Aunque Chile se encuentra geográficamente distante de Medio Oriente, los efectos económicos de los conflictos en esa región suelen sentirse con rapidez en el país. La razón es estructural: la economía global actual está profundamente interconectada y los mercados financieros reaccionan casi de inmediato ante cualquier señal de riesgo internacional.
“Hoy los mercados están completamente interrelacionados. Cualquier evento relevante que ocurra en una parte del mundo tiene efectos directos o indirectos en otras economías, incluida la chilena”, explica Jorge Berríos, director académico del Diplomado en Finanzas de Unegocios FEN de la Universidad de Chile.
Uno de los principales canales de transmisión es el precio del petróleo. Medio Oriente concentra cerca de un tercio de la producción mundial de crudo, y cualquier tensión en la región suele generar reacciones inmediatas en los mercados energéticos internacionales. Para Chile, esta variable resulta especialmente sensible: el país importa cerca del 95% del petróleo que consume, por lo que las fluctuaciones en su precio impactan rápidamente los costos energéticos.
Cuando el precio internacional del petróleo aumenta, sus efectos se extienden mucho más allá del valor de las bencinas. El costo energético influye en el transporte, en la producción industrial, en las cadenas logísticas y finalmente en los precios de una amplia gama de bienes y servicios. “Cuando sube el petróleo, aumentan los costos productivos y de transporte, y eso inevitablemente termina trasladándose al precio final de los productos”, señala Berríos.
En ese punto, Gustavo Amtmann, director académico del Programa de Especialización en Comercio Exterior de Unegocios FEN, coincide y agrega que el impacto de estos conflictos no se limita únicamente al costo de la energía.
“Aunque Chile esté lejos del conflicto, su economía está completamente conectada con los mercados internacionales. Cuando se producen tensiones geopolíticas importantes, los efectos se transmiten por distintas vías: el precio del petróleo, el tipo de cambio, los mercados financieros y también las cadenas logísticas globales”, explica.
La incertidumbre internacional, de hecho, suele provocar un aumento en la aversión al riesgo de los inversionistas. En esos escenarios, los capitales tienden a refugiarse en activos considerados más seguros, lo que fortalece al dólar a nivel global y presiona al alza el tipo de cambio en economías abiertas como la chilena.
Para las empresas, este escenario implica enfrentar entornos de mayor volatilidad en variables clave como los costos energéticos, el transporte internacional o el valor del dólar, factores que influyen directamente en la planificación financiera, la gestión de inventarios y las decisiones de inversión.
Pero, para Amtmann, el riesgo no se limita a los mercados financieros. Si el conflicto se intensificara o se prolongara en el tiempo, también podría afectar rutas estratégicas del comercio marítimo, como el Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del petróleo mundial.
“Hoy muchas empresas operan con cadenas de suministro muy ajustadas, bajo modelos logísticos ‘just in time’. Si se interrumpen rutas marítimas clave o aumentan significativamente los costos de transporte, eso puede generar impactos relevantes en el comercio internacional y en los costos de operación de las empresas”, advierte.
A esto se suma un posible efecto macroeconómico global. Si las tensiones geopolíticas contribuyen a una desaceleración de la economía mundial, la demanda por materias primas podría verse afectada.
“El cobre sigue siendo una de las principales fuentes de ingresos para Chile. Si la economía global se enfría, eso puede impactar su precio y, con ello, la inversión y la recaudación fiscal del país”, señala Amtmann.
Más allá de los efectos inmediatos, ambos expertos coinciden en que estos episodios dejan una lección recurrente para economías abiertas como la chilena: la necesidad de anticipar riesgos y fortalecer la resiliencia frente a shocks externos.
“Los conflictos internacionales siempre van a existir”, advierte Berríos. “Lo importante es entender qué variables pueden afectarnos y cómo gestionarlas para que esos impactos no se transformen en shocks demasiado bruscos para la economía”.
En un entorno global marcado por tensiones geopolíticas, cambios regulatorios y transformaciones tecnológicas, la capacidad de anticipar y gestionar la incertidumbre se convierte así en un activo estratégico tanto para las empresas como para los países.
La crisis en Medio Oriente vuelve a recordar una realidad persistente: en una economía globalizada, los acontecimientos que ocurren a miles de kilómetros pueden redefinir rápidamente el escenario local. Para países abiertos como Chile, comprender esas dinámicas y prepararse para sus efectos no es una opción, sino una condición esencial para navegar con éxito en un mundo cada vez más interdependiente.