El 5° Congreso Latinoamericano de Investigación y Educación Superior Interdisciplinaria (IEI 2026) convirtió a la Casa Central de la Universidad de Chile en la sede y punto de encuentro regional para debatir sobre la producción de conocimiento situado, la integración de saberes y la transformación social desde las instituciones públicas de educación superior.
En este escenario de intercambio académico, diversas delegaciones internacionales compartieron sus trayectorias e iniciativas de extensión universitaria. Entre las presentaciones destacó la de Selene Morales De León, académica y coordinadora de la Unidad Regional de Extensión del Centro Universitario Regional (CENUR) Litoral Norte de la casa de estudios uruguaya.
Durante la mesa temática “Extensión Universitaria y Territorio”, presentó su ponencia titulada “Entre tensiones institucionales y potencias colaborativas: el caso de la Unidad Regional de Extensión del CENUR Litoral Norte, como promotora de procesos integrales”. En ella se abordaron los desafíos de la gestión territorial y de la extensión integral.
A partir de esta y otras experiencias compartidas en el encuentro, se profundizaron debates sobre la perspectiva de género en las prácticas académicas, la descentralización educativa, la revalorización de los saberes comunitarios y el desarrollo de metodologías colaborativas para atender problemáticas complejas en la región.
Este encuentro en la Universidad de Chile abordó el diálogo acerca de los desafíos actuales de la extensión universitaria y el rol estratégico de la interdisciplina en el quehacer académico. En este contexto, en exclusiva para la sección Visitantes, la académica de la Udelar comparte sus principales reflexiones en la siguiente entrevista.
-¿En qué consiste el proyecto de extensión universitaria en el que se enmarca su experiencia?
La unidad tiene una función política y académica. Acompañamos a estudiantes y colectivos docentes en la formulación de propuestas, integrando aspectos epistemológicos y metodológicos desde el área de promoción de la extensión. El equipo se divide en cuatro áreas temáticas con trayectoria acumulada: salud colectiva, economía social y solidaria, extensión cultural y movimientos socioterritoriales.
Buscamos trabajar con otros colectivos docentes desde una impronta interdisciplinar. Por ejemplo, en salud colectiva y comunitaria desarrollamos espacios de formación integral en los que confluyen distintas disciplinas, adaptándonos a las trayectorias de estudiantes y docentes en procesos de corto y largo alcance. Es también una función de acompañamiento.
Actualmente acompañamos una propuesta de la dirección regional, liderada por Mauricio Cabrera, actual director del CENUR Litoral Norte. Dentro de su plan de trabajo situó una propuesta muy interesante en la que se plantea desarrollar un programa integral, pero fuera de la capital del país. Esto debido a la centralización de la formación universitaria, que se encuentra localizada principalmente en Montevideo. Ahora bien, hay dos programas integrales que son los más fuertes: el Programa Integral Metropolitano y APEX, que, además de ser interdisciplinares, tienen la particularidad de que no están dentro de una facultad, sino en un barrio. Y esa iniciativa fue impulsada por Mauricio Cabrera.
-¿Qué significa o implica gestionar la extensión universitaria desde una perspectiva de género?
La gestión que estamos llevando a cabo no nació con una perspectiva de género. Sin embargo, encontramos soportes teóricos y metodológicos, como las epistemologías feministas, que nos permitieron reformular nuestro trabajo. Desde hace cuatro años integramos esta perspectiva, principalmente para repensar nuestras prácticas y encontrar formas de producir conocimiento desde aquellos lugares.
Por ello, resulta fundamental no invisibilizar las labores ligadas al sostenimiento, al respeto por los tiempos y procesos grupales y a la integración de otras voces. A partir de estas perspectivas, empezamos a concebir la gestión como un campo de conocimiento en sí mismo.
Esto ha sido posible gracias a una gran dosis de perseverancia y, sobre todo, al trabajo en red. No nos referimos a una red para sostenernos dentro de las lógicas de la vida académica heterocispatriarcal, sino a una trama de compañeras con quienes logramos entablar un diálogo integral, más allá del ámbito estrictamente académico.
-En su análisis sobre la gestión de la extensión crítica, ¿qué resistencias o tensiones se producen desde la institucionalidad al intentar transversalizar la perspectiva de género en proyectos de extensión universitaria?
Discursivamente existe una aprobación superficial; sin embargo, en la práctica siguen operando lógicas profundamente naturalizadas. Un ejemplo claro se da en nuestras unidades de extensión, donde gran parte de los cargos directivos o jerárquicos ha estado ocupada por varones. Y cuando planteamos esta contradicción a nuestros pares, la respuesta suele ser una empatía un poco superficial, como “sí, te entiendo, pero es muy difícil”.
Mi compañera de extensión, Leticia Benelli, ha destacado reiteradamente el valor de la micropolítica como el motor de los procesos reflexivos que permiten desarticular estas prácticas naturalizadas. Porque comprender un problema de forma racional es un avance, sí, pero no constituye un cambio real; este solo ocurre mediante la acción.
En esa línea, dentro de la Udelar existen movimientos clave y mujeres que impulsan con fuerza la agenda de género. Aunque las políticas en la materia se están asentando con mayor firmeza, su consolidación exige un trabajo de enorme tenacidad frente a las dificultades del contexto académico e institucional.
-¿Qué significa en la práctica hacer docencia interdisciplinar o transdisciplinar? ¿En qué se diferencia de una formación disciplinar tradicional?
Significa, entre otras cosas, que la prioridad son los estudiantes y la gestión académica. La docencia interdisciplinaria busca que enfrenten problemas reales, donde muchas veces no existe una disciplina. Al superar la barrera del trabajo grupal, construyen colectivamente, ampliando sus horizontes y creatividad. Esto evita encasillarse profesionalmente.
Algo muy trascendental también es que los chicos logren integrar el sentido de lo colectivo. Al vincularse con vecinos experimentados que actúan como docentes, los estudiantes descubren un aprendizaje imposible de obtener solo en el aula. La interdisciplina con la comunidad enseña a manejar la incertidumbre y la frustración. La integración activa de vecinos y docentes locales aporta un valor único a la formación estudiantil. Como veterinaria en extensión rural, aprendí que es posible recrearnos.
-¿Por qué es importante que las universidades se desarrollen y trabajen en ámbitos como la extensión universitaria?
A mi parecer existen dos razones clave. La primera es formar universitarios con sentido crítico y equidad ante la sociedad. Para transformar las injusticias se necesita experiencia directa con las inequidades y con las familias que las enfrentan. Ese contacto real, propio de la extensión, aporta la potencia creativa necesaria para generar cambios.
La segunda razón es generar conocimiento situado en las problemáticas locales, como el agua o la tierra. Para entender estas realidades hay que salir del laboratorio e integrar los problemas sociales en la investigación. Frente a una individualización que nos fragiliza, pensar colectivamente desde el territorio fortalece a la sociedad.
-Para finalizar, ¿qué mensaje entregaría a las futuras generaciones?
Les diría que tomen el cogobierno universitario, que lo tomen con ganas, porque ahí uno aprende muchísimo y los grandes cambios en la universidad han sido iniciados por los colectivos estudiantiles. Trabajen en extensión, en su disciplina, en investigación, pero métanse. La militancia no es pérdida de tiempo, al contrario, y siempre esperanzarnos, seguir con la esperanza activa. No todo está saldado y la pelea se gana primero creyendo que hay otro mundo posible.