La actividad había sido pensada originalmente para 50 personas, pero finalmente llegaron cerca de 130 asistentes a este magno evento. Pero, como diría el propio Sergio Jara Díaz días después, lo más impresionante no fue solo el número, sino la composición de esa audiencia: académicos de distintas áreas, profesores de Ingeniería Civil, Industrial, Matemáticas y Computación, colegas de toda una vida, estudiantes, exalumnos y personas que viajaron desde regiones especialmente para estar presentes.
No era una clase más. Tampoco una ceremonia tradicional. Era una despedida, sí, pero sobre todo el reconocimiento vivo de una comunidad a uno de sus maestros.
Frente a esa sala llena, Sergio Jara Díaz hizo lo que ha hecho durante décadas: enseñar. No eligió una despedida solemne ni una revisión puramente biográfica. Eligió una clase. Una clase con historia, con humor, con ecuaciones, con recuerdos familiares, con anécdotas, con referencias a sus estudiantes y con una convicción que atravesó toda la exposición: en la universidad, como en la vida, las preguntas importan tanto como las respuestas.
Durante su última cátedra, Sergio Jara Díaz recorrió los grandes temas que han marcado su vida académica: la economía del transporte, el valor del tiempo, el uso del tiempo y el diseño del transporte público. Pero no lo hizo como quien enumera logros, sino como quien vuelve a pasar por los lugares donde se fue formando una manera de pensar. En ese recorrido apareció una de sus ideas más reconocibles: las ecuaciones también tienen política. Porque detrás de cada modelo, de cada restricción y de cada variable, hay siempre una forma de mirar el mundo.
Esa mirada comenzó a tomar forma mucho antes de convertirse en referencia internacional. En su relato apareció también una historia familiar y académica inseparable: el viaje al MIT junto a su esposa, “Momi”. Ambos postularon con una condición clara: partirían juntos a la universidad que los aceptara a los dos. MIT los recibió, y desde ahí comenzó una etapa decisiva, marcada por estudios, investigación, hijos y una vida construida entre la exigencia académica y el apoyo mutuo.
Desde entonces, desarrolló una obra que cruzó ingeniería, economía, planificación urbana y comportamiento humano. Sus investigaciones ayudaron a comprender de otra manera cómo las personas usan y valoran su tiempo de transporte, trabajo y ocio, o cómo las empresas deben producir flujos entre distintos lugares en distintos períodos. Pero esa trayectoria, por sí sola, no explica lo que ocurrió en la sala. El prestigio académico explica los aplausos; el cariño que se vio esa tarde habla de algo más profundo.
Porque la última cátedra de Sergio Jara no fue solo el homenaje a un investigador. Fue el homenaje a un profesor. A alguien que formó generaciones, que concibió y corrigió tesis, que abrió caminos, que exigió rigor y que, al mismo tiempo, supo acompañar. Él mismo lo ha dicho de distintas maneras: un profesor aprende cuándo exigir y cuándo dar palmaditas en la espalda. Esa pedagogía, hecha de exigencia y afecto, no aparece en los índices de citas ni en los currículums, pero permanece en quienes pasaron por sus clases.
El cierre de la jornada terminó de confirmar esa huella. Desde distintas partes del mundo, colegas internacionales enviaron mensajes de reconocimiento, respeto y cariño. Algunos destacaron su influencia en la economía del transporte. Otros, su contribución al estudio del uso del tiempo. Otros fueron más lejos: señalaron que Sergio no solo deja publicaciones, modelos o libros, sino una forma de pensar. Una manera de formular preguntas. Una manera de mirar problemas complejos hasta encontrar su estructura esencial.
Esos saludos, preparados con tiempo y enviados desde lejos, dieron cuenta de una gratitud que iba más allá de lo académico. En cada mensaje aparecía una misma idea: Sergio Jara no solo marcó un campo de investigación; también marcó personas. Colegas, estudiantes, investigadores y amigos reconocieron en él a un maestro capaz de orientar, discutir, exigir y acompañar.
Su historia también está marcada por una defensa profunda de la educación pública y de la vida universitaria. En tiempos difíciles para la Universidad de Chile, luego del golpe militar, participó en espacios de encuentro y resistencia académica como la Asociación Universitaria y Cultural Andrés Bello. Esa dimensión permite entender mejor su trayectoria: no solo como la de un académico, sino como la de alguien que concibió la universidad como un espacio que debía ser defendido, pensado y reconstruido colectivamente.
También aparece allí otra faceta de su legado: la construcción de equipos. Una de sus preocupaciones fue formar un grupo académico donde la docencia y la investigación no fueran una obligación secundaria, sino una vocación central. Contratar personas cuya zona de confort estuviera en enseñar y entender. Desde esa mirada, su aporte no se limita a su obra individual, sino también a la comunidad académica que ayudó a formar, como el área de Transporte del Departamento de Ingeniería Civil.
Y, sin embargo, reducirlo solo al transporte sería injusto. Sergio Jara también es lector, músico, melómano y hombre de radio. Bajo el seudónimo Argos Jeria, anagrama de su nombre, ha conducido por décadas un programa musical conversado donde conviven Debussy y The Rolling Stones, boleros y rock, filosofía y política, literatura y comportamiento, los lugares y su gente. Esa faceta no es un adorno biográfico: ayuda a entender su manera de enseñar. Para él, una clase no consiste simplemente en transmitir respuestas, sino en abrir caminos para pensar.
El lunes 11 de mayo, Sergio Jara Díaz dictó su última cátedra. Pero lo que ocurrió ese día fue más que una clase final. Fue una escena de gratitud colectiva: estudiantes, colegas, exalumnos y amigos reunidos para reconocer una vida dedicada a enseñar, investigar y formar comunidad.
Nuestro encuentro con la última cátedra fue, ante todo, una forma sencilla y enorme de decirle: gracias por todo, maestro.