Discurso del Rector Luis A. Riveros DON ANDRÉS BELLO: HUMANISTA Y EDUCADOR Ciclo de Conferencias "Los Librepensadores Chilenos"

Por variadas razones me resulta particularmente grato esbozar algunas ideas en torno a la vida y obra del gran sabio y humanista chileno-venezolano Don Andrés Bello López. Como actual Rector de la Universidad que Bello creara en Chile -para el Estado de Chile para ser más preciso- y que por muchos años ha constituido un faro luminoso para la ciencia, el arte y las humanidades en Latinoamérica, es un honor impensado el haber sido invitado a exponer mis visiones sobre este gran genio que adornara en forma colosal el ambiente académico, político e intelectual chileno, ejerciendo una influencia notable en todo el resto de la Región en forma perdurable a través del tiempo. La obra de Bello de mayor proporción es, indudablemente, la creación de la Universidad de Chile, en cuyo diseño expone claramente su idea de una educación laica y estatal, fundada en la libertad de conciencia como el factor más indispensable para entender el mundo que nos rodea y para ejercer efectivamente la potestad humana más profunda cual es la de sentir, pensar y optar. La Universidad de Chile ha sido siempre la Universidad del Estado de Chile, concebida ella como expresión de la responsabilidad que la sociedad como un conjunto debe ejercer respecto de la educación y formación de sus miembros. Haber sido invitado a hablar de Bello quien otorgó paternidad indiscutible a ese proyecto universitario, y por tanto al progreso del libre pensamiento humanista laico en nuestra sociedad, constituye una gran responsabilidad. La misma se asocia a la necesidad vigente de defender el proyecto que él fundara, tan profundamente encarnado en el pensamiento Republicano, en cuanto a concebir para Chile una enseñanza integrada a nivel de país, de excelencia y con profundo contenido social en cuanto a igualdad de oportunidades.

EL RECORRIDO DE VIDA PREVIO A CHILE

Don Andrés Bello López nació en Caracas, Venezuela, el 29 de noviembre de 1781. Hijo de Bartolomé y Ana Antonia López, su vida se desarrolló en tres grandes escenarios; Caracas de fines del siglo XVIII y principios del XIX, la que fue considerada una de las ciudades más cultas del imperio español en América; Londres, que estaba convirtiéndose en la capital de la Revolución Industrial, y finalmente Chile, la República en consolidación, donde realizó una gran parte de su fecunda obra intelectual, y llegó a ejercer una profunda influencia republicana.

En 1796 ingresó al Seminario y Universidad de Santa Rosa de Caracas. El 14 de junio de 1800 recibió el grado de bachiller en Artes. Estos estudios le dieron un excelente dominio del Latín y del Castellano y despertaron su inquietud por la Filosofía, la Ciencia y las Letras. Aprendió, además, por cuenta propia, inglés y francés. Se trataba de un joven no solo lleno de inquietudes, sino también de una persona naturalmente dotada de notables facultades intelectuales, entre cuyos intereses no dejó de figurar la historia y la poesía, así mostrando que intelecto y sentimiento serían dos ingredientes de importancia en la prolífica obra legada.

En efecto, en sus años juveniles, Bello fue apreciado como poeta, dentro de los cánones del neoclasicismo en boga. Figuran en su producción una "Oda a la Vacuna" (1804) que escribió como homenaje a la extensión de la vacunación por toda América y debido a su cargo en la Junta Central de la Vacuna, y el soneto "A la Victoria de Bailén". Mostrando su fino lenguaje, y un bagaje importante de emociones, a su hermano Javier Ustáriz dedicó la composición "Alocución a la Poesía" que reza:

Tú en tanto en la morada de los justos
Sin duda el premio, amable Ustáriz, gozas
Debido a tus fatigas, a tu celo
De bajos intereses desprendido;
Alma incontaminada, noble, pura,
De elevados espíritus modelo
Aun en la edad oscura
En que el premio de honor se dispensaba
Sólo que al precio vil su honor vendía
Y en que el rubor de la virtud, altivo
Desdén y rebelión se interpretaba.
                   ***

