El tacto a través de la exploración háptica empleando la yema de los dedos es uno de los recursos mediante los cuales las personas con discapacidad visual exploran, conocen y reconocen el entorno que las rodea. La percepción háptica, entendida como la exploración activa del mundo a través del tacto, favorece la discriminación perceptual y enriquece la experiencia cognitiva.
Una reciente investigación realizada por el profesor Germán González, de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, junto con la profesora María del Pilar Correa y Mauricio Guerrero, de la Universidad Tecnológica Metropolitana, evaluó la experiencia háptica en niños, niñas y adolescentes con ceguera total o severa, relevando la importancia del diseño en los materiales táctiles que, en esa ocasión, eran de texturas geométricas termoformadas, generadas de forma digital en PVC.
“La exploración y experiencia háptica implican no solamente tocar las cosas, sino que recorrerlas. Ese recorrido implica cierto tipo de diferenciación, discriminación, con respecto a lo que están tratando de reconocer”, explica González. En ese sentido, Correa añade que, dentro de su trayectoria, ha abordado la imagen táctil desde la teoría como un conocimiento que puede estar al alcance de todas las personas y no solo de aquellas con alguna discapacidad. “A través de las imágenes mentales que genera el cerebro, activa todo el cuerpo y todos los sentidos”, dice.
La experimentación con muestras de texturas táctiles, elegidas a partir de la investigación “Caracterización de las Texturas Táctiles en Material Gráfico Inclusivo: Estudio de sus Propiedades y Aplicaciones en Mapas Cartográficos e Imágenes en Relieves”, previamente fue sometida a prueba por personas adultas con discapacidad visual, licenciadas en Educación Diferencial, con experiencia háptica y lectura en braille. Esto, con el fin de seleccionar las texturas más adecuadas para ser interpretadas por personas con menor entrenamiento.
De acuerdo con el académico del Departamento de Artes Visuales Germán González, ese proceso era importante para discernir qué figuras podían ser incluidas en una batería de evaluación que pudiera ser usada por cualquier persona que tuviera la necesidad de comunicarse a través de medios táctiles y hápticos.
“Todo esto originalmente tuvo una inspiración en el sentido de poder generar materiales realmente válidos y eficaces para lo que es la formación en lo que es la inclusión”, menciona González. En ese sentido, valora que se puedan desarrollar nuevas formas y maneras para aprender mediante ese sistema sensorial, incluyendo lo que podría ser una alfabetización táctil.
En esa línea, María del Pilar Correa explica que la línea investigativa en hapticidad y material táctil, especialmente de las imágenes en ese formato, tiene el objetivo de mejorar las características de esos instrumentos. “Las personas con ceguera, como no manejan el color, todo lo que se genera a través de la imagen es posible con la textura”, argumenta la académica. “Todo conocimiento a través del tacto no se da con el tacto pasivo, que es cuando colocas la mano sin moverla. Por lo general, es el movimiento de la mano el que efectivamente te permite conocer”, expresa.
“Expandir este conocimiento tiene que ver especialmente con la educación y la formación inclusiva”, precisa González. Además, considera de igual manera que podría resultar útil para las personas mayores, quienes podrían verse afectadas por una baja o pérdida de visión en la adultez mayor. Esto cobra especial relevancia en una sociedad cada vez más longeva.
Reacciones frente a la experiencia háptica
La evaluación en la que participaron los niños, niñas y adolescentes con ceguera total o severa contempló pruebas con muestras realizadas en PVC. Las formas de las texturas incluidas eran elipsoidal, circular, lineal, curva, en zigzag y cuadriculada. La forma más reconocida fue la circular, aunque hubo complicaciones con la elipse, la cual era descrita como una semilla o círculo alargado.
En cuanto a la altura de las texturas, las diferencias entre los relieves de 0,3, 0,5 y 0,7 milímetros no pudieron ser identificadas, mientras que la de 0,7 milímetros fue considerada molesta al tacto por el efecto de roce. La densidad era reconocida con la condición de que fuera contrastante.
Entre los materiales se incluyeron imágenes táctiles de textos escolares entregados por el Ministerio de Educación, dirigidos especialmente a niños y niñas con ceguera, y láminas de la casa de Los Tres Cerditos, quirquinchos y un mapa con ocho sectores rurales de una comuna del sur del país.
La prueba de Los Tres Cerditos evidenció que el conocimiento previo del cuento facilitó el reconocimiento de las viviendas, en contraste con el quirquincho, dado que esta imagen, sin referencia previa, generó dificultades para identificarlo. Respecto del mapa, las texturas lineales generaron algunas confusiones por sus diferentes direcciones y las texturas punteadas resultaron más eficaces al momento de distinguir las zonas.
“Resultó que algunas texturas, sobre todo las punteadas y con cierta densidad, resultaban mucho más atractivas para los niños y los jóvenes. Además, agregaron algo que para nosotros fue inesperado, que tuvo que ver con el sonido”, menciona Germán González. Explica que al generarse sonidos mediante la exploración háptica de las texturas, estos son detectados con más agudeza por las personas con ceguera, “las que además experimentaron, de forma inesperada para nosotros, un agrado por la textura que reconocían a través de ese sonido”, menciona el académico.
De esta manera, al identificar las partes que les resultaban más agradables al tacto, los participantes las rozaban con más fuerza, lo que generaba el sonido. La variable de expresión háptica del gusto y el agrado actuó, además, en una dimensión sensible y afectiva que contribuye al aprendizaje y la comunicación. Este aspecto de la reacción sensible fue denominado como estesis, que “implica aprender a través del tacto y la exploración háptica, pero al mismo tiempo recibir buenas sensaciones en términos de agrado o satisfacción”, según el académico.
Pero también se identificó el agotamiento de los niños, niñas y adolescentes ante una exposición prolongada durante las pruebas. “Eso que se aprende con la vista requiere menos tiempo que con el tacto, porque con el tacto debes ir armando de la parte al todo. Tienes que ubicar las partes, entonces requiere más esfuerzo”, explica María del Pilar. “Lo mismo con las texturas. Llega un momento que las huellas no empiezan a definirlas por la concentración que requiere. Pero tiene que ver con el uso continuo”, prosigue.
Una invitación para explorar la percepción háptica
En esa línea, una reacción similar ocurrió en otras oportunidades, como en una exposición de Los Tesoros de Egipto, en el Parque Arauco, realizada en 2011. La académica explica que en la exposición pudieron realizar adaptaciones para personas con discapacidad visual, instalando imágenes táctiles y objetos disponibles de la exposición.
No obstante, la profesora María del Pilar Correa plantea que es posible evaluar la percepción háptica para todas las personas, no solo para aquellas con discapacidad. De ese modo, cree que es una oportunidad para volver a conectar con el cuerpo en medio de las transformaciones digitales y la inserción de la inteligencia artificial.
“El tacto es algo que todos los seres humanos tenemos. La educación en el tacto de alguna manera te lleva a habitar el cuerpo. Un ejemplo es cómo el uso del celular hoy en día ha ampliado el uso de los sentidos distantes, perdiendo vínculos con el entorno y su propio cuerpo”, explica la investigadora. De acuerdo con sus reflexiones, esto significa una oportunidad para sobrellevar los diferentes estados de salud mental, que afectan a la población de forma transversal. Por eso, plantea que la exploración háptica sería útil para generar personas más integrales y autónomas al desarrollar más habilidades con sus otros sentidos.