A comienzos de 2026, Gloria Ana Chevesich asumió la presidencia de la Corte Suprema, convirtiéndose en la primera mujer en liderar el máximo tribunal del país en sus 202 años de existencia. El nombramiento constituye un hito institucional para el Poder Judicial y también la culminación de una trayectoria marcada por la dedicación, la exigencia personal y una profunda convicción respecto del rol que cumple la justicia en la vida de las personas.
Detrás de esa historia hay también una formación que ella reconoce como decisiva: la recibida en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, donde ingresó en 1976. Allí adquirió no solo los conocimientos jurídicos que le permitieron desarrollar una destacada carrera profesional, sino también el ethos que la habita. Su familia y la universidad contribuyeron a que pensara que la única manera de actuar “era hacerlo bien, había que ser rigurosa, estudiosa, disciplinada, que es lo que yo creo que más me ha caracterizado”, reflexiona.
La afirmación resume una forma de entender el ejercicio profesional que ha acompañado a Chevesich desde siempre. Cuando salió del colegio y debió elegir una carrera, reconoce que aún no tenía una vocación completamente definida. Sin embargo, sí había algo que tenía claro. “Cualquiera que fuera el camino que siguiera, iba a poner todo mi empeño, todo mi corazón, toda mi pasión en hacerlo bien”, recuerda.
Esa convicción estaba asociada a una idea que sigue guiando su trabajo: la responsabilidad que implica ejercer una profesión cuyos actos terminan impactando la vida de otras personas. “Pensaba que, si no lo hacía bien, a la larga iba a afectar a alguien, a una persona, a un grupo de personas, a un colectivo, a una empresa, a una sociedad comercial que está conformada por personas”.
Fue esa mirada la que la llevó a inclinarse por el Derecho. Veía en la profesión un desafío intelectual importante, pero también una herramienta para contribuir al bienestar de otros, ya fuera desde el servicio público o acompañando a quienes necesitaran representación y defensa.
Una universidad que forma para servir
Cuando eligió la Universidad de Chile, el sistema universitario chileno era muy distinto al actual. No existían universidades privadas y las opciones eran limitadas. Aun así, para ella la decisión fue natural. “Opté por la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile porque la percibía como una institución con un gran prestigio y una tradición académica importante”. Además, había un rasgo que le resultaba especialmente atractivo: la formación de profesionales comprometidos con el país. La Universidad de Chile “había sido formadora de profesionales con marcado tinte de servicio público y esa fue la razón fundamental para elegir esta universidad”.
La Universidad de Chile le entregó una sólida formación jurídica, pero también le enseñó algo que considera igualmente importante: comprender que una profesión no puede reducirse a un medio de vida. “Uno cuando asume una profesión no es solo un medio de vida, sino que también tiene que servir a las personas”.
Ese sentido de responsabilidad se fue fortaleciendo durante sus años de estudio. “La universidad no solo me enseñó lo técnico jurídico para poder dominar bien las materias propias para ser un buen abogado, sino que también me exigió y me enseñó que tenía que ser disciplinada, tener rigor y siempre exigirme”.
La exigencia académica era alta y obligaba a desarrollar hábitos rigurosos de trabajo. “Creo que esos fueron los sellos de la Universidad. Una exigencia académica importante y que la única manera de poder cumplir con esa exigencia es con disciplina, estudio, porque de otra manera es imposible”.
Disciplina, maternidad y excelencia académica
Su historia universitaria está atravesada por desafíos que hoy parecen difíciles de compatibilizar. Mientras estudiaba Derecho comenzó a trabajar como procuradora en un estudio jurídico y, al mismo tiempo, formó una familia. Se casó en noviembre de 1979 y cursó todo su quinto año embarazada. Su hija nació apenas un día antes de rendir el último examen para egresar.
La combinación de trabajo, estudios y maternidad exigía una organización rigurosa. Sin embargo, lejos de afectar su rendimiento, terminó fortaleciendo una disciplina que sería decisiva para el resto de su vida profesional. “Los primeros años no me iban tan bien, pero después era tanta la disciplina que terminé siendo la segunda alumna en mi promoción”.
Su experiencia como procuradora también resultó fundamental. “Todo lo que uno iba aprendiendo de lo que te decían los profesores, lo ibas viendo en la tramitación, en la práctica”. En 1980 rindió su examen de grado con una hija de un año de edad y obtuvo la máxima calificación.
Entre los numerosos docentes que tuvo durante su paso por la Facultad, hay dos nombres que recuerda entrañablemente. El primero es José Quezada Meléndez, profesor de Derecho Procesal durante tres años. “Era muy buen profesor y muy humano, muy ameno, muy preocupado de sus alumnos”. Lo admiraba tanto por su dominio de la disciplina como por la manera en que compartía sus conocimientos.
