El año 1906 estuvo marcado por una actividad sísmica excepcional a nivel mundial. Eventos con magnitud cercana o superior a 8,0 en lugares como Ecuador, Alaska, Chile, Nueva Guinea, China, California e Indonesia significaron un hito importante en la historia de la sismología y marcaron el inicio de una nueva etapa en la investigación científica sobre terremotos y el desarrollo de instrumentación que pudiera registrarlos con mayor precisión. Solo pocos años antes, en 1889, los científicos habían confirmado que los terremotos generaban ondas sísmicas que se propagaban por el interior de la Tierra.

La investigadora del Programa Riesgo Sísmico de la Universidad de Chile, Gabriela Herrera, comenta que el geógrafo alemán Hans Steffen, miembro de la comisión científica nombrada tras la catástrofe en Chile, documentó que estos eventos ocurrieron en momentos en que la sismología todavía se encontraba en una fase inicial, con las primeras versiones de instrumentos diseñados y construidos para registrar estas ondas sísmicas. Los primeros registros, en muchos casos, llevaron a sobreestimar las magnitudes. Debido a esto, las cifras originales han sido objeto de continua revisión y análisis por parte de la comunidad científica, y varias de estas han sido corregidas en estudios avanzados que utilizan nuevas técnicas de modelamiento.

Algunos de estos terremotos son:

Estos terremotos no solo quedaron en la historia por sus magnitudes, sino también por las grandes pérdidas humanas y materiales que dejaron. En Chile, el terremoto de Valparaíso del 16 de agosto tuvo consecuencias devastadoras y duraderas: fallecieron entre 2.000 y 3.800 personas y cerca de 20 mil resultaron heridas. El sismo se sintió desde Tacna, en Perú, hasta Puerto Montt, en el sur de Chile. El incendio que se desató en Valparaíso inmediatamente después del sismo duró cuatro días y causó la mayor parte de los daños de infraestructura y vivienda. Se sumó luego una crisis epidemiológica y sanitaria ocasionada por el impacto del terremoto.

“Algunos barrios, construidos sobre rellenos y suelos arenosos, fueron los más afectados. Este tipo de suelo ya anticipaba lo que hoy sabemos sobre el fenómeno de amplificación sísmica, es decir, el efecto de sitio (que provoca que el movimiento pueda sentirse mucho más ‘fuerte’ al llegar a la superficie)”, explican los expertos en geotecnia y la sismóloga Gabriela Herrera.

En el caso de Estados Unidos, y según datos del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, por su sigla en inglés), se estimaron más de tres mil muertes causadas directa o indirectamente por el terremoto de San Francisco, junto con 225 mil personas damnificadas, 28 mil edificios destruidos y una pérdida monetaria de más de 400 millones de dólares.

Meses antes había ocurrido otro evento mayor en las costas de Ecuador y Colombia. A las 10:36 (hora local), un megaterremoto de magnitud 8,8 impactó esta región, seguido por un tsunami con olas de entre 2 y 5 metros de altura que devastaron toda la costa comprendida entre Bajo Baudó, al norte, y Esmeraldas, al sur, llevando consigo personas, animales, viviendas y enseres. Además, como consigna el Servicio Geológico Colombiano, se presentaron efectos como agrietamientos, levantamientos, hundimientos del suelo, deslizamientos y licuación. Aunque no hay datos exactos, algunos reportes estiman que murieron alrededor de 600 personas.

Al otro lado del mundo, la tierra también se movió con fuerza. El mismo año, a 95 km al oeste de Shihezi, Xinjiang, en China, un sismo de aproximadamente 20 km de profundidad golpeó la ciudad y dejó entre 200 y 1.000 víctimas mortales, además de personas lesionadas y daños a edificios en áreas cercanas al epicentro. Asimismo, en la región de Papúa Nueva Guinea, se experimentó una secuencia sísmica de gran intensidad durante 1906: se registró un evento mayor de magnitud 8 y al menos siete terremotos de magnitud superior a 7,0 en un lapso de pocos meses. Toda esta liberación de energía provocó devastadores maremotos que azotaron la costa, profundas grietas en el terreno, masivos deslizamientos de tierra y desprendimientos de rocas en las laderas empinadas, afectando gravemente a los asentamientos locales.