Por ese tiempo inició también sus trabajos de investigación Lingüística y Filológica. Concluyó la primera versión de su "Análisis Ideológico de los Tiempos de la Conjugación Castellana", que se publicaría mucho después, en Valparaíso, en 1841. Fue notable la forma en como Bello se trasladaba entre temas de tan diversa índole; todo parecía interesarle, todo parecía estar por descubrirse en su espíritu inquisidor, todo era un campo abierto para su exploración. Lector incansable, también incluía entre sus atenciones la ciencia aplicada, el derecho, el orden internacional y la creación histórica. Su talento, mostrado por una pluma creativa y en extremo prolífica, resulta admirable en la perspectiva del tiempo, y aún para los estándares de cualquier tiempo; fue un innovador incansable, un gran generador de ideas y propuestas, un aventurero de la inteligencia, un apasionado de aprender más y más, justamente para entregar mayormente a las nuevas generaciones como el gran educador que fue. Hombre bondadoso y simple, Bello también se caracterizó por un temperamento difícil; de acuerdo a varios de sus biógrafos, quizás producto de las muchas pruebas por las que le hizo la pasar la vida. Según Murillo por esas pasiones tan fuertes que acicateaba su personalidad "Abjuró del catolicismo, se hizo anglicano, y luego pasó a la iglesia unitaria, pero tampoco allí descansó"

En 1802 Bello --joven veinteañero-- fue nombrado oficial segundo de la gobernación de Venezuela, ascendiendo poco después, en 1810, a oficial mayor. Lo confirmó en ese puesto la Junta de Gobierno que asume el 19 de abril de ese mismo año. En el mes de junio de 1810 fue incorporado a la misión enviada ante el gobierno británico, formada por Simón Bolívar y Luis López Méndez. Al partir a Londres, Bello gozaba ya de una bien ganada fama como hombre de letras. Es más, de esos años 1809/1810, según apunta el destacado intelectual venezolano Don Pedro Grases, es la obra "Resumen de la Historia de Venezuela", que Bello escribiría con profundo sentido patriótico y gran fuerza intelectual, y que fuera publicada en la "Gazeta de Caracas" e impresa en las máquinas de la primera imprenta llegada a Venezuela.

El 5 de julio de 1811 se declaró la Independencia de Venezuela, nuevo escenario en el cual Bello y López Méndez siguieron en Londres al servicio del nuevo gobierno. Al año siguiente se produjo la reconquista española y, como resultado de la nueva realidad política creada en su patria, ambos agentes quedaron en la capital inglesa sin representación, sin patria y también sin medios de subsistencia. En Londres tanto Bello como López Méndez se habían instalado en la casa de Francisco de Miranda en la calle Grafton. Allí, Bello pudo hacerse de la rica biblioteca del Precursor, mientras que recibió una profunda influencia del propio Miranda, especialmente animada en la ideología literaria y reformista del insigne patriota, recogiendo también de él una profunda admiración por los pueblos originarios de América y el desarrollo de las jóvenes Repúblicas que en esa década empezaban a abundar. La casa de Crafton Street se transformó en un verdadero centro que congregaba las actividades de patriotas de la tierra americana. Allí conoció Bello a don José de San martín en 1812, y fue cuando ambos se incorporaron a la Logia Masónica "Caballeros Racionales Nº 7" en la que a la sazón pertenecían varios otros distinguidos patriotas. La Logia se convirtió, así, en un centro de actividad intelectual en torno a los principios de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, y a aquellos que informaban de modo decisivo el proyecto de la independencia del dominio español de los jóvenes y primarios Estados generados a raíz de las Juntas de Gobierno, contradictoriamente solidaria con el Rey Español, generada en América a raíz de la invasión de Bonaparte.

Londres fue el principal lugar de asilo de los emigrados liberales españoles de los períodos absolutistas de 1814-1819 y 1823-1833. También lo fue de algunos americanos y lugar de residencia de otros que llegaron con comisiones políticas de los nuevos estados independientes Dos vocaciones parecen haber despertado en Don Andrés a partir de esta etapa de su vida. La primera, su fuerte vocación democrática, al convivir en forma tan cercana con tantos que hicieron de su vida el ideal de la emancipación y la profundización y extensión de este sentimiento hacia el pueblo. La segunda, su vocación humanista al subsistir en un ambiente de mutua entrega, de apoyo fraternal, de profunda comprensión y amistad en el círculo de patriotas y exiliados, al mismo tiempo que se resistía el embate de la monarquía y de todos los poderes que la apoyaban, incluyendo a la poderosa iglesia católica.

