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A través de memorias y trayectorias migratorias

Académica U. de Chile recoge la mirada de mujeres peruanas largamente asentadas en Chile sobre la migración reciente

Mujeres peruanas asentadas en Chile se refieren a la migración reciente
mujeres peruanas en chile
Las memorias y trayectorias migrantes de algunas mujeres peruanas sirvieron para conocer su perspectiva acerca de los rápidos cambios de la sociedad chilena, vinculados a las migraciones, al empleo y a la seguridad.
mujeres peruanas en chile
A principios de los 2000, se estimaba que el 43 % de las mujeres peruanas en Chile se dedicaban al trabajo doméstico, en un periodo marcado por la migración intrarregional desde la década de 1990.
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Varios han sido los desafíos enfrentados durante su experiencia migratoria, como dormir a la intemperie en el centro de Santiago en sus primeros días en Chile, vivir en residencias tugurizadas o hacinadas, o adquirir una vivienda propia.
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Muchas de sus historias están atravesadas por factores económicos, sociales o políticos, además de la esperanza de una mejor calidad de vida para sí mismas o sus familias, quienes quedan a la espera de los frutos de ese esfuerzo en los países de origen.
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“En sus relatos conviven lo que llamamos fronteras defensivas, cuando se diferencian y toman distancia de los recién llegados, y una reflexividad situacional, cuando logran poner en contexto la situación que viven estas personas y que critican, en diálogo con su propia posición”, explica la académica Carolina Ramírez.

Diversas son las experiencias de las personas que deciden migrar. Muchas de sus historias están atravesadas por factores económicos, sociales o políticos, además de la esperanza de una mejor calidad de vida para sí mismas o sus familias, quienes quedan a la espera de los frutos de ese esfuerzo en los países de origen. Una vez asentadas en los lugares de destino, esas personas se convierten en testigos de la llegada de nuevos migrantes.

A principios de los 2000, se estimaba que el 43 % de las mujeres peruanas en Chile se dedicaban al trabajo doméstico, en un periodo marcado por la migración intrarregional desde la década de 1990. Las memorias y trayectorias migrantes de algunas sirvieron para conocer su perspectiva acerca de los rápidos cambios de la sociedad chilena, vinculados a las migraciones, al empleo y a la seguridad.

En la investigación “Mujeres migrantes establecidas en Chile frente a la migración reciente: fronteras simbólicas defensivas y reflexivas”, la académica Carolina Ramírez, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile; Paz Concha, de la Universidad Central; y Bruno Rojas, del Instituto Milenio sobre Autoridad y Regulación Social, exploran, a partir de 16 entrevistas narrativas, las perspectivas sobre la migración reciente de quienes llegaron en ese periodo y que hoy tienen entre 55 y 65 años, asentadas en Recoleta, Santiago e Independencia.

En la mayoría de los casos, las mujeres migrantes provenientes de Perú se incorporaron al trabajo doméstico, un sector feminizado y racializado en la historia del país, caracterizado por las asimetrías de poder. Además, la narrativa sobre los procesos migratorios en Chile tiende a dividir a las personas entre un “buen” y “mal” migrante, una división acentuada por un discurso xenófobo, sobre todo en el último tiempo.

Las mujeres entrevistadas no son ajenas a esa narrativa, pero tampoco la reproducen sin más. Su mirada está marcada por sus memorias de exclusión y trayectorias compartidas. “En sus relatos conviven lo que llamamos fronteras defensivas, cuando se diferencian y toman distancia de los recién llegados, y una reflexividad situacional, cuando logran poner en contexto la situación que viven estas personas y que critican, en diálogo con su propia posición”, explica Carolina Ramírez.

Percepción de inseguridad en aumento

Han observado los rápidos cambios producidos por los conflictos sociales y políticos, desde su llegada hasta el periodo posterior al estallido social y a la pandemia, que aparecen en sus relatos como un punto de inflexión en su mirada sobre la migración reciente. Con entre 15 y 32 años en Chile, sus relatos contraponen un pasado de relativa tranquilidad a un presente marcado por la inseguridad, y se diferencian de quienes llegaron después apoyándose en su largo asentamiento.

“Hay un sentido de exclusión, por ejemplo, en la idea del desorden público y cosas que ven en sus barrios donde efectivamente las mujeres se perciben más vulnerables”, expresa Ramírez. Ellas asocian esa sensación de inseguridad a las incivilidades de jóvenes y hombres y a los conflictos sociopolíticos, lo que las ha llevado a restringir su uso de los espacios públicos, por ejemplo, evitando salir después de las 19:00 horas.

