Toda la minería del mundo se ha realizado en los primeros kilómetros de profundidad de la corteza terrestre. Pero esta tiene un espesor que varía entre 25 y 70 km, lo que significa que, en toda nuestra historia, solo hemos rasguñado la superficie del planeta.
Las y los científicos tienen claro que la Tierra guarda suficientes riquezas en sus capas profundas, pero descubrirlas primero y extraerlas después implica el abordaje de retos técnicos que recién estamos empezando a conocer.
El acceso a los minerales es un asunto crítico para nuestra civilización. La mayoría de los elementos de la tabla periódica se utilizan en algún dispositivo moderno, desde celulares hasta naves espaciales, lo cual ha levantado un acalorado debate sobre su futura disponibilidad.
Para mantener las tasas de crecimiento históricas del consumo de cobre, por ejemplo, se requerirá una producción minera de aproximadamente 50 millones de toneladas para 2050. Si se añaden escenarios de cambio para la transición energética, la producción debiera elevarse a 91 millones de toneladas, "cifras que parecen inalcanzables", dice el profesor Martin Reich, académico del Departamento de Geología de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.
El litio, las tierras raras, el cobalto, el níquel y otros metales presentan el mismo problema de abastecimiento, por lo que especialistas en la disciplina han puesto el ojo en distintos lugares (el fondo marino, los asteroides e incluso la Luna) para su explotación.
Sin embargo, las masas continentales seguirán siendo el mejor lugar para resolver el problema de acceso a metales, un problema más relacionado con la ingeniería y la tecnología que con la geología.
Estudios, investigaciones y desarrollos han sido parte del quehacer en torno a la minería en la Universidad de Chile; especialistas de la academia, la investigación y el estudiantado ya están avanzando para identificar y sacar provecho de los recursos escondidos en las entrañas de nuestro planeta.
Exploración profunda
Geológicamente, Chile es un país muy afortunado, dado que sus cuantiosas riquezas minerales se ubican en las primeras centenas de metros de la corteza terrestre. Este es el caso de Chuquicamata, El Teniente, Collahuasi, Río Blanco-Los Bronces o Escondida, entre otros, todos los cuales aportan el 25% del cobre que necesita el mundo.
En algún momento del futuro, la industria minera deberá internarse aún a mayores profundidades. Por ejemplo, el depósito Río Blanco-Los Bronces es hoy considerado como la mayor concentración de cobre sobre la faz de la Tierra gracias a una serie de campañas que concluyeron que sus riquezas se extienden mucho más profundo de lo que suponían los geólogos. En tanto, Chuquicamata hoy opera en modalidad subterránea después de décadas de operación a rajo abierto.
Todo indica que estos y muchos otros cuerpos mineralizados continúan a mayores profundidades. "Sin embargo, la abundancia, distribución y endowment (dotación) global de depósitos minerales permanecen insuficientemente cuantificadas", dice el profesor Reich.
La académica Diana Comte, del Departamento de Geofísica e investigadora del Centro Avanzado de Tecnología para la Minería (AMTC), agrega: "Conocemos muy bien la parte más superficial del subsuelo, pero nuestro conocimiento se vuelve mucho más limitado a medida que descendemos en profundidad".
El trabajo de la profesora Comte consiste en investigar el interior de la corteza terrestre mediante el análisis de ondas sísmicas y otras señales geofísicas. Gracias a estas técnicas, su equipo ha logrado identificar anomalías a profundidades bajo los 5 km que, según explica, "comparten características con las señales geofísicas observadas en sistemas mineralizados conocidos en superficie". Aunque todavía es prematuro interpretar estos hallazgos como un depósito de metales, estas anomalías constituyen un importante indicador que puede orientar futuras campañas de exploración.
Desde el punto de vista geológico, existe consenso en la comunidad académica sobre el rol del manto (la capa interna más grande de nuestro planeta) en la formación de depósitos metálicos y no metálicos aquí en la superficie.
"El manto es un reservorio profundo de metales pero inasequible, que bajo determinadas condiciones, puede ser aprovechado por procesos geológicos que movilizan esos metales hacia la corteza para formar depósitos minerales", agrega el profesor Martin Reich, quien ha descrito evidencias de lo anterior en depósitos de Brasil y Argentina.
Hace un tiempo, uno de sus estudiantes de doctorado, el geólogo Felipe Velásquez, describió que ciertos yacimientos de niobio en Brasil (un metal valorado por su alta resistencia a la temperatura y la corrosión) se forman en la corteza terrestre después de una serie de procesos geológicos que se inician en el "manto litosférico subcontinental", a más de 80 km de profundidad.
Asimismo, la geóloga y estudiante de doctorado María José Tapia, al alero del profesor Fernando Barra, describió el proceso de formación de una serie de pequeños depósitos de cobre en la región de Atacama, los cuales cuentan una historia de millones de años que se inicia a 40 km dentro de la corteza continental.
Tanto las técnicas geofísicas como geoquímicas aportan información valiosa para buscar metales, pero su mayor valor se obtiene al integrarlas con otras fuentes de información. Tal como señala la profesora Nadia Mery, especializada en el análisis geoestadístico de yacimientos mineros en el Departamento de Ingeniería de Minas, "la clave está en integrar distintas fuentes de información, desde la geofísica a la geología y la geoquímica".
Es precisamente esa integración la que aumenta las probabilidades de identificar depósitos ocultos en las profundidades. En este contexto, la profesora Diana Comte agrega: "La geofísica permite reducir la incertidumbre e identificar zonas con mayor potencial, pero la confirmación de un depósito mineral siempre requiere evidencia directa obtenida mediante sondajes".
Una vez que las y los geólogos encuentran lo que están buscando, la posta pasa a la ingeniería, que se encarga de aplicar todos sus conocimientos para extraer las riquezas. Actualmente, la industria de los recursos mineros y energéticos está habituada a trabajar en profundidad, tal como hoy lo hace la industria del petróleo incluso a 10 km bajo el lecho marino.
"A medida que vas profundizando, estás llevando toda la minería al extremo", dice la profesora Kimie Suzuki, también del Departamento de Ingeniería de Minas, quien describe algunos problemas a resolver en la minería profunda del futuro.
Además de los problemas de carguío y transporte de minerales desde zonas profundas, que aumentan los costos logísticos, se añade la preocupación por la estabilidad de los macizos rocosos, "de forma que no generen concentraciones de esfuerzos", dice la académica.
Por otro lado, es necesario considerar el gradiente geotérmico, es decir, el aumento de la temperatura a medida que se profundiza en la corteza terrestre. Actualmente, la minería del oro en Sudáfrica opera a temperaturas que superan los 40°C, lo que implica enormes costos en ventilación.