El segundo fue Carlos Ruiz Bourjois, profesor de Derecho Minero en quinto año. “También era un hombre extraordinario, inteligente y humilde”. La influencia de Ruiz Bourjois fue tan profunda que una asignatura que inicialmente le parecía compleja terminó convirtiéndose en una de sus favoritas. “Me encantó por la forma como él lo enseñaba, a tal punto que la cédula (tema de libre elección en el examen de grado para la Licenciatura en Ciencias Jurídicas) la hice en Derecho Minero”.
Una carrera al servicio de la justicia
Tras titularse, comenzó a sentirse cada vez más atraída por el trabajo que observaba en los tribunales. “Me empezó a gustar porque se traducía en servir a las personas”.
Con determinación, decidió acercarse directamente al entonces presidente de la Corte de Apelaciones de Santiago, Adolfo Bañados Cuadra, para manifestar su interés por ingresar al Poder Judicial. Y esa conversación marcó el inicio de una carrera que avanzó progresivamente desde la relatoría hasta convertirse en ministra de la Corte de Apelaciones de Santiago, ministra de la Corte Suprema y, finalmente, presidenta del máximo tribunal del país.
Durante ese recorrido asumió causas de enorme relevancia pública, entre ellas el caso MOP-Gate, una de las investigaciones por corrupción más significativas de comienzos de los años 2000. Actualmente, los casos de corrupción también han aparecido en el mismo Poder Judicial y entre los abogados. En este sentido, su reflexión es clara: “Lo principal es reconocer la gravedad de los hechos, no minimizarlos. Y así lo dije cuando asumí y después en la cuenta pública, son hechos gravísimos que afectaron la credibilidad del Poder Judicial, la confianza que la sociedad tiene que tener en el servicio de justicia”. Añade: “Lo fundamental es reconocer y luego investigar acuciosamente todas las denuncias que dan cuenta de hechos que configuran una infracción a las normas que nos rigen, ya sean normas legales como también normas de carácter ético, y contribuir con la transparencia: primero cumplir con las obligaciones legales, como es la declaración de intereses y patrimonio, también las declaraciones de eventuales causales de implicancia y recusación, o sea, todo aquello que pueda generar a la larga un conflicto. A eso estamos abocados ahora, lo importante es que respecto de lo que pasó en la Corte Suprema, que fue tan grave y que a mí me avergüenza, se está investigando en sede penal, y hay que esperar que los tribunales de justicia, la Corte de Apelaciones y, eventualmente, la Corte Suprema, tomen la decisión definitiva en torno a esos casos”.
Señala que desde que se aprobó el Código de Ética Judicial, se están abocando a “capacitar en ello, promoverlo, transmitirlo, porque da normas orientadoras sobre nuestra conducta para prevenir conflictos futuros. Prontamente, también entrará a funcionar el Consejo de Ética que tiene que dar también directrices, orientaciones a los miembros de la Judicatura”.
El peso de la responsabilidad
Cuando se le pregunta qué sintió cuando asumió la presidencia del Poder Judicial responde: “creo que el peso de la responsabilidad histórica. Además, estoy asumiendo durante un periodo de grandes desafíos para recuperar la confianza de las personas en nosotros, recuperar la credibilidad en la justicia, estamos para servir a las personas. Creo que la mayoría de las personas que trabajan en el Poder Judicial son honestas, que sienten que están cumpliendo con su misión institucional y la asumen como tal. Eso hay que darlo a conocer, pero también hay mucho que trabajar”. Explica que existen problemas en el servicio, ya que “hay muchas causas que no están siendo abordadas con la oportunidad necesaria. Hay muchos motivos por los cuales eso no es posible, entre ellos, leyes que se han dictado y que han incorporado a los tribunales nuevas competencias, nuevas obligaciones, sin reforzar la dotación. Ahí también tenemos problemas serios. La restricción presupuestaria también nos afecta, pero creo que hay que hacer algo más”.
Respecto a ser la primera mujer Presidenta de la Corte Suprema cuenta que “ha sido una experiencia significativa para mí, y creo que para muchas mujeres, niñas y adolescentes. De eso me he dado cuenta, porque en la calle me paran, y siento que están felices que haya una mujer en la presidencia. Trato de transmitir que, con estudio, con perseverancia, con dedicación, es posible derribar ciertas barreras que existen. Hay muchas mujeres que lo han percibido, vivido, yo particularmente no. Pero creo que a las mujeres, cuando llegamos a ciertos espacios de poder, no nos miden con la misma vara, estamos más expuestas a la crítica”.
-¿Cómo le gustaría dejar su cargo, cuál será su legado?
Hablar del legado es muy pretencioso. Solo quiero que se recuerde que puse todo mi empeño, todas mis habilidades, mis destrezas, para recuperar la credibilidad , la confianza ciudadana; y que en todos los tribunales, en las unidades judiciales, en las cortes, haya espacios de trabajo libres de todo tipo de acoso, libres de maltrato, donde todas las personas puedan desempeñarse tranquilas.