Las mujeres largamente asentadas no son ajenas al discurso público que asocia los actos ilícitos con la migración reciente, y diferenciarse como trabajadoras y responsables les permite proteger su dignidad y el lugar que han ganado en sus barrios e incluso en la sociedad chilena. Pero no se quedan allí: son capaces de entender el conflicto de una manera más amplia. “Ellas sitúan esto en relación con un problema incluso más estructural de cómo se están haciendo cargo de sus barrios quienes deberían hacerlo”, menciona la académica.

Relaciones y vínculos

El periodo en que llegaron estas mujeres estuvo marcado por una migración intrarregional y feminizada. Esto significó para muchas madres educar y cuidar desde otro país a sus hijos e hijas y familias “no solamente a partir del aprovisionamiento o remesas, que es mandar dinero, sino que también, por ejemplo, a partir del contacto cotidiano y una contención emocional”, comparte Ramírez.

Varios han sido los desafíos enfrentados durante su experiencia migratoria, como dormir a la intemperie en el centro de Santiago en sus primeros días en Chile, vivir en residencias tugurizadas o hacinadas, o adquirir una vivienda propia, experiencias complejas sobre las que también construyen sus identidades. “El tiempo de residencia aparece no solamente como una descripción de su pertenencia en el espacio, también puede operar como marcador de prestigio” para diferenciarse de quienes llegaron después, explica la académica.

En las entrevistas se reitera la percepción de que quienes llegan hoy y, en particular, quienes no tienen documentos, aceptarían sueldos más bajos, lo que ellas ven como una amenaza a la estabilidad económica relativa que han conseguido durante sus años en el país. Pero también reconocen que hoy las exigencias para regularizarse son más estrictas, como los tiempos de obtención de los documentos o el costo de estos, lo que deja a quienes llegan más expuestos a la explotación.

“Por eso hablamos de que son fronteras defensivas y reflexivas. Esa misma experiencia temporal les permite ver que han logrado tener un lugar de legitimidad y de cierta seguridad, como obtener un arriendo formal o un trabajo libre de explotación, y desde ahí se diferencian. Pero también les permite recordar lo que vivieron al llegar, cuando reflexionan sobre su posición y empatizan. Entonces está esa dualidad y posición ambivalente”, precisa Ramírez.

Reconocimiento e injusticia

Al mismo tiempo, y en tensión con lo anterior, las mujeres migrantes largamente asentadas en el país perciben que los nuevos habitantes tendrían un camino más sencillo que el que ellas recorrieron. Estas ideas, que también circulan en la opinión pública, se vinculan con una “sensación de injusticia”, según la académica. En ese sentido, al compararse con sus propias vivencias, no se sienten reconocidas por el Estado.

Eso, principalmente por la idea de que los nuevos migrantes recibirían mayores ayudas sociales, que las desplazan a ellas y a la población chilena, aun cuando tienen una trayectoria migratoria más larga y años de trabajo en el país. No obstante, Ramírez precisa que ellas también han podido optar a oportunidades como subsidios habitacionales y acceso a la salud. El estudio muestra además que las entrevistadas matizan estas ideas al reconocer en sus relatos que quienes llegan enfrentan hoy una precariedad habitacional y un hacinamiento similares a los que ellas vivieron.

Para la también integrante del Grupo de Trabajo Migraciones y Fronteras del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, “es importante seguir mirando a la población migrante cuando lleva muchos años y desmitificar que cuando una persona lleva mucho tiempo en Chile, está totalmente asimilada”.

En la actualidad, la investigadora es responsable del proyecto “Hacerse mayor como migrante en el lugar de destino” (Fondecyt Regular N.º 1251915) y es coinvestigadora de la iniciativa internacional “Cuidados transnacionales en las migraciones de crisis humanitarias prolongadas” de la Swiss National Science Foundation. De esa manera, continúa una línea de investigación sobre migración, envejecimiento y cuidados.

“En el proyecto Fondecyt Regular nos interesa mirar a las personas migrantes que establecen relaciones sociales, temporales y espaciales súper complejas. Tienen trayectorias de precariedad, pero también la capacidad para desarrollar estrategias para salir adelante”, comparte la profesora Carolina Ramírez.

Asimismo, destacó que su estudio acerca de la mirada de mujeres peruanas largamente asentadas en Chile no busca contar historias migrantes “exitosas” ni presentar a estas mujeres como meras reproductoras de prejuicios, sino desestabilizar el binario del “buen” y “mal” migrante. Para ello, invita a quienes investigan a “estar atentos a cómo las personas con las que hablamos en nuestros estudios reflexionan sobre su posición, a esos momentos de reflexividad, y no descartarlos como contradicciones o matices menores, sino reconocerlos como parte central de lo que tenemos que analizar”.