La jaiba limón (Cancer porteri) es una especie nativa chilena que habita en las aguas costeras del país. Reconocible principalmente por su color rojizo, es una de las diez especies de jaibas presentes en el territorio nacional y constituye un recurso de importancia para la pesca artesanal.
En esta especie, sus ejemplares adultos viven en el fondo marino y presentan una movilidad reducida. Sin embargo, esto no significa que las jaibas de distintas zonas permanezcan aisladas entre sí. Sus larvas pueden permanecer entre dos y tres meses en el océano y desplazarse con las corrientes marinas, conectando lugares separados por cientos de kilómetros.
El estudio, titulado “High gene flow and lack of genetic structure in the commercially important crab Cancer porteri (Brachyura: Cancridae) along 1,500 km of the Chilean coast revealed by SNP markers” y publicado en PeerJ, buscó determinar si las jaibas limón de distintas zonas correspondían a poblaciones separadas o formaban una sola gran población genética.
La investigación fue liderada por Juan Soto, estudiante del Doctorado en Ciencias, mención Ecología y Biología Evolutiva, junto a Noemí Rojas-Hernández, Caren Vega-Retter y el Dr. David Véliz, del Departamento de Ciencias Ecológicas de la Facultad de Ciencias.
Además, también participaron Luis Miguel Pardo, María de los Ángeles Gallardo Salamanca y Carolina Parada Veliz, reuniendo a investigadores de las universidades de Chile, Austral de Chile, de Concepción y Católica del Norte. El estudio, a su vez, forma parte de la tesis doctoral de Soto y fue financiado por el proyecto Fondecyt Regular 1230556.
Una población conectada por sus larvas
Esta investigación, además, buscaba abordar un vacío relevante en el manejo pesquero: hasta entonces no se conocía la estructura genética de la jaiba limón ni cuántas poblaciones diferentes existían en Chile.
La identificación de estas poblaciones permite, posteriormente, caracterizarlas según su número de ejemplares, su distribución de tallas, sus periodos reproductivos y sus esfuerzos de captura.
Para abordar esta incógnita, el equipo obtuvo muestras con el apoyo de pescadores artesanales y directamente en caletas. Tras extraer una pequeña porción de músculo de cada ejemplar, se realizó la secuenciación masiva de ADN.
Específicamente, la investigación analizó 127 ejemplares recolectados en seis localidades entre Antofagasta y Tomé durante 2014–2015 y 2023–2024, y 3.532 variantes genéticas de alta confiabilidad, lo que permitió comparar la población en un intervalo aproximado de diez años.
Los resultados revelaron un alto flujo genético, sin divisiones detectables entre las localidades ni cambios en el patrón general durante ambos periodos. “Este tipo de organismos poseen adultos que viven en el fondo marino y que tienen poca movilidad. Sin embargo, la movilidad la realizan sus hijos”, explican los investigadores.
Es decir, las hembras incuban sus larvas en el abdomen y luego las liberan al océano, donde las corrientes actúan como vías de desplazamiento. “En esas condiciones, nuestros resultados indican que la descendencia de un adulto que se reprodujo en Antofagasta puede llegar hasta Tomé, quizás no dentro de una misma generación, pero sí en generaciones siguientes”, señalan.
La duración de la etapa larvaria, la alta fecundidad y la capacidad de desplazarse mar adentro contribuirían a explicar esta conectividad.
Hacia un manejo integrado del recurso
El hallazgo indica que las zonas de pesca estudiadas no funcionarían de manera independiente, ya que las larvas procedentes de un sector pueden contribuir a la llegada de nuevos ejemplares a otras zonas de la costa. “Por lo tanto, la protección del recurso se debe pensar como un sistema integrado donde todas las zonas de pesca deben coordinarse para una extracción sustentable”, sostiene el equipo.
La conectividad también tendría implicancias ante posibles alteraciones ambientales. “Con la información que tenemos ahora podemos indicar que, si esta zona que sufrió de un problema ambiental vuelve a la normalidad, esta especie debería llegar naturalmente sin necesidad de realizar repoblación asistida”, agregan.
No obstante, los investigadores advierten que la existencia de una sola población genética no implica que el recurso sea abundante ni resistente a la sobreexplotación. Para determinar su capacidad de recuperación también deben considerarse el tiempo que tarda en alcanzar la adultez y la cantidad de nuevos individuos que reemplazan a los ejemplares extraídos.
Sin embargo, la continuidad del estudio de la especie representa un desafío, ya que esta puede encontrarse a más de 300 metros de profundidad. Por ello, indican que “es importante obtener datos ecológicos para poder realizar un buen manejo pesquero. Por ejemplo, estimar la biomasa total del recurso, zonas de reclutamiento, zonas de reproducción. De esta forma podríamos tener un plan de manejo integrado de este tipo de recursos”.
“Los estudios de biología básica son esenciales no solo para asegurar la sostenibilidad de los recursos pesqueros, sino también para perpetuar toda la actividad económica y social que se sustenta a partir de ellos”, concluyen.