Este jueves 10 de septiembre, la Universidad de Chile entregó el título póstumo y simbólico de Médico Cirujano a Héctor Ricardo Pincheira Núñez, estudiante de la carrera de Medicina entre 1963 y 1969 y detenido desaparecido desde el 13 de septiembre de 1973. Livia Sepúlveda, quien fuera su compañera y madre de su hijo al momento de su detención, recibió el reconocimiento otorgado por el plantel.
"Sabemos que ningún reconocimiento puede reparar una ausencia ni devolver el tiempo perdido. Pero esperamos que este acto contribuya a reafirmar una pertenencia que nunca debió ser interrumpida", señaló la Rectora de la U. de Chile, Alejandra Mizala, al entregar el grado póstumo.
Héctor Ricardo Pincheira Núñez, o Máximo según era conocido por su entorno político, ingresó a la carrera de Medicina de la Universidad de Chile en 1963. Ese mismo año aprobó su examen de bachillerato en Biología. De acuerdo con los antecedentes entregados por la Facultad de Medicina, cursó sus estudios hasta 1969, quedando pendientes los internados de Psiquiatría, Higiene y Ginecología para completar su formación y optar a la titulación. Durante esos años, y en paralelo, Pincheira desarrolló una activa participación política estudiantil vinculada al Partido Socialista.
Hasta la fecha, Pincheira se desempeñaba como asesor directo del Presidente Salvador Allende, con quien mantenía un estrecho vínculo. Tras el bombardeo de La Moneda el 11 de septiembre de 1973, Pincheira fue detenido junto a otros sobrevivientes que se encontraban en el palacio de gobierno y posterior a ello, fue trasladado al Regimiento Tacna, donde sufrió graves torturas. Desde el 13 de septiembre de 1973 permanece en calidad de detenido desaparecido.
Dos meses después del golpe de Estado y tras acogerse al asilo en la Embajada de Colombia en Chile, en noviembre de ese mismo año nació el hijo de Livia y de Héctor “Máximo” Pincheira, también llamado Máximo, en una sala de parto rodeada de militares “con fusiles en mano”, recuerda Livia.
Más de cinco décadas después, su vínculo con la Universidad de Chile comenzó a reconstruirse. En septiembre de 2025, la presidenta del Colegio Médico de Chile, Anamaría Arriagada, solicitó a la entonces Rectora Rosa Devés considerar el otorgamiento de un título póstumo y simbólico para Pincheira Núñez. Como un hito por la memoria, este 8 de septiembre, el gremio otorgó la colegiatura póstuma al estudiante.
La solicitud dio inicio a una búsqueda de antecedentes que involucró a distintas unidades de la Universidad. Los documentos encontrados en el Archivo Central Andrés Bello y los antecedentes entregados posteriormente por la Facultad de Medicina permitieron confirmar su trayectoria como estudiante de la carrera de Medicina entre 1963 y 1969.
En diciembre de 2025, el Comité de Distinciones Póstumas y Simbólicas recomendó unánimemente reconocerlo como estudiante de la Universidad de Chile. El proceso culminó en mayo de 2026, con la resolución que otorgó a Héctor Ricardo Pincheira Núñez el título póstumo y simbólico de Médico Cirujano.
Este jueves, 53 años después de su desaparición, su nombre volvió a ser pronunciado en la Universidad de Chile. En el Salón de Honor de la Casa Central, la directora de Pregrado de la Facultad de Medicina, Marcela Díaz y la Rectora de la institución, profesora Alejandra Mizala, entregaron la distinción a Livia Sepúlveda, en un acto que volvió a vincular su historia con la comunidad universitaria a la que perteneció.
La desaparición de Héctor no comenzó, sin embargo, el 13 de septiembre. Para Livia Sepúlveda, los días previos al golpe de Estado estuvieron marcados por la tensión y por la certeza de que el escenario político podía terminar en violencia. “Yo nunca lloré por Máximo, nunca. Pero ahora he llorado, en estos días”, recuerda.
¿Cómo recuerda esos primeros días sin Héctor “Máximo” Pincheira?
Para mí no era ni Ricardo, ni Héctor. Era Máximo. Yo nunca le pude decir su nombre real. Nosotros sabíamos que corríamos riesgos. Yo ni siquiera lloré, era claro que se arriesgaba mucho. Yo no hice un duelo. ¿Sabes cuándo vine a hacer un duelo? Después, cuando regresé a Chile, después de veinte años de exilio.
Sabía que era probable que nos mataran, pero yo decía que iba a hacer todo lo posible porque yo no me quería morir y yo iba a luchar por vivir. Yo soy como el Che, que dijo que “uno no lucha para morir, uno lucha para vivir”.
¿Ese fue el último día que usted vio a Máximo? ¿Cómo lo recuerda?
Mucho más frío de lo que yo hubiera querido. Él salió con el director de Investigaciones y fueron a verificar a Rancagua un suceso en el lugar. Habían puesto unas bombas para botar unas torres eléctricas. Y llegó como a las 2:00 de la mañana de allá.
Yo había estado permanentemente al teléfono, recibiendo todas las informaciones golpistas. Recibí llamadas de la Payita, quien me daba las informaciones para que yo se las diese a Máximo. Era inminente esto. Entonces, él llegó a las 2:00 AM, nos acostamos, pero nos tuvimos que levantar a las 4:00 AM porque recibimos información de que en Valparaíso las tropas de los marinos andaban por la calle.
