El equipo integrado por los estudiantes de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) Diego Arias y Gabriel Carmona, ambos del Departamento de Ciencias de la Computación (DCC), junto a Martín Ruiz-Tagle (estudiante de primer año de Plan Común), obtuvo la medalla de oro en la final latinoamericana del ICPC, distinción reservada para los cuatro mejores puntajes del ICPC Latin American Championship . El equipo alcanzó el cuarto lugar entre cerca de 40 equipos y clasificó a la final mundial, que se disputará en noviembre en Dubái.
El triunfo se suma al obtenido en octubre pasado, cuando se coronaron campeones nacionales, consolidando así su posición entre los mejores equipos de programación competitiva universitaria de la región, en el contexto del certamen más relevante a nivel global.
La final latinoamericana se realizó este año por primera vez en Chile, con la Pontificia Universidad Católica y la Universidad Técnica Federico Santa María como sedes del torneo, desarrollado a comienzos de marzo.
Un hito histórico construido en equipo
Durante gran parte de la competencia, el equipo se mantuvo fuera de los primeros lugares. A falta de una hora, el panorama era incierto: llevaban cinco problemas resueltos, insuficientes para clasificar. Entonces vino el giro. En los últimos 20 minutos resolvieron dos problemas más, alcanzando siete de doce. Con el marcador congelado en la última hora, la incertidumbre era total. “Podíamos quedar segundos… o decimoterceros”, explica Diego Arias. La confirmación llegó recién en la premiación: medalla de oro para el equipo de la Universidad de Chile.
El resultado no es solo destacado: es inédito. Nunca antes un equipo chileno había obtenido una medalla de oro en la final latinoamericana de ICPC; hasta ahora, el mejor registro era un bronce. “Este es el récord chileno”, resume el equipo, consciente del peso histórico de su logro.
La relevancia es aún mayor si se considera el nivel de la competencia, donde participan algunas de las mejores universidades del mundo. “Afuera el nivel es tan alto que cuesta dimensionarlo”, reconoce Diego Arias. Aun así, en el contexto nacional, su desempeño ya marca un antes y un después: no solo por el resultado, sino porque abre una posibilidad concreta de que Chile compita al más alto nivel global en programación.
Detrás de este hito, hay un trabajo sostenido y profundamente colaborativo. La programación competitiva es un esfuerzo de equipo: tres integrantes, un computador y la tarea de resolver problemas complejos bajo presión. “La comunicación es clave: saber delegar, confiar y mantener la calma puede marcar la diferencia”, explica Martín Ruiz-Tagle.
La preparación ha sido igual de exigente. El equipo fortaleció su entrenamiento con un campamento intensivo realizado en Brasil a principios de año, donde participaron en dos semanas de competencias y clases diarias. A ello se sumaron entrenamientos semanales y simulaciones constantes en la antesala del torneo. “Es como cualquier deporte”, dice Diego. “Hay gente que juega fútbol, nosotros programamos”.
Una comunidad que crece
Más allá de los resultados, los estudiantes enfatizan el valor de la comunidad. La programación competitiva en Chile se ha desarrollado de manera colaborativa entre universidades, con instancias de entrenamiento conjunto y apoyo mutuo. “No es solo competir. También es formar comunidad, hacer amigos y aprender”, comenta Gabriel.
Esa dimensión también se refleja en su llamado a nuevos estudiantes: no es necesario ser experto para empezar. “Si te entretiene, ya estás listo. Todo el mundo parte sin saber”, agrega el estudiante e invita a las sesiones de práctica que cada semana se realizan en el DCC.
Pero el equipo también hace un llamado. Y es que este triunfo también deja en evidencia oportunidades de mejora a nivel institucional. Desde mayor visibilidad hasta mejores condiciones de infraestructura, los estudiantes plantean la necesidad de fortalecer esta disciplina dentro de la universidad. “Estamos logrando reconocimiento internacional, pero a veces cuesta algo tan básico como conseguir una sala o computadores adecuados”, comenta Dmitri Ramírez, coach del equipo. En ese sentido, proponen avanzar hacia un reconocimiento más formal, similar al de otras actividades deportivas universitarias, que permita consolidar y proyectar el desarrollo de nuevos equipos.
Lo que viene: la final mundial
Con la clasificación asegurada, el próximo desafío es la final mundial de ICPC en Dubái. Allí competirán contra los mejores equipos de cada región del mundo. Las expectativas son altas, pero también realistas. Aun así, el equipo tiene clara su filosofía: “Los que aspiran a ganar, ganan”, dice Gabriel.
Más allá del resultado que obtengan en noviembre, ya han logrado algo significativo: demostrar que desde Chile es posible llegar a la élite mundial de la programación competitiva. Y, quizás más importante aún, abrir el camino para que muchos más lo intenten.