En una columna de opinión publicada en septiembre de 2025 en El País, la escritora Rosa Montero retomó una idea que había planteado años atrás: “en vez de vivir con los amantes y salir con los amigos, deberíamos vivir con los amigos y salir con los amantes”. Aunque la propia autora la presenta como una broma, la reflexión apunta al valor de las redes de amistad como espacios de apoyo y cuidado.
Esta mirada dialoga con dos investigaciones en las que participan especialistas de la Universidad de Chile. Mientras una examina los cuidados comunitarios y las amistades, la otra analiza las experiencias de hombres que cuidan a personas mayores. Ambas permiten ampliar la comprensión de los cuidados y de cómo se distribuyen estas responsabilidades en la sociedad.
En los gestos cotidianos, los afectos son parte de las labores de cuidado, entendido como lo que “hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro mundo de manera de poder vivir en él lo mejor posible”, una definición citada en la investigación “El apañe: politización de los cuidados comunitarios en contextos urbanos populares de Santiago de Chile”.
Los afectos que intervienen en estas relaciones no siempre son positivos. “Pueden ser positivos, pero también pueden ser afectos de displacer (…). Una persona puede estar obligada a cuidar a otra persona que le desagrada y no necesariamente dejará de ser cuidada”, explica María Sol Anigstein, profesora de la Facultad de Ciencias Sociales, quien participó en el estudio junto a Leonor Benítez-Aldunate y Soledad Burgos-De la Vega, profesora de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile.
La investigación, publicada en mayo de 2026 en la revista Íconos, recoge experiencias de la población Juan Antonio Ríos, en Santiago, y aborda cómo el “apañe”, la amistad y el apoyo mutuo entre mujeres organizadas contribuyen a sostener la vida comunitaria. El estudio también destaca el papel de estos vínculos en la organización colectiva y en la visibilización de los cuidados.
Recientemente, la historia de un grupo de mujeres de Valdivia que se organizaron para compartir los cuidados de sus hijos e hijas fue publicada en el diario El País Chile. Para ello, crearon una planilla de Excel en la que distribuyen los turnos y traslados de los niños y niñas. Este apoyo cotidiano también incluye acompañamiento emocional, basado en el cariño y la confianza entre ellas.
Para Anigstein, estas asociaciones de ayuda mutua no son nuevas en Chile. Desde 1840 surgieron agrupaciones de trabajadores y trabajadoras organizadas en mutuales y sociedades de socorro mutuo, destinadas a proteger a sus afiliados frente a accidentes, enfermedades o la muerte. Otras manifestaciones de estas redes, según la especialista, son las ollas comunes y el apoyo entre vecinas para el cuidado de niños y niñas.
“Creo que las formas de cuidado comunitarias son lo que muchas veces sostienen las tramas sociales y sostienen la vida, sobre todo en situaciones de precariedad. (…) Se hacen muy fuertes y visibles en las crisis, porque el Estado no da abasto y a veces está ausente”, menciona la profesora del Departamento de Antropología de la U. de Chile.
En esa línea, Carlos Andrade, profesor del Departamento de Trabajo Social de la Facultad de Ciencias Sociales, plantea que las redes generadas entre las amistades “terminan, muchas veces, respondiendo a necesidades de cuidado donde el Estado no logra llegar (...) en otros términos, con frecuencia los cuidados se siguen resolviendo en el espacio privado”. “Es una forma de poder resolver una situación que se vincula con cómo sostener los cuidados y la vida propiamente tal”, destaca.
Por su parte, María Sol Anigstein explica que el cuidado comunitario es “todo lo que sucede fuera del espacio doméstico y que tiene que ver con las organizaciones sociales o lo que sucede en los barrios, puertas afuera, pero siempre de manera porosa con el espacio doméstico”. Además, precisa que, tanto en el ámbito privado como en el social, el cuidado “está feminizado”.
Los cuidados a cargo de hombres
Las experiencias de cuidado pueden ser diversas. En el caso de los cuidadores varones, un artículo publicado en 2025 en la revista Intervención retomó, desde el trabajo social crítico, las experiencias recogidas en una investigación de 2024 sobre hombres que cuidan a personas mayores en situación de dependencia severa o moderada-severa. El trabajo se basa en entrevistas a seis hombres de entre 23 y 72 años, seleccionados en la comuna de Macul, quienes realizaban estas labores sin remuneración.
Siendo una labor generalmente asociada a las mujeres, el cuidado ejercido por hombres cuestiona la visión tradicional de la masculinidad, que reconoce al varón principalmente como proveedor. Sin embargo, esta tarea también comprende atenciones médicas, domésticas y emocionales dirigidas a quienes requieren apoyo.
Para Carlos Andrade, uno de los investigadores, es relevante reconocer que los cuidados son diversos. Además, destaca que un paso hacia la responsabilidad compartida es “dejar de poner el peso de los cuidados únicamente sobre las mujeres”. Ello, desde una perspectiva de reconocimiento y redistribución. En este sentido, menciona que, si bien el cuidado sigue recayendo principalmente en las mujeres, también hay una cantidad importante de hombres que realizan estas labores, aunque en ocasiones su trabajo es menos reconocido.
En cuanto a los efectos, los hombres también experimentan consecuencias físicas, psicológicas y laborales, asociadas al cansancio permanente, al escaso descanso y a la carga emocional que implica cuidar. Junto con Rodrigo Pérez, trabajador social egresado de la Universidad de Chile, y Elisa Valdivieso, de la Facultad de Medicina de la Universidad, Andrade analiza estas experiencias, en las que el cuidado desarrollado por varones también se vincula con el afecto, la reciprocidad y la interdependencia.
Las redes de apoyo
Las redes de apoyo pueden desarrollarse en los ámbitos personal, familiar, comunitario e institucional, e incluir espacios como los Centros de Salud Familiar (CESFAM). En ese sentido, Andrade indica que reconocer los cuidados desde un marco de derechos implica reconocer el derecho a cuidar, al autocuidado y a recibir cuidados. “Los programas de apoyo a personas cuidadoras apuntan en esa línea y hemos visto que los varones participan también de este tipo de programas”, menciona.
En estas redes también están presentes los vínculos de amistad, marcados profundamente por la confianza. En el caso de las organizaciones, María Sol Anigstein explica que el cuidado comunitario desarrollado por mujeres resalta el aspecto afectivo de los procesos políticos. “Esa movilización afectiva que se da en estos espacios comunitarios es la que muchas veces también permite politizar esos espacios”, dice.
En el caso de la amistad, Andrade plantea que es necesario avanzar hacia un cambio de paradigma en la comprensión de los cuidados, reconociendo la interdependencia como parte fundamental de nuestras vidas. “Las amistades nos permiten ampliar y diversificar nuestras redes de cuidado, más allá de los vínculos familiares. Esto también nos invita a reconocer pequeños pero muy significativos actos cotidianos de cuidado, como saludar, preguntar cómo está el otro, escuchar o agradecer. Son gestos simples, pero que constituyen, en sí mismos, actos de fuerte resistencia frente a una sociedad que hoy día todavía opera, muchas veces, de manera profundamente individualista”, señala.
Por su parte, Anigstein destaca que las redes de amistad pueden generar relaciones de cuidado más horizontales y recíprocas. Sin embargo, la investigación también advierte sobre las desigualdades y sobrecargas que persisten en el cuidado comunitario. “[Les] genera mucha satisfacción y permite un descanso y una forma de vida distinta a la que se suele vivir en los espacios domésticos, donde son las mujeres probablemente las únicas encargadas del sostenimiento de la vida cotidiana”, precisa.