Coincidencia o conexión

Naturalmente, la cadena de terremotos llamó la atención en todo el mundo. Y algunas coincidencias fueron asombrosas. Cuenta Gabriela Herrera que, como se detalla en el estudio A re-evaluation of the great Aleutian and Chilean earthquakes of 1906 August 17, de Emile A. Okal, el 16 de agosto dos grandes terremotos sacudieron el Pacífico con apenas 28 minutos de diferencia: el primero en las islas Aleutianas, Alaska, y el segundo en Valparaíso, Chile. “Esta cercanía temporal fue problemática incluso para los científicos de la época, ya que las ondas sísmicas del primer evento todavía viajaban por los sismógrafos del mundo cuando llegaron las del segundo, generando confusión sobre el origen de los tsunamis registrados en todo el Pacífico”, indica.

“El sismo de Alaska, con mayor energía que el chileno, no generó un tsunami significativo en campo lejano, una observación que con los años enseñó a la comunidad científica que la profundidad y ubicación de la fuente sísmica o la zona de ruptura sísmica son tan determinantes para la peligrosidad de un tsunami como la magnitud misma”, continúa.

Esta cercanía temporal llevó a algunos investigadores de la época a proponer que se trataba de una coincidencia aleatoria, hipótesis que en la actualidad sigue siendo tema de controversia e intenso debate científico.

Aprendizajes que dejan avances

Como respuesta a la tragedia, hubo un “gesto de Estado” y el país creó en 1908 el Servicio Sismológico de Chile —hoy Centro Sismológico Nacional—, con la finalidad de desarrollar el estudio de los fenómenos sísmicos. Esta iniciativa fue propuesta en noviembre de 1906 al Consejo de Instrucción Pública por el entonces Rector de la Universidad de Chile, Valentín Letelier, y comenzó con la instalación de un observatorio central en el cerro Santa Lucía de Santiago, cuatro estaciones de segundo orden en Tacna, Copiapó, Osorno y Punta Arenas, y 29 estaciones de tercer orden. Para llevar a cabo esta tarea, se contrató al experto francés Fernand Montessus de Ballore como su primer director.

A esto se sumó la labor del doctor José Grossi, destacado higienista chileno, quien fue fundamental para contrarrestar los efectos de las plagas y epidemias del terremoto. De esta proeza nació el registro histórico Servicio médico de un terremoto, libro que contiene las memorias del Servicio Médico de Valparaíso, publicado en 1907.

Por otro lado, a raíz del terremoto de San Francisco se puso en marcha la primera investigación científica integrada sobre terremotos en Estados Unidos. El llamado Informe Lawson fue una recopilación exhaustiva elaborada por más de veinte científicos, quienes documentaron los daños causados por el terremoto, el movimiento en la falla de San Andrés, los registros sismográficos del sismo en todo el mundo y la geología subyacente en el norte de California. A partir de estas observaciones se sentaron las bases de la “teoría del rebote elástico”, presentada por H. F. Reid, de la Universidad Johns Hopkins. Este informe sepultó definitivamente la explicación aristotélica sobre el origen de los terremotos, según la cual las vibraciones se asociaban a vapores a alta presión que surgían desde las entrañas de la Tierra a través de fisuras en la corteza terrestre.

Ciertamente, 1906 fue un año que revolucionó la sismología moderna. A 120 años de estos sucesos, cabe preguntarse cuán preparadas están las naciones para enfrentar nuevos desastres de esta naturaleza y cuáles serán los desafíos que vendrán en un mundo donde la tierra nunca deja de moverse.