A simple vista pueden parecer unos lentes convencionales. Sin embargo, incorporan cámara, micrófonos, parlantes y un asistente de inteligencia artificial capaz de responder preguntas sobre el entorno, traducir conversaciones o textos y permitir la captura de fotografías y videos sin necesidad de sacar un teléfono.
Los modelos Ray-Ban Meta y Oakley Meta comenzaron a comercializarse oficialmente en nuestro país a fines de junio de 2026, sumándose a una tendencia de dispositivos tecnológicos que buscan integrarse cada vez más a objetos de uso cotidiano.
La novedad, sin embargo, no está únicamente en lo que estos aparatos pueden hacer. Para especialistas de la Universidad de Chile, también resulta relevante preguntarse qué ocurre con todas las demás personas que están presentes cuando alguien los utiliza.
“En realidad, no es que cambie en términos de privacidad, porque uno podría decir que en ambos casos hay un punto central que tiene que ver con el consentimiento”, explica Patricia Peña, profesora de la Facultad de Comunicación e Imagen (FCEI) de la Universidad de Chile, especialista en tecnologías digitales, datos personales y derechos digitales.
La diferencia con un teléfono, sostiene, está en la forma en que esa tecnología aparece ante los demás. Sacar un celular y apuntar su cámara suele hacer evidente que alguien podría estar tomando una fotografía o grabando. Con unos lentes, esa acción puede resultar bastante menos perceptible.
“La diferencia en el dispositivo es justamente que es un lente donde podría pasar muchísimo más desapercibido el hecho de que tiene la capacidad, efectivamente, de tomar fotografías o de grabar”, señala Peña.
Aunque estos dispositivos incorporan una luz que se enciende durante la captura de imágenes o videos, la académica advierte que esto no necesariamente significa que las demás personas sepan que están siendo registradas ni, menos aún, que hayan dado su consentimiento.
“Si la persona que usa estos lentes no avisa que está grabando, cualquiera de nosotros que está en ese espacio no puede y no tiene por qué notar esta pequeña luz tenue”, sostiene.
Para Peña, la discusión va más allá de las normas jurídicas y alcanza también a las prácticas cotidianas. “Necesitamos establecer también acuerdos sociales en relación a qué es lo que finalmente alguien puede registrar o grabar”, plantea.
Preguntas tan sencillas como “¿puedo grabar esta conversación?” o “¿puedo tomar una fotografía?”, agrega, podrían adquirir una importancia todavía mayor a medida que estos dispositivos se vuelvan más habituales.
Cuando no vemos que alguien está usando la tecnología
Para Claudia López, profesora asociada del Departamento de Ciencias de la Computación (DCC) de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) e integrante de la Iniciativa de Datos e Inteligencia Artificial (IDIA) de la Universidad de Chile, los lentes plantean un desafío especialmente interesante desde la interacción entre las personas y los computadores.
Habitualmente, explica, interactuamos con la tecnología mediante acciones que también son visibles para quienes nos rodean: sacamos un teléfono, tocamos su pantalla, escribimos en un computador o apretamos un botón.
“Muchas veces tenemos que hacer un gesto que físicamente es visible para nosotros y es visible para los demás. Yo creo que eso es un salto súper interesante en este caso, porque no cambia solamente la acción que tiene que hacer uno; sobre todo cambia la cantidad de información que le estamos dando al resto sobre nuestro uso de la tecnología en el contexto en el que estamos”, explica.
Con los lentes, esa interacción puede volverse mucho más discreta.
“No es como sacar el celular, donde yo veo que otra persona está usando el celular. En este caso, yo no estoy viendo cómo la persona está manipulando esa tecnología”, señala López.
El asunto es particularmente relevante porque quienes están alrededor, pese a no ser usuarios del dispositivo, también pueden terminar involucrados en su funcionamiento.
“Son terceros que, si bien no son usuarios de esa tecnología, sí terminan siendo afectados, porque la tecnología puede estar grabándolos y no hay muchas formas en que las personas afectadas puedan hacer algo”, plantea.
La profesora agrega que esta baja visibilidad no es necesariamente accidental. El diseño busca precisamente reducir los gestos y acciones necesarios para interactuar con los dispositivos.