Para ganarse la vida, Bello trabajó en distintos oficios ligados a su vocación intelectual, y que le proporcionaban un ingreso suficiente para sustentar una familia. Así, en mayo de 1814, a la edad de 33 años, contrajo matrimonio con Mary Ann Boyland, Inglesa, de 20 años, con quien tuvo tres hijos; su residencia cambió a 6 Polant St. . El 9 de mayo de 1821, sin embargo, su esposa murió muy inesperadamente en un periodo muy difícil para la familia en el aspecto económico, dejando a un Bello profundamente dolido y con tres niños pequeños, de los cuáles uno habría también de morir poco después. Nunca pudo recuperarse Don Andrés de la pena profunda que le trajeron estos infaustos hechos. Sin embargo, más tarde contrajo matrimonio en segundas nupcias, en febrero de 1824, con Elizabeth Antonia Dunn, de nacionalidad inglesa, también de 20 años de edad, quien le acompañaría hasta el fin de sus días. De este matrimonio tuvo 12 hijos; 4 de ellos nacidos en Londres y los restantes en Chile.

Además de la rica biblioteca de Miranda, Bello trabajó también en las magníficas bibliotecas públicas de la capital británica: la del British Museum y la London Library, donde estudió con detenimiento "La Araucana" de Alonso de Ercilla, entre otros. Allí leyó los clásicos griegos y latinos, y dispuso de impresos y manuscritos de extraordinario valor para sus estudios filológicos, acentuando la profundización de su conocimiento y preparación intelectual. De tales estudios también se derivó la particular sensibilidad de Don Andrés por los temas latinoamericanos; junto a Juan García del Río, Bello participó en la edición de dos grandes revistas destinadas a los pueblos del Nuevo Mundo: la "Biblioteca Americana" (1823) y el "Repertorio Americano" (1826-27). Estas incluían trabajos de investigación, creación, crítica, divulgación científica y literaria sobre toda clase de materias que podían interesar a los americanos. Existe, en la época, la certeza de su autoría de una nota biográfica no firmada sobre el prócer chileno Bernardo O'Higgins. Antes, en 1820, Bello había colaborado con Antonio de Irisarri en la revista "El Censor Americano", destinada principalmente a defender la causa de la Independencia americana. Con ello, se revela la influencia literaria de Miranda y de otros patriotas de esta parte del continente que conoció y con quienes había además compartido en las logias masónicas, desde el año 1811.

El primer texto de Bello publicado en Chile es de antes de su llegada, en el mes de Julio de 1818 y bajo el seudónimo de Bernal Dosel en el periódico "El Sol". Su obra cumbre, sin embargo, es el Código de Jentes, cuyo manuscrito aún se conserva en la Universidad de Chile, donde traduce su visión de sociedad, su concepto del orden social, su profunda cultura laica que le llevó a concebir iniciativas que establecían la separación Iglesia-Estado.

BELLO EN CHILE

Chile llamó su atención no sabemos bien porqué; lo que sí sabemos es que se comprometió de por vida con la joven República de la cual no volvió a emigrar, y donde realizó una insigne contribución que perdura hasta el presente en una multiplicidad de campos, particularmente en lo jurídico, educacional, político y literario. Fue atraído en forma decisiva por Don Mariano Egaña, razón por la que el retrato de este hombre de Estado adorna la oficina de la Rectoría de la Universidad de Chile junto a la del Presidente Bulnes y del Ministro Montt. Fue Egaña quién le contrató, habiendo primero desconfiado mucho de Bello por las relaciones que éste había desarrollado con Irisarri, el mismo que gestionara el controvertido préstamo inglés para equipar la Escuadra Libertadora. No fue fácil atraer a Bello a nuestro país, ya que Colombia puso gran resistencia a la idea de no contar con el sabio para sus propias necesidades; Bolívar, por ejemplo, escribía al político, diplomático y poeta José Fernández Madrid -a la sazón agente de Colombia en París: "Yo ruego a Ud. encarecidamente que no deje perder a este ilustrado amigo en el país de la anarquía -Chile--. Persuada usted a Bello que lo menos mal que tiene América es Colombia; y que si quiere ser empleado en este país, que lo diga y se le dará un buen destino". El 6 de Mayo de 1828 la legación chilena en Londres comunicaba a Bello la oferta de su gobierno "...se compromete a costearle su viaje a Chile, y a colocarle luego que llegue al país, en destino análogo a sus conocimientos y que su dotación no baje de mil quinientos pesos, que es la que disfrutan los oficiales mayores" (equivalentes a subsecretarios).