¿Cómo vivió lo que ocurrió después del golpe y la desaparición de Máximo?
Son tan distintas las etapas que he pasado. Viví un tiempo en la República Democrática Alemana (RDA). Después, me fui a Cuba y luego a México.
A mí, quienes me mantuvieron viva fueron mis hijos. Yo tuve a mi hijo, el hijo de Máximo —y que se llama Máximo por él—, un 14 de noviembre. Me asilé en la Embajada de Colombia y tuve que salir a una sala de parto rodeada de militares. Mi hijo literalmente nació bajo los fusiles.
Yo nunca lloré por Máximo, nunca. Pero ahora he llorado, en estos días.
¿Por qué cree que durante tantos años no pudo llorar por él?
Yo tengo a todos mis amigos desaparecidos y ¿cómo íbamos a estar llorando? Sabíamos paso a paso lo que pasaba. Teníamos una tremenda rabia. El tamaño del golpe, con la crueldad, todos los detenidos desaparecidos, todo eso era del tamaño del proyecto político que había.
Todos mis mejores amigos que no salieron al exilio están muertos. Por ejemplo, mi amigo Augusto Carmona, que era como un hermano, fue el único que me hizo llorar. O también mi gran amiga, Carolina Wiff.
¿Qué significó para usted tener que reconstruir su vida lejos de Chile, mientras tantos de sus amigos habían sido detenidos, desaparecidos o asesinados?
Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro. Por eso yo nunca quise volver a Chile. No tenía ningún cariño por el país. Sentía que este pueblo no se había defendido bien. Muchos años de dictadura, muchas muertes, mucho terror. Fue terrible todo lo que pasó.
Yo sentía mucha culpa de vivir, sentía que era traidora. Me costó mucho justificar que yo estaba afuera, porque casi no quedó nadie de mis amigos, casi todos mis mejores amigos y amigas fueron detenidos, desaparecidos o fusilados.
¿Qué significa para usted esa sensación de haber sobrevivido?
Casi la muerte de uno mismo. Esto no fue una tragedia personal, es la tragedia de un pueblo.
¿Y qué significa, después de todos estos años, que la Universidad de Chile reconozca a Máximo con un título póstumo y simbólico?
Ahí sí que me emocioné. Me dio mucha pena. Encontré que fue un gesto lindo hacer este reconocimiento a una persona que entregó su vida. Fue como un merecido reconocimiento a alguien que sí le gustaba la medicina.
¿Qué significa para usted que una institución como la Universidad de Chile haga este reconocimiento?
Me parece fantástico. Me ha sorprendido muchísimo. Me parece realmente increíble que se haga este justo reconocimiento y que sea en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, dándole el prestigio y la dignidad que tiene. Me parece extraordinario que se reconozca a una persona que perdió la vida luchando por el bienestar de los demás. Eso quiere decir que todavía hay gente a la que le late el corazón por este tipo de cosas. Estoy muy contenta por este acto.

¿Qué le pareció que la Medalla de Derechos Humanos y Democracia se entregara este jueves al abogado Nelson Caucoto?
Me parece maravilloso. A Nelson lo conozco mucho. Él me ayudó muchísimo. Me alegré tanto cuando supe, porque me da la impresión de que nunca nadie le ha hecho un reconocimiento. Él, tan discreto, tan solidario, se la jugó por todos. Él me ayudó muchísimo a mí, a mi familia, en obtener este apoyo por la ley. Es una alegría que este reconocimiento se entregue el mismo día a Nelson.
¿Siente que con este reconocimiento se hace justicia?
No, la justicia nunca se va a hacer.
¿O lo ve como un acto de reparación simbólica?
Sí, es un intento. Pero no para nosotros, ni para su hijo, sino que para los nietos.
¿Cómo observa el arte de su hijo Máximo Corvalán-Pincheira y su relación con la historia de su padre?
Muy revolucionario. Muy consistente con su biografía. Yo creo que él no se da cuenta. Yo lo miro como psicoanalista y digo que sus obras son como sueños y las puedo interpretar. Él es como los pájaros. Los pájaros cantan y no saben por qué cantan. Él también. Él hace cosas, instalaciones o a veces pinta, pero porque le sale.
¿Qué interpreta en esas obras?
Distintas cosas. Por ejemplo, él hizo una exposición en el Centro Cultural La Moneda. A mí me impactó mucho. Recuerdo que eran dos placas de fierro y estaban oxidadas, porque ahí salía agua y se formaba como una laguna. Entonces, yo le interpreté que él hizo una puerta ahí para que su padre escapara por ahí. Yo le dije y le escribí: "le estás diciendo a tu padre que por calle Moneda no, es por aquí que debiera haber salido". Yo se lo interpreto cuando él me lo pide y bueno, con eso elabora él su duelo, sus dolores. Los artistas tienen ese don.
¿Qué reflexión le surge al pensar en el vínculo entre su hijo, su padre y esa historia?
Dice el psicoanálisis que cuando la gente tiene ese presentimiento de que puede morir, desea tener muchos hijos, como una forma de vivir, de sobrevivir a través de los hijos. Pero desgraciadamente él no conoció a su hijo y yo a veces pienso con mucho pesar que él, en sus últimos momentos, en el Regimiento Tacna, debe haber pensado que yo igual debí haber sido presa o muerta. Lamento que él no sepa que su hijo vivió, que no morí yo ni su hijo.