“Es una decisión de diseño el que sea muy invisible para terceros que uno está haciendo algo con los lentes, y esa decisión habla mucho de los valores que están detrás de esa tecnología”, sostiene.
López hace, sin embargo, una precisión importante: los lentes no son invisibles; lo que puede pasar inadvertido es que estén realizando alguna acción.
“Los lentes no es que estén ocultos. Lo que está oculto es cómo activo que el lente haga algo. Eso me parece una distinción valiosa”, explica.
De una ubicación a imágenes, sonidos y conversaciones
Los teléfonos inteligentes ya generan grandes cantidades de información incluso cuando están guardados en un bolsillo. La ubicación, las búsquedas realizadas o el uso de distintas aplicaciones pueden dejar rastros digitales.
Para López, los lentes se insertan en esa tendencia de recopilación de datos cada vez menos perceptible, pero introducen una diferencia importante: la riqueza de la información que potencialmente pueden captar.
“Lo que yo creo que sí cambia es que esa invisibilidad viene acompañada de una riqueza del dato que están recolectando”, explica.
Ya no se trata solamente de registrar una posición geográfica, plantea, sino de imágenes, videos, sonidos y otros datos asociados a los distintos ambientes por los que una persona transita durante su vida cotidiana.
“Es un dato multimodal que está recolectando audio, video, voz. No es solo una foto”, señala.
Esto abre otra interrogante: una persona puede aceptar las condiciones de uso cuando compra y configura sus propios lentes, pero quienes comparten una casa, una conversación, un café o cualquier otro espacio con ella no necesariamente han participado de esa decisión.
“Hay lugares que son privados y yo podría usar los lentes en mi espacio privado, pero tengo una pareja y esa pareja, de alguna manera, también da datos de su casa y de su vida, y posiblemente va a ser registrada. ¿Cómo va a ser un consentimiento informado?”, plantea López.
La profesora pone el foco justamente en esas terceras personas y en sus expectativas de privacidad. Estar en un lugar abierto al público, advierte, no significa necesariamente esperar que una conversación o determinadas acciones sean registradas, procesadas y eventualmente enviadas a servidores externos.
“Cuando uno va a un café, si bien está en público, uno no está esperando que lo que conversa ahí o lo que hace ahí sea público más allá de lo que está pasando en ese café. Sobre todo, no espera que esas imágenes estén viajando a algunos servidores al otro lado”, explica.
Peña coincide en que este punto obliga a repensar algunas reglas de convivencia. “Necesitamos empezar a convivir en espacios seguros con tecnologías que cada vez parecen ser más invasivas”, plantea.
La académica advierte, además, que esta discusión adquiere especial relevancia frente a fenómenos de violencia digital, acoso y difusión de imágenes sin consentimiento, particularmente cuando afectan a niñas, adolescentes y mujeres.
“Ya hemos visto reportes de mujeres que están acusando que han sido grabadas o les han tomado fotografías sin su consentimiento, en espacios públicos incluso, o en otros espacios más cerrados”, señala Peña.
La especialista advierte que este tipo de registros también puede utilizarse para generar contenidos manipulados de connotación sexual, ampliando las posibilidades de acoso, hostigamiento y violencia digital.
Información al alcance de la mirada
Pero las posibilidades de estos dispositivos no se reducen a sus riesgos. Los lentes con IA también ofrecen nuevas formas de acceder a información directamente relacionada con aquello que una persona está viendo, sin tener que recurrir constantemente a una pantalla.
La profesora López identifica allí uno de sus potenciales más interesantes. “Lo positivo parece tener mucho que ver con el acceso a información muy situada: qué es lo que no sé en este lugar donde estoy y que podría saber, que me ayudaría a estar más enterada o a generar más conocimiento”, explica.
Una de las áreas donde estas capacidades podrían ser especialmente útiles es la accesibilidad. “Hay un área muy importante en los usos para personas con discapacidad, por ejemplo, con discapacidad visual, que podrían tener descripciones más ricas de lo que está en el entorno y escucharlas”, agrega López.
Peña también destaca este potencial. Un dispositivo capaz de interpretar aquello que se encuentra frente a una persona podría, por ejemplo, leer información o describir determinados elementos del entorno a una persona ciega.
“Entonces tiene esa función de accesibilidad. Pero, por supuesto, tiene toda esta otra capa: qué tan seguros son los resguardos en materia de privacidad y seguridad que está tomando la empresa”, señala.