Así, don Andrés se embarcó con su familia el 14 de Febrero de 1829 en el barco inglés "Grecian" que hiciera la ruta del Cabo de Hornos. Llegó a Valparaíso el 25 de junio de 1829, cuanto estaba por cumplir 48 años de edad. En esos momentos se vivían los últimos meses del período que los historiadores han llamado --para muchos equivocadamente-- como "la anarquía". Así lo testimonia el sabio venezolano en una carta enviada a Fernández Madrid, fechada el día 08 de Octubre de 1829 en Santiago de Chile, donde le expresa: "La situación en Chile en este momento no es nada lisonjera, facciones llenas de animosidad, una constitución vacilante, un gobierno débil, desorden en todos los ramos de la administración. No sabemos cuanto durará este estado, que aquí se llama crisis y que puede prolongarse años".

En 1830 se inicia en Chile el llamado "régimen portaliano", que comprende, durante la vida de Don Andrés Bello, los gobiernos de Prieto, Bulnes, Montt y Pérez también llamados "de los decenios". Entonces se consolidó una organización institucional, se define una senda política que entregó estabilidad a la joven República en su desarrollo, se experimenta un renacimiento cultural hacia mediados del siglo, se vive, hacia el final del período, un despegue económico. Pero por sobre todo, en este período prima una estabilización institucional, un período donde se da efectivamente forma al devenir Republicano. Se trata de un período de construcción nacional, en que el país se integra y se consolida como una unidad política, donde de las necesidades materiales más básicas se salta a las intelectuales y científicas, y en donde se anima el desarrollo de un Estado con clara noción de futuro y visión de real independencia. Bello ocupa un lugar fundamental en ese proceso, tanto en su gestión política como en la constitución de su fundamentación educacional y académica.

El 13 de julio de 1829, el Presidente de la República Francisco Antonio Pinto lo nombra oficial mayor del Ministerio de Hacienda, con un sueldo de 2 mil pesos anuales. No ejerció, sin embargo, en ese ministerio, sino en el de Relaciones Exteriores, ocupando el cargo que correspondería hoy al de Subsecretario. El Bello diplomático o funcionario consular, antecedía así al Bello académico, intelectual, jurista, educador, literato y político. Como oficial mayor de Relaciones Exteriores, don Andrés, según sostiene Raúl Silva Castro: "durante más de veinte años, aplicó en la práctica las lecciones de derecho de gentes del que formó un libro especial y dio, en fin, a la obra internacional de Chile, una coherencia y una orientación cierta que, en mucho, contribuyeron a otorgarle al país la respetabilidad que ha disfrutado".

En 1830 se fundó el periódico oficial "El Araucano". Se encargó precisamente a Don Andrés Bello la redacción de las secciones extranjera y cultural, una responsabilidad que revestía notoria importancia, dado que la tarea de construir una República precisaba de todos modos de un "periódico oficial", cuyo contenido reflejara en plenitud la madurez intelectual y política que era menester al nuevo estado de cosas. Entre otros tópicos Don Andrés Bello se enfrenta con el fuerte legado de la colonia, respecto de la sistemática censura de libros; para poder internar textos al país se debía contar con la autorización de las dignidades eclesiásticas que se regían por el llamado "Indice" elaborado por la Inquisición. Don Andrés reclamó airadamente de esta situación en "El Araucano" en especial por el decomiso de unos libros en la aduana, sosteniendo con fuerza los elementos de principio sobre este asunto. A poco andar, Bello, Egaña y Ventura Martín pasan a formar parte de la Comisión Revisora modificando los criterios. De este modo, don Andrés también ocupa un lugar destacado entre los chilenos que han defendido la libertad de expresión y pensamiento en momentos cruciales en que parecía dominar la sinrazón de las doctrinas que promueven restricciones al libre ejercicio del juicio, de la inteligencia humana, y de la necesidad de buscar información para profundizar y ampliar sin fronteras el conocimiento.

