Hija de la educación pública —“soy una hija de la educación pública orgullosa”—, Mónica González Mujica no solo se formó en el histórico Liceo 9 de Niñas ubicado en Ñuñoa, sino que encontró en la Universidad de Chile una manera de entender el periodismo como un oficio profundamente ligado a la verdad, la ética y el país.
Ingresó en 1967 a la Escuela de Periodismo, parte de una generación que, como ella misma dice, fue “tan privilegiada”, no por condiciones materiales, sino por conciencia: “teníamos conciencia de que nuestra acción, aunque fuera una gotita, ayudaba a algo”. Ese espíritu marcaría toda su trayectoria.
Recuerda que no quería ser periodista, sino médica. Pero la obligación de trabajar y estudiar la llevó a tomar una decisión que incidió en la historia del periodismo chileno. “La Universidad de Chile era la única universidad donde podía estudiar gratis”, dice. Eligió esta carrera porque era, en sus palabras, “lo más parecido a la UTI”: “El periodismo tenía que buscar verdades, ayudar a la gente a entender lo que ocurría, tenía que saber dónde estaban los malos que estafan, que matan, que se burlan, que abusan”. Y agrega que en la Chile “tuve los mejores profesores del mundo”, entre ellos menciona a Alejandro Cabrera, Ariel Dorfman, Antonio Skármeta, Hernán Ramírez Necochea y, especialmente, a Mario Planet. Como director de la Escuela de Periodismo, él descubrió su talento y le pidió que le ayudara a mantener su archivo personal. “Ahí aprendí a hacer un archivo y hoy le rindo homenaje manteniendo un archivo (propio) ininterrumpido”.
Ese principio, buscar verdades, se transformó en una práctica sostenida durante décadas: desde la denuncia de violaciones a los derechos humanos, su trabajo en las revistas Cauce y Análisis, la colaboración con el diario La Época, la subdirección del diario La Nación y la creación de la Revista Siete + 7, hasta la instalación y dirección de CIPER (2007-2019), espacio clave del periodismo de investigación en Chile. Su trayectoria, que también incluye la autoría de siete libros, fue reconocida con el Premio Nacional de Periodismo 2019. A pesar de todos estos reconocimientos, afirma que lo único imprescindible es trabajar en equipo.
Atar cabos
Mario Planet, su maestro en la Escuela de Periodismo, le enseñó una clave que repite hasta hoy: lo relevante “no es lo lineal, es atar cabos”. Esa idea —conectar hechos, construir líneas de tiempo, identificar conflictos de interés— se convertiría en la base de su trabajo investigativo.
Cuando se le pregunta por su mayor golpe noticioso, la respuesta es tajante: “No tengo golpes noticiosos. Nunca me educaron para el golpe” y lo contrasta con “la conexión con la ciudadanía, con la gente que vive la historia”. En tiempos de desinformación, su advertencia es clara: “Por dar un golpe, primero te infectas de ego y puedes cometer errores muy graves”.
El periodismo, para ella, no es espectáculo ni carrera individual. Es oficio, “es el mejor oficio del mundo, como decía García Márquez”. Para ella, su profesión “es un telar, una mezcla… me siento geógrafa cuando hago mapas de corrupción (...) tú tejes confianzas, tejes verdades, tejes líneas de tiempo, de personajes, de dinero… vas poniendo rostros, voces y vas entendiendo”.
Conciencia, colectivo y país
Sobre sus compañeras y compañeros en la universidad dice: “Tengo una generación tan bonita, nos juntamos hasta el día de hoy. Compartimos complicidades, temores y aprendizajes… Sabemos que tuvimos un privilegio, nos educaron los mejores”.
Durante la Unidad Popular, Mónica González trabajó como periodista del periódico El Siglo y de la revista Ahora. Luego, en su exilio en Francia, le tocó trabajar como obrera en una imprenta. “Todo el trabajo que hagas lo tienes que hacer con rigor y con alegría”, asegura. Durante su trabajo en Sarcelles encontró una continuidad del aprendizaje colectivo. Recordaba la época en que “hacía turno una vez a la semana en la imprenta de El Siglo, por si había que cambiar un titular de adentro o de portada (...) Ese era el día más feliz para mí, porque (los trabajadores) me regaloneaban, yo era la más joven y era la primera generación que venía de la universidad. Ellos me contaban su historia y había gente que venía de otras batallas. Entonces entendí que no hay ningún derecho, ni las 8 horas de trabajo, ni las vacaciones pagadas, ni la educación pública, ni la salud pública, que haya venido con una cigüeña. Ha sido un camino que está pavimentado con muertos”.
Verdad y memoria
Su periodismo está atravesado por una convicción radical: “la verdad se hace con todos”. Por eso ha entrevistado incluso a quienes torturaron y mataron durante la dictadura civil-militar. “Aquí no sobra nadie”, dice. “No se habla del daño que se le hace no solo a las víctimas, también los que matan y torturan quedan dañados para el resto de sus días”. Y este ejercicio ha contribuido a comprender “la importancia de hacerlo: para que no se repita”.
-¿Cuál es su recomendación para los estudiantes de Periodismo de la Universidad de Chile?
“La ética no es un ramo teórico, sino un ejercicio de la mañana a la noche. Hay que aprender a respetar un off y tratar, por lo tanto, si es una información muy importante, de sacarla por otro lugar, pero siempre validada. Hay que aprender a respetar los miedos y los peligros de las personas, pero sobre todo sus dolores. La gente necesita empatía para contar su historia y no exagerar. Nuestra historia no merece que exageremos (...) Lo único que hay que buscar es hacer visible lo invisible”.
En ese sentido, su formación aparece como una base irrenunciable: “El rigor del hecho cierto que se busca, que se investiga, que se encuentra y que se comparte. A mí nunca nadie me quitará esa impronta”.
La universidad como fuente crítica
Al proyectar el rol de la Universidad de Chile hoy, su exigencia es clara: “Que sea la universidad que se necesita en el país (...) la fuente crítica”. Porque, en su experiencia, esa es su misión: “La universidad siempre ha sido la fuente crítica de una democracia”.
Y en tiempos de crisis de verdad, de desinformación y de fragmentación social, su llamado es a volver a ese origen: formar ciudadanos críticos. “Necesitamos educarnos en la pluralidad, en el entendimiento, en la comprensión, pero sobre todo en la ética de la verdad, del rigor”.
Mónica González Mujica no se define por premios ni por hitos individuales. Su identidad está en otra parte: en una forma de ejercer el periodismo. Una que nació en la educación pública y se desplegó en redacciones, archivos, cárceles, imprentas y comunidades. Una que, hasta hoy, se sostiene en una certeza simple y exigente: “El periodismo tenía que buscar verdades”.