Nutrición temprana

Estudio U. de Chile asocia obesidad materna con aislamiento social en hijos: Omega 3 sería la clave para revertirlo

Estudio U. de Chile asocia obesidad materna con aislamiento social en hijos
El preocupante incremento de la obesidad durante el embarazo y la lactancia materna, según explica el doctor Valenzuela, se manifiesta en un cambio en la composición de ácidos grasos de la leche materna, con una significativa y drástica disminución del contenido de ácidos grasos poliinsaturados omega-3, específicamente el denominado docosahexaenoico o DHA.
La obesidad durante el embarazo y la lactancia altera la composición de la leche materna y reduce de forma drástica el DHA, un ácido graso omega-3, advirtió el doctor Rodrigo Valenzuela.
Doctor Rodrigo Valenzuela
“Ocurre una alteración en el neurodesarrollo, en zonas específicas del cerebro, que va a impactar en la conducta a largo plazo, por el déficit de estos ácidos grasos, específicamente el DHA”, explicó el doctor Rodrigo Valenzuela.
Doctor Rodrigo Valenzuela
La buena noticia es que estos efectos son reversibles. En los grupos suplementados con DHA, no se registraron alteraciones conductuales ni hepáticas, incluso bajo dietas altas en calorías.

La investigación da continuidad a una línea de trabajo desarrollada durante varios años por el equipo del académico, centrada en el preocupante incremento de la obesidad durante el embarazo y la lactancia materna. En ese contexto, han detectado que en estos casos cambia la composición de ácidos grasos de la leche materna, con una significativa y drástica disminución del contenido de ácidos grasos poliinsaturados omega-3, específicamente del denominado docosahexaenoico o DHA.

En ese contexto, y con el objetivo de conocer detalladamente las alteraciones que produce a nivel neurobiológico la disminución de este nutriente, el doctor Rodrigo Valenzuela, director del Departamento de Nutrición de la Facultad de Medicina de la U. de Chile, junto a un equipo de investigadores compuesto por la profesora Alejandra Espinoza, del Departamento de Tecnología Médica; el profesor Miguel Ángel Rincón, del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA); el doctor Alexies Dagnino-Subiabre, de la Universidad de Valparaíso; y el doctor Juan Montiel, de la Universidad Diego Portales, estudió en un modelo in vivo las consecuencias de una gestación materna y posterior alimentación de las crías con una dieta pobre en omega-3 DHA, pero alta en calorías y rica en ácido linoleico, ácido graso esencial de la serie omega-6 presente en aceites de girasol y soya, entre otros.

"Ese modelo de dieta pobre en ácido graso omega-3 buscó replicar lo que ocurre en la población que tiene problemas de sobrepeso u obesidad. La mantuvimos en las hembras durante el proceso de gestación y lactancia, y luego se entregó la misma dieta a sus crías, porque los hijos heredan los hábitos alimentarios de sus padres o cuidadores. Lo que observamos fue una disminución crónica en la disponibilidad de estos ácidos grasos omega-3 para el desarrollo cerebral y un exceso de ácidos grasos omega-6, lo cual se asocia a cambios en la conducta de la madre y de su descendencia".

¿Qué cambios? "La madre retrasa su acercamiento a las crías, al contrario de lo que sucede instintivamente, cuando rápidamente las abriga y está con ellas, y eso implica que la interacción madre-hijo empieza a alterarse. En las crías vimos que presentan menos tiempo de juego y una interacción social que también disminuye: es lo que hoy vemos como aislamiento social en niños y adolescentes. Se habla mucho de cómo los estilos de vida están generando esta situación, con causas como, por ejemplo, el uso excesivo de celulares, pero con base en nuestros resultados creemos que ocurre una alteración en el neurodesarrollo, en zonas específicas del cerebro, que va a impactar la conducta a largo plazo por el déficit de estos ácidos grasos, específicamente el DHA".