Como resultado de su brillante, importante y trascendental contribución en variados campos, en 1832 se le otorgó por ley la nacionalidad chilena. Ese mismo año pasó a integrar la Junta de Educación que debía proponer los planes y programas de todos los colegios del país; con ello ingresó al campo en el que, probablemente, haría su contribución más determinante a Chile y al Continente Latinoamericano. En cuanto a su tarea magisteril, hay que señalar que el Gran Caraqueño ejerció la tarea formativa en su propio hogar, desde 1831 hasta la apertura de la Universidad de Chile en 1843. Pertinente es también citar el hecho que mantuvo un curso de Humanidades, en cátedras como Gramática Castellana, Literatura, Legislación, Latín, Derecho Romano y Filosofía.

En 1837 es elegido senador de la República y reelegido en dos períodos sucesivos, hasta el año anterior al de su muerte. Introdujo en el desempeño parlamentario su visión equilibrada, y profundamente informada, acerca de la realidad y de las necesidades materiales y espirituales de una nación. Largo fue su desempeño como oficial de gobierno y parlamentario.

Así, hacia 1850, a los 70 años de edad, Bello desempeñaba simultáneamente las funciones de Rector de la Universidad de Chile, Subsecretario de Relaciones Exteriores, consultor de gobierno, Senador, redactor de "El Araucano". Además, trabajaba intensamente en la elaboración de su portentosa obra: el Código Civil y en sus obras de Derecho, de Filología y sus producciones literarias. Naturalmente, lejos de los días del internet y de la computación, no deja de maravillar su extraordinaria productividad intelectual, el apego con que desempeñaba sus cargos oficiales y la dedicación a su familia. Tal productividad ha sido luminosa, y ha quedado para siempre entre nosotros como un ejemplo inspirador. Por ello, don Francisco Bilbao de modo lúcido y claramente reproductor de un sentimiento nacional, describió a Bello como el "árbol majestuoso de la zona tórrida transplantado a Chile".

Don Andrés Bello López murió en Santiago de Chile el 15 de octubre de 1865. Su fallecimiento fue motivo de duelo para todo el país, una pérdida que afectó principalmente a la clase intelectual chilena y a la Universidad de Chile, donde hasta el día de hoy nos sentimos "sus hijos", y donde el sentimiento de adhesión a su personalidad y a su obra nos ha llevado a concebir su gran creación como la "Casa de Bello".

Suerte y privilegio constituyó para Chile la decisión del egregio maestro al elegir nuestro país para proseguir su elevada tarea de sabio y educador. Por ello, cuando arriba a Valparaíso, la intelectualidad chilena sintió honda satisfacción y brindó al Maestro todos los honores que su alto espíritu merecía. Por ello también, su muerte introdujo un profundo sentimiento de pérdida, no sólo de la gran figura, sino también del magnífico ser humano que adornó con generosidad a la República.

SU TAREA RECTORAL

Paralelamente a la promulgación de la Ley Orgánica de la Universidad de Chile, se fundan la Escuela Normal de Preceptores, para la formación de profesores de primaria; la Escuela de Artes y Oficios; la Escuela de Agricultura y se intenta dar vida al Conservatorio Nacional de Música. A partir de 1842 se vive en Chile un despertar intelectual y cultural que ha sido considerado por algunos como una forma de Renacimiento local. Se trató de un gran proyecto que se inspiraba sobretodo en la visión de Manuel Montt, y que permitió a Chile dar un salto sorprendente en el desarrollo de su medio humano. El Estadista del siglo XIX, tal y como en los años 30 del siglo XX, entendió que sólo un fuerte proyecto educacional podía dar base a una desarrollo material sostenible, con proyecciones firmes en materia de progreso social. Esa trilogía constituida por la Universidad de Chile, la Escuela Normal de Preceptores y la Escuela de Artes y Oficios, mostraban un entendimiento extraordinariamente lúcido sobre el proyecto de mayor trascendencia que ha tenido nunca la educación del Estado chileno.

