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Educación Sexual Integral en América Latina

Karina Cimmino y Diego Rossi: “La evidencia, en definitiva, está del lado de la información, no del silencio”

Cimmino y Rossi: “La ESI no adelanta el inicio de la actividad sexual”
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Karina Cimmino, especialista en Educación Sexual Integral de FLACSO Argentina y consultora internacional en esta materia para organismos como UNFPA y UNESCO.
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Diego Rossi, especialista en Educación y Promoción de la Salud e integrante del Programa de Ciencias Sociales y Salud de FLACSO Argentina.

¿Qué impacto tiene una Educación Sexual Integral (ESI) de calidad en la vida de adolescentes y jóvenes? ¿Cuánto ha avanzado América Latina y qué obstáculos persisten para que las políticas se traduzcan efectivamente en las aulas y los servicios de salud? Estas son algunas de las preguntas que abordan Karina Cimmino y Diego Rossi, especialistas de FLACSO Argentina y consultores internacionales en esta materia.

Ambos son co-responsables de la línea de Educación Sexual Integral del Programa de Ciencias Sociales y Salud de FLACSO Argentina y han participado en iniciativas de formación, investigación y asistencia técnica en distintos países de América Latina y el Caribe, en colaboración con organismos como UNFPA y UNESCO.

Su participación en la Universidad de Chile se dio en el marco del seminario internacional “Promoción de la salud sexual y reproductiva adolescente en Latinoamérica: estrategias y evidencias”, organizado por el Centro de Medicina Reproductiva y Desarrollo Integral del Adolescente (CEMERA) de la Facultad de Medicina, como parte de la conmemoración de sus 45 años.

Karina Cimmino es licenciada en Ciencias de la Educación, magíster en Salud Pública y especialista en Educación para la Salud. Ha trabajado en el desarrollo, implementación y evaluación de programas de ESI en distintos países de América Latina y el Caribe y participó en la elaboración de los lineamientos curriculares de Educación Sexual Integral de Argentina.

Mientras que Diego Rossi es docente especializado en Educación y Promoción de la Salud y fue coordinador del Programa de Educación Sexual de la Administración Nacional de Educación Pública de Uruguay. Ha trabajado en programas de salud escolar, promoción de la salud y educación sexual, además de desarrollar labores de consultoría internacional.

En conversación con Prensa U. de Chile, Cimmino y Rossi analizan los principales avances y desafíos de la Educación Sexual Integral en la región, la distancia entre las normas y su implementación, el impacto de la desinformación y la importancia de entregar herramientas que permitan a niñas, niños y adolescentes tomar decisiones informadas.

- En el marco de esta visita virtual a la Universidad de Chile y de su participación en el seminario, ¿qué esperan aportar a esta conversación regional y cuáles consideran que son hoy los desafíos más urgentes en salud sexual y reproductiva adolescente?

Participar de este seminario es, sobre todo, una oportunidad para poner en diálogo la experiencia acumulada en distintos países de la región con la mirada académica y territorial que aporta la Universidad de Chile. Nuestra expectativa es contribuir con una lectura regional que muestre que, más allá de las particularidades de cada país, compartimos patrones y desafíos comunes que solo se resuelven si los abordamos de manera articulada.

Hoy, los desafíos más urgentes siguen siendo el embarazo en la adolescencia y la violencia sexual. América Latina y el Caribe continúan siendo la segunda subregión del mundo con la tasa más alta, y es la única región donde los embarazos en menores de 15 años muestran una tendencia ascendente, lo que además es expresión de un alto grado de violencia sexual.

- Ustedes han trabajado durante años en Educación Sexual Integral y han acompañado procesos en distintos países de América Latina y el Caribe. Mirando la región en perspectiva, ¿cuáles han sido los principales avances y cuáles siguen siendo las mayores deudas?

El avance más significativo es normativo y simbólico: la mayoría de los países de la región cuenta hoy con alguna ley, política o lineamiento de educación sexual, algo impensado hace veinte años, y el Consenso de Montevideo sigue funcionando como hoja de ruta compartida.

También hubo avances concretos en formación docente en países como Argentina, Colombia o Uruguay, aunque en los últimos años también se han producido marcados retrocesos, por ejemplo, en Argentina. Asimismo, se han desarrollado experiencias de articulación intersectorial entre educación y salud que antes no existían.

La deuda más grande es la distancia entre la ley y la implementación. Tener una norma no garantiza que un adolescente reciba ESI de calidad: la implementación depende de presupuestos sostenidos, de docentes formados y con respaldo institucional para abordar el tema sin miedo, y de una continuidad política que en la región ha sido más la excepción que la regla.

Cada cambio de gobierno suele poner en riesgo lo avanzado, y eso genera una discontinuidad que termina golpeando siempre a las mismas poblaciones: las adolescentes rurales, indígenas, afrodescendientes y de los sectores más pobres, que son quienes menos alternativas tienen fuera del sistema público.

- La educación sexual continúa generando debates y resistencias en distintos países. ¿Por qué creen que sigue siendo un tema tan controvertido y qué nos dice la evidencia frente a algunos de los temores o cuestionamientos que existen en torno a ella?

Sigue siendo controvertida porque no se discute solo como política educativa: se discute como una disputa de sentido sobre la familia, la infancia, el rol del Estado y, en el fondo, sobre quién tiene autoridad para hablar de sexualidad. Eso la vuelve un terreno fértil para la desinformación.

