El impacto de las aulas y laboratorios de la Universidad de Chile se mide en la capacidad de sus egresados para transformar realidades, no solamente en Chile, sino también en el mundo. Un ejemplo de esta impronta es la panameña Gilda Montenegro, licenciada en Nutrición y Dietética y también egresada del Magíster en Nutrición y Alimentos (mención Alimentos Saludables) impartido por el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), quien hoy se desempeña como directora nacional de Nutrición y Salud Escolar del Ministerio de Educación de Panamá.
Todo empezó en 2019, cuando en su trabajo en el Ministerio de Educación de Panamá, “sentía la necesidad de seguir avanzando y obtener otros conocimientos. En Panamá no existía una maestría de nutrición, ya existe hoy día, abrió este año casualmente. Entonces tenía que mirar para afuera, acá en Panamá hicieron una feria de maestrías y me encontré con que la Cancillería tenía diferentes opciones para personal del Estado. Empecé a buscar y encontré programas en la Universidad de Buenos Aires (UBA), que me llamaron mucho la atención y sabía que en su momento era una de las mejores universidades de Latinoamérica. También vi el programa del INTA de la Universidad de Chile y evalué que era mejor que el de la UBA. Y, al final, lo pude comprobar. Por todas las estadísticas, la U. de Chile, para mí, sigue siendo la mejor opción que pude tomar”.
A pesar de que el inicio de la pandemia en 2020 la obligó a completar sus estudios a distancia tras haber cursado la fase presencial en el INTA durante 2019, su percepción del sello institucional quedó instalada. Para ella, el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos se distingue por un entorno de alta competitividad y exigencia orientada al beneficio social. Describe este sello distintivo en una palabra: excelencia, destacando que la formación recibida está diseñada para responder de forma concreta a las falencias y necesidades de salud pública.
Esta identidad también facilitó su camino al liderazgo institucional en Panamá. En julio de 2024, tras años de servicio en el ministerio, fue convocada para asumir la Dirección Nacional de Nutrición por la propia ministra de Educación, quien también es egresada de postgrado de la Universidad de Chile y reconoció de inmediato el nivel de preparación y el rigor de la formación impartida por la Casa de Bello.
Soluciones aplicadas a la realidad de Panamá
Los aprendizajes adquiridos en Chile fueron clave para abordar la realidad del sistema educativo panameño, que abarca a más de 900.000 estudiantes y se enfrenta a un 33% de exceso de peso infantil (22% de sobrepeso y 11% de obesidad).
Inspirada en cómo Chile ha enfrentado sus desafíos de salud mediante políticas públicas y regulaciones de consumo, Montenegro ha liderado medidas estructuradas adaptadas a su contexto. “Una de las primeras actividades que hicimos fue firmar un pacto, un plan acelerado para detener la obesidad en conjunto con el Ministerio de Salud. Sobre la base de eso hemos estado haciendo todas nuestras líneas de acción. El sueño del lado de los nutricionistas del Ministerio de Educación es el cambio de hábitos alimentarios en los niños”, explica.
Este deseo se concreta en una merienda y un almuerzo escolar bajos en sal y azúcares, con menos saborizantes y con productos nutricionalmente mejorados, siguiendo también los lineamientos de la Organización Panamericana de la Salud. Gilda relata que, a las distintas zonas del país, se envían “alimentos de todos los grupos: frutas, vegetales, carnes, huevos, pescado, granos, cereales, condimentos naturales. Y cuando llegan a las escuelas, se prepara el almuerzo con pertinencia cultural y geográfica. Por ejemplo, en las comunidades indígenas hay un menú específico en donde les llegan los alimentos pertinentes en lo cultural, como hojas comestibles. Tenemos cuatro menús que están divididos por regiones del país. Uno exclusivamente para las dos etnias que viven en una comarca específica. Hay otro menú que también agrupa a dos etnias más que comen muy similar. El último menú es para provincias centrales, al interior del país. Allá se come distinto a las zonas urbanas”. Añade que el 90% de los suministros se le compra a los productores nacionales. “Procuramos también impactar secundariamente a la producción nacional”, asegura. Y, siendo franca, dice que el cambio de hábitos no ha sido fácil. Acostumbrarse a comer vegetales y a consumir sal, grasas y azúcares en cantidades controladas es un desafío mayor.
Visión de cambio
Para Gilda, el objetivo central de su gestión no es solo la entrega de alimentos, sino la transformación integral de la cultura alimentaria. Ante la complejidad del panorama nutricional —que abarca desde la antropología nutricional en comarcas indígenas hasta la progresiva adaptación de los niños a consumir más vegetales—, su mayor aspiración al dejar el cargo es consolidar un cambio real de hábitos alimentarios en la población estudiantil panameña. Añade: “Todo empezó con la Universidad de Chile, porque allí aprendí cómo Chile ha resuelto algunos problemas de consumo, la ley de etiquetado y demás. No es para copiar a ningún país, sino adaptar experiencias que puedan funcionar en el nuestro, porque cada uno tiene sus normativas, posición geográfica, climas, etc.”.