Esta combinación de funciones permite entender por qué este tipo de tecnologías generan interés: pueden tomar fotografías y videos con las manos libres, reproducir audio, responder preguntas mediante inteligencia artificial y ofrecer funciones como traducción en tiempo real. Al mismo tiempo, su integración en un objeto de uso cotidiano hace que la discusión sobre su utilización vaya más allá de quien decide comprarlos.
¿Qué pasa con los datos?
A las preguntas sobre convivencia y diseño tecnológico se suma una dimensión jurídica.
Para Alberto Cerda, profesor asociado y director del Centro de Estudios en Derecho, Tecnología y Sociedad (CE3) de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, la discusión no puede limitarse únicamente a las capacidades específicas de los nuevos lentes.
“Más relevante que la tecnología en sí misma es la cautela con que debe mirarse la comercialización de este nuevo producto de Meta”, afirma.
Cerda plantea que el tratamiento que las grandes plataformas tecnológicas realizan de la información personal debe formar parte central del análisis. A su juicio, no basta con preguntarse qué puede captar un dispositivo, sino también qué ocurre posteriormente con esa información.
“El problema no es un producto y sus capacidades en particular, sino que el modelo de negocios de Meta consiste en usar y abusar del uso de la información personal que recopila a través de sus servicios”, sostiene.
El académico recuerda en este contexto antecedentes y controversias que han involucrado a la compañía en materia de tratamiento de datos personales y privacidad, entre ellas el caso Cambridge Analytica.
“Como con el etiquetado de Facebook, son los usuarios y no Meta quienes ingresan información personal en el sistema, pero una vez que esa información está allí, a través de cláusulas contractuales abusivas y una torcida interpretación de la ley, la empresa usa y abusa de la información personal”, plantea Cerda.
En nuestro país, además, el escenario normativo está a pocos meses de experimentar un cambio relevante. “La legislación actual, y que estará en vigor hasta fines de este año, es bastante permisiva al respecto y carece de un sistema para asegurar su eficacia”, afirma.
Esto cambiará el 1 de diciembre de 2026, cuando entre en vigencia la Ley N.º 21.719, que regula la protección y el tratamiento de los datos personales y crea la Agencia de Protección de Datos Personales.
“Una vez que la nueva ley de datos personales entre en vigencia, una ley que sigue muy de cerca los estándares más protectores de la Unión Europea, los servicios de Meta asociados a sus anteojos podrán ser sujetos de un escrutinio más robusto y la empresa se verá obligada a dar garantías de que no infringe la ley”, explica.
Una conversación que recién comienza
La discusión, entonces, no se limita a determinar si estos lentes serán una moda o si algún día alcanzarán una masividad comparable con la de los teléfonos inteligentes. También obliga a preguntarse cómo queremos relacionarnos con tecnologías capaces de acompañarnos durante buena parte del día y de interpretar cada vez más información sobre nuestro entorno.
La profesora López, de hecho, advierte que todavía es pronto para asumir que esta tecnología seguirá el mismo camino de adopción que los teléfonos inteligentes.
“Yo no tengo tan claro que la adopción de esta tecnología sea al nivel de masividad del celular. Si va a ser tan transformativa, yo creo que eso está por verse”, señala.
Para la profesora Peña, la respuesta a las tensiones que sí están apareciendo no puede recaer únicamente en quienes compran estos dispositivos ni exclusivamente en las empresas que los desarrollan.
“Todas estas tensiones, como sociedad, necesitamos debatirlas de una manera tremendamente integral, con la participación de múltiples disciplinas”, plantea.
La académica insiste en que se trata también de una discusión sobre gobernanza y convivencia: “Las empresas tienen un grado de responsabilidad, pero por otro lado también tiene que ver con una discusión social respecto a cómo manejamos esto y, finalmente, cómo construimos espacios seguros para todas y para todos, sobre todo en materia de privacidad, de consentimiento y de lo que significa hoy día el acoso, el hostigamiento o difundir imágenes o información sin consentimiento”.
Cuando una cámara, un micrófono y un sistema de inteligencia artificial pasan de estar en nuestras manos a acompañar nuestra mirada, la tecnología no cambia solamente para quien la usa. También cambia para todos quienes están alrededor.