Verificaciones periodísticas realizadas en Argentina, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Paraguay y Perú documentaron cómo circuló, en distintos momentos, la misma falsedad de que la ESI “promueve el aborto” o “sexualiza” a la niñez. Ninguna orientación técnica internacional —ni de UNESCO ni de UNFPA— plantea eso; al contrario, son explícitas en señalar los beneficios de una ESI de calidad para prevenir y reducir estas problemáticas.

La evidencia disponible, sistematizada por UNFPA/LACRO y FLACSO Argentina en 2025 a partir de revisiones internacionales, es contundente en el sentido contrario a esos temores: la ESI no adelanta el inicio de la actividad sexual ni la vuelve más frecuente. Lo que sí hace es retrasar la edad de inicio en muchos contextos, aumentar el uso de preservativos y otros métodos anticonceptivos entre quienes ya son sexualmente activos, mejorar el conocimiento sobre el propio cuerpo y los vínculos, y reducir las conductas de riesgo.

En cambio, los programas basados exclusivamente en la abstinencia —que muchas veces se presentan como la alternativa “segura”— han demostrado ser inefectivos para retrasar el inicio sexual o reducir el número de parejas. La evidencia, en definitiva, está del lado de la información, no del silencio.

- ¿Qué impacto concreto puede tener una Educación Sexual Integral bien implementada en la vida de adolescentes y jóvenes? ¿Qué estrategias han demostrado ser más efectivas, por ejemplo, para prevenir embarazos no intencionales y mejorar el acceso a información y servicios de salud?

Cuando la ESI está bien implementada, el impacto se ve en decisiones muy concretas: adolescentes que postergan el inicio de su vida sexual, que la viven con menos presión y más información, que usan métodos anticonceptivos cuando lo deciden y que identifican y ponen límites frente a situaciones de abuso o violencia.

Ese conocimiento no se agota en lo sexual: fortalece la autoestima, la capacidad de negociar y de proyectar un futuro educativo, lo cual está directamente relacionado con la prevención del embarazo no intencional.

Según la evidencia, los programas de ESI más efectivos son los multicomponentes, que combinan varios elementos: currículos con progresión por edad que comienzan en la primera infancia; docentes formados y acompañados, no solo capacitados una vez; articulación real con servicios de salud amigables, para que la información se traduzca en acceso efectivo a anticoncepción; y participación de las y los adolescentes en el diseño de esas estrategias, no como receptores pasivos. Además, se basan en enfoques de derechos, género, interculturalidad e interseccionalidad.

- El seminario también plantea la existencia de retrocesos posteriores a la pandemia. ¿Qué cambios observan en la región y qué nuevos desafíos están introduciendo las redes sociales, la desinformación y las nuevas formas en que adolescentes y jóvenes se informan y relacionan?

Los retrocesos son reales y, lamentablemente, recientes. Este mismo año vimos en Perú un caso muy claro: una resolución ministerial reemplazó los lineamientos de Educación Sexual Integral vigentes desde 2021 por un enfoque que elimina justamente el término “integral” y, con él, las dimensiones históricas, culturales, de derechos y género que hacían la diferencia.

Especialistas advirtieron que no es un cambio semántico, sino una reducción del marco con el que docentes y estudiantes pueden abordar situaciones reales de violencia o desinformación en el aula. Es un ejemplo de algo que se repite en la región: el avance de discursos conservadores que logran instalar la idea de que “integral” es sinónimo de peligroso.

A esto se suma un desafío nuevo: las y los adolescentes de hoy se informan primero por redes sociales, no por la escuela ni la familia, y ese espacio está saturado de desinformación que circula más rápido que cualquier desmentido oficial. El resultado es una generación que tiene más acceso a contenido sobre sexualidad que ninguna otra en la historia, pero no necesariamente mejor información.

Ese es, quizás, el desafío más urgente hacia adelante: disputar ese terreno digital con contenidos confiables, atractivos y pensados desde el lenguaje de los propios jóvenes, porque si el Estado y la escuela no ocupan ese espacio, alguien más lo va a ocupar.

- Pese a estas dificultades, ¿qué señales les permiten mirar el futuro con optimismo? ¿Qué mensaje les gustaría dejar a quienes trabajan con adolescentes —y a los propios jóvenes— sobre la importancia de avanzar en educación sexual y salud integral?

Lo que nos da más esperanza es que, pese a los retrocesos normativos, el conocimiento y la evidencia ya están instalados: no partimos de cero en ningún país, y cada vez hay más docentes, familias y hasta adolescentes que salen a defender la ESI cuando se la intenta desmantelar, como pasó en Argentina este año.

También vemos con optimismo que los propios jóvenes están usando las mismas redes que antes solo traían desinformación para generar y compartir contenido propio, con sus códigos y desde una perspectiva de derechos.

A quienes trabajan con adolescentes les diríamos que sostener la ESI, incluso en contextos adversos, es una de las formas más concretas de cuidado que podemos ofrecer: no es un tema opcional dentro de la educación o de los ámbitos sanitarios, es una herramienta de protección.

Y a los propios adolescentes y jóvenes les diríamos que tienen derecho a la información, a decidir sobre su cuerpo y a no conformarse con explicaciones a medias ni con miedos disfrazados de cuidado. La región tiene una deuda con niñas, niños y adolescentes, y la mejor forma de saldarla es seguir exigiendo que esa información llegue completa, a tiempo y sin culpa.