo también soy de base demócrata cristiano, aunque en la universidad empecé a militar en la Izquierda Cristiana, donde sigo militando. De ahí viene mi sentido social. Yo todavía quería estudiar relaciones internacionales, pero cuando vino el golpe y empecé a ver las pocas noticias que salían, dije “no, aquí hay que hacer algo, hay que ayudar”. Yo no sabía hacer nada; me sentía así, pero había que ayudar.
–¿A quiénes más siente que esta distinción reconoce en conjunto con usted?
En la Vicaría, mi ángel de la guarda fue Fabiola Letelier. Me acogió tan bien, me dio tanto aliento, me dijo: "Yo te voy a ayudar". Yo, la verdad, no conocía a nadie en Santiago. Fue una ayuda concreta, real, ahí, a la vista. Yo estaba en la oficina con ella cuando una secretaria llegó a hablarle al oído y le avisaron que habían matado a su hermano, Orlando. Fabiola fue realmente espectacular. Un monumento se merece. Menos mal que alcanzaron a darle el Premio Nacional de Derechos Humanos antes de que falleciera. Esta distinción tendría que haber sido para ella, porque su trabajo fue impresionante.
–¿Con qué sentimiento se queda cuando mira en retrospectiva su carrera?
Mira, una de las cosas lindas que tienen los familiares que yo he atendido es su lealtad. Yo creo que empecé con los mismos casos con los que he terminado, aunque no los he terminado todos. O sea, hemos estado cuarenta o casi cincuenta años unidos a través de una causa, y eso es impagable. Sería posible que alguien, al año de no obtener resultados, se cansara del abogado, que pensara que “ya no le sirve”. Y nosotros pasamos años caminando por el desierto, años larguísimos donde no obtuvimos nada, y seguimos atentos a qué es lo que puede pasar.