Con la inauguración de la Universidad de Chile en 1843 se inicia la más fecunda, dilatada y señera tarea de don Andrés Bello. No hubo campo científico o cultural en el cual no se dejara sentir su influencia, especialmente por la vía de entregar una visión, un estímulo central para el desarrollo futuro de las disciplinas. Paralelamente fue dándole a la primera institución universitaria de Chile, un detallado ordenamiento administrativo, procurando depositar en ella la tutela Nacional de la enseñanza. Los resultados de este esfuerzo fueron notables, y se reflejaron en la madurez y calidad de la Educación chilena existente a fines del siglo XIX y principios del XX, y que se proyectara a mediados del siglo XX como una de las mejores de la región latinoamericana. Hay que recordar que, en sus primeros años de vida, la Universidad de Chile no asumía aún su papel docente-formador correspondiéndose mas bien con una visión Humboldtiana, que depositaba en la Universidad solo el desarrollo de la creación e investigación. Sin embargo, por disposición de la ley orgánica concebida por Bello, debía ella ejercer la tuición de todos los establecimientos de Educación Superior del país, así como aprobar textos de estudio y designar comisiones examinadoras para los colegios. Prevalecía entonces una noción de estado activo en una materia de tanta relevancia para una sociedad como es la educación.

Don Andrés Bello estableció en la Universidad el estudio regular de los tratados históricos e instituyó, además, que todos los años, en el aniversario de la fundación, se leyera una suerte de monografía histórica sobre un aspecto fundamental de la vida nacional, tarea que se encargaba a una figura intelectual prominente, y que se dirigía, precisamente, a estimular el conocimiento de la Patria y de su historia aún profundamente inexplorada. Paralelamente, el Rector debía dar cuenta de la marcha institucional de los doce meses anteriores de su gestión. Polemista de fuste, el Primer Rector participó en incontables discusiones públicas para determinar taxativamente el auténtico concepto de la historia prevaleciente entre los chilenos.

De otra parte, y reflejando su espíritu intelectual, se inicia la publicación de los "ANALES" de la Universidad de Chile, revista universitaria considerada la más antigua del continente latinoamericano. Esta publicación, que edita nuestra Universidad de Chile hasta los días presentes, abrió un amplio campo a la publicación de estudios científicos y humanísticos, junto a la exposición de los grandes temas nacionales. Desde sus primeros números "ANALES" cubrió una amplia gama de temas de seleccionada trascendencia que contempló el universo de la Filosofía y las Ciencias puras y se constituyó en un medio de profunda influencia en toda América Latina.

UNA UNIVERSIDAD PARA CHILE

Respecto al carácter institucional y modelo universitario, el gran Caraqueño tomó como paradigmas a las universidades de Alemania y las inglesas. No obstante, le dio un profundo sentido Nacional, esto es, un nuevo objetivo "ajustado a las condiciones especiales de Chile y, en general, a las necesidades comunes de los países latinoamericanos en trance de desarrollo", como señala en su obra el filósofo de la Educación Don Roberto Munizaga. Un sentido Nacional que hoy constituye un valioso capital y una fundamental orientación estratégica por medio de la cual se compromete a priorizar la investigación, docencia y extensión que aborde temas de país, necesidades de conocimiento que de otra forma no se pondrían a disposición por medio de la operatoria del mercado privado exclusivamente.

Las primeras noticias acerca del carácter de la nueva corporación don Andrés Bello las entrega en "El Araucano", en 1842, cuando el proyecto de la ley orgánica de la Universidad fue aprobado por el Consejo de Estado y remitido al poder legislativo. "No se trata, -escribía el sabio- de aquellos establecimientos escolásticos o de ciencias especulativas, destinados principalmente a fomentar la vanidad de los que desean un título aparente de suficiencia, sin ventajas reales o inmediatas para la sociedad actual... Se desea satisfacer, en primer lugar, una de las necesidades que más se han hecho sentir desde que con nuestra emancipación política pudimos abrir la puerta a los conocimientos útiles, echando las bases de un plan general que abrace estos conocimientos, en cuanto alcancen nuestras circunstancias, para prolongarlos con fruto en todo el país y conservar y adelantar su enseñanza de un modo fijo y sistemado, que permita, sin embargo, la adopción progresiva de los nuevos métodos y de los sucesivos adelantos que hagan las ciencias".

De esta forma, Don Andrés Bello hacía notar la importancia del cultivo, enseñanza y propagación, de los que llaman "conocimientos útiles". