El panel temático “Inteligencia Artificial y Transición Tecnológica en la Sociedad” formó parte del encuentro organizado por la Escuela de Postgrado y Educación Continua de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM), orientado a visibilizar investigaciones de postgrado y favorecer el intercambio de conocimiento. La conversación fue moderada por Felipe Díaz Alvarado, profesor asociado del Departamento de Ingeniería Química, Biotecnología y Materiales (DIQBM), ingeniero civil en Biotecnología y Ph.D. en Ciencias de la Ingeniería, mención Química, de la Universidad de Chile. Participaron Claudia López Moncada, profesora asociada del Departamento de Ciencias de la Computación, Ph.D. en Ciencias de la Información y Tecnología por la Universidad de Pittsburgh, investigadora principal de CENIA y asociada del Instituto Milenio ASOR; y Francisco Martínez Concha, profesor titular de la División de Transporte del Departamento de Ingeniería Civil (DIC), ingeniero civil de la Universidad de Chile, Master of Arts y Ph.D. por la Universidad de Leeds, además de exdecano de la FCFM.
Una tecnología pensada con y para las personas
Claudia López abrió la discusión planteando que una inteligencia artificial centrada en las personas no consiste en incorporar la experiencia de usuario al final de un desarrollo ya resuelto. Implica decidir desde el comienzo para qué se construye una tecnología, quiénes participarán en esas decisiones y de qué manera serán evaluados sus efectos. Desde esta perspectiva, la tecnología no es neutral: emerge de elecciones sociales y, una vez instalada, también transforma a la sociedad. Por ello, sostuvo, las comunidades afectadas deben intervenir como agentes con voz y voto: “Es una invitación a pensar con y para las personas, incluso en para qué vamos a construir tecnología”, señaló la académica.
Francisco Martínez amplió esa mirada hacia el carácter sistémico de la transición. A su juicio, los debates sobre confiabilidad, privacidad o nuevas formas de evaluación universitaria son manifestaciones iniciales de una transformación mucho más profunda y acelerada. El académico diferenció entre anticipar aquello que probablemente ocurrirá y discutir normativamente aquello que la sociedad desea que ocurra. Esa distinción, explicó, permite abordar la IA no solo como una herramienta externa o una amenaza, sino como una creación que hereda capacidades, valores y limitaciones humanas. Al pensar en las generaciones que crecerán junto a sistemas cada vez más autónomos, advirtió: “tenemos un problema serio como humanidad” y, con ello, una responsabilidad que ya no puede observarse únicamente desde la distancia académica.
Formación y trabajo en un escenario cambiante
Al trasladar la conversación al ámbito universitario, Martínez puso el acento en la colaboración. La IA, sostuvo, obliga a revisar estructuras académicas e institucionales que todavía se organizan desde lógicas fragmentadas, aun cuando los problemas que enfrenta la sociedad requieren respuestas interdisciplinarias: “La capacidad de colaboración es uno de los problemas que tiene nuestra sociedad. No sabe colaborar, sabe competir, y cada vez compite mejor”, afirmó. Más que defender sin cambios las formas actuales de enseñar, investigar o tomar decisiones, propuso reconocer sus limitaciones y aprovechar la transición para construir capacidades colectivas que permitan orientar el desarrollo tecnológico hacia objetivos compartidos.
López coincidió en que la irrupción de la IA abre una oportunidad para repensar la enseñanza y el aprendizaje. La disponibilidad inmediata de información vuelve insuficiente una educación concentrada en transmitir contenidos y comprobar su memorización; al mismo tiempo, obliga a identificar qué dimensiones de la formación vale la pena preservar. La académica extendió esta reflexión al futuro del trabajo: aunque ciertas tareas puedan automatizarse, no todo lo que las personas encuentran en el trabajo puede reducirse a productividad: “En el trabajo yo encuentro parte de mi persona, de mi autonomía y de mi disfrute de la vida”, expresó, invitando a decidir conscientemente qué actividades delegar a la IA y cuáles sostener por su aporte a una vida digna y significativa.
Desigualdad, soberanía y responsabilidad pública
Las preguntas del público llevaron el diálogo hacia la alfabetización digital, las diferencias de acceso a modelos de vanguardia y la soberanía tecnológica. Los asistentes interrogaron a los panelistas sobre quiénes podrán beneficiarse de estas herramientas, cómo evitar que el capital cultural y la capacidad de pago amplíen brechas existentes, y qué rol corresponde a la Universidad y al Estado frente a plataformas desarrolladas por grandes empresas extranjeras. López llamó a evitar una mirada monolítica de la IA y a evaluar cada aplicación según su contexto, sus riesgos y sus consecuencias: “Los usos de la inteligencia artificial son situados”, enfatizó, subrayando que una herramienta de apoyo cotidiano no puede evaluarse con el mismo estándar que un sistema capaz de intervenir en decisiones médicas, educativas o laborales.
Martínez describió este proceso mediante la imagen de un flujo de agua que entra en turbulencia: las instituciones, la democracia y la economía deberán convivir durante un tiempo con tecnologías que avanzan a velocidades distintas respecto a sus mecanismos de decisión: “Todo proceso de transformación pasa por una turbulencia”, planteó. Para el profesor, la respuesta no consiste en inmovilizar el cambio ni en entregar ciegamente el control, sino en aprender a desenvolverse dentro de él y participar en su construcción. En esa misma línea, López relevó la agencia de usuarios, investigadores y comunidades para disputar las orientaciones del desarrollo tecnológico, promover alternativas que requieran menos recursos y evitar que la concentración de infraestructura se traduzca inevitablemente en concentración de poder.
Una conversación que recién comienza
Al cierre del panel, Francisco Martínez situó el principal desafío en la misión pública de la Universidad: no limitarse a formar profesionales capaces de utilizar nuevas herramientas, sino contribuir a formar ciudadanía y abrir espacios donde sea posible discutir qué sociedad se quiere construir con ellas: “Como profesores, podemos promover que se discuta críticamente; promover esa discusión me parece fundamental, porque de otra manera vamos a reconstruir, en una versión 2.0, los problemas de la humanidad”, concluyó. La reflexión dejó planteada una tarea compartida para la comunidad universitaria: acompañar la transición tecnológica con conocimiento, deliberación y responsabilidad, para que la inteligencia artificial amplíe las capacidades colectivas sin reproducir las desigualdades que todavía permanecen sin resolver.