Para alcanzar estos resultados, realizaron estudios de imagenología por inmunohistoquímica y análisis de ácidos grasos en diferentes zonas del cerebro, donde también buscaron marcadores de inflamación, así como medición de genes vinculados al neurodesarrollo. "Lo que se observa es que cuando hay un déficit de DHA, que es el principal ácido graso omega-3 que va al cerebro, todos los parámetros están alterados, y ahí aparece un nuevo concepto, que es la neuroinflamación de origen nutricional. Esto quiere decir que hay zonas del cerebro, particularmente el hipotálamo, que al neuroinflamarse tiene repercusiones en la conducta. Esto ya está descrito en humanos; por ejemplo, hay más "mood disorders" o alteraciones en los estados de ánimo por déficit de ácido graso omega-3, lo que se ha asociado a neuroinflamación. Incluso a nivel mundial se está trabajando en un consenso que indica la suplementación con ácidos grasos omega-3 como DHA y EPA para tratar la neuroinflamación a nivel cerebral y ver qué es lo que ocurre con los estados de ánimo, para prevenir una depresión a largo plazo".

Estos resultados, sostiene, "se mantienen hasta la adolescencia, e incluso vemos que este aislamiento se va exacerbando con esta dieta no saludable. Otra cosa que hemos visto es que afecta más a los machos que a las hembras. Ese es un tema de dimorfismo sexual que también se está estudiando. Creemos que el metabolismo energético y el neurodesarrollo están muy vinculados a las hormonas, y es una de las cosas que queremos estudiar. Esto ya está descrito en humanos: por ejemplo, los hijos varones de madres obesas tienen más riesgo de alteraciones metabólicas que las hijas mujeres, con mayor acumulación de grasa corporal, más riesgo de esteatosis hepática o hígado graso y, por supuesto, mayor impacto adverso en el neurodesarrollo y la conducta".

Efectos reversibles

Comparativamente, agrega el doctor Valenzuela, los resultados de la investigación en grupos cuya dieta fue suplementada con DHA, aunque fuera alta en calorías, muestran que "no hay alteraciones en la conducta materna ni en la de la cría; su salud hepática también está conservada, pues no desarrollan hígado graso, y tampoco bajan los niveles de DHA a nivel cerebral, por lo que no hay neuroinflamación".

Por ello, señala como indispensable la suplementación con omega-3, particularmente si la gestante tiene sobrepeso u obesidad. "Cuando la embarazada tiene un peso normal, la dosis de DHA debe ser de 200 mg diarios, lo cual se alcanza fácilmente consumiendo jurel tres veces a la semana. Pero cuando tiene obesidad, se ha calculado que ese consumo debe llegar a los 800 mg diarios. Esto lo demostraron dos colegas, una de ellas en España, la doctora Elvira Larqué, quien evidenció que, cuando hay obesidad en el embarazo, a nivel de placenta se produce una alteración en el transporte de DHA de la madre al hijo: disminuye. Por lo tanto, hay que aportar más de ese ácido graso para que le llegue al feto. Además, sucede lo mismo en la leche materna, por eso la mujer tiene que consumir más, porque la mujer en condición de obesidad tiene su metabolismo alterado, un mayor estado proinflamatorio y también su propio organismo requiere más DHA, por lo que se debe considerar una suplementación especial. En Chile hay buenos suplementos nutricionales que lo aportan, pero ahí es clave la asesoría de un nutricionista especializado en embarazo y lactancia, así como del médico ginecólogo".

Al término de este proyecto Fondecyt Regular, el doctor Valenzuela, quien sigue esta línea de investigación junto a estudios en el mismo ámbito realizados por el doctor Manuel Maliqueo, del Departamento de Medicina Interna Occidente, y la doctora Paola Casanello, de la Universidad Católica, entre otros académicos, señala que apunta a seguir avanzando en el estudio de los cambios en la programación fetal y metabólica de los primeros años de vida producidos por el sobrepeso u obesidad de la madre durante el embarazo y la lactancia materna, así como en sus implicancias a nivel cerebral, conductual y posteriormente durante el envejecimiento, "para ver el efecto de intervenciones tempranas en el neurodesarrollo y a lo largo de la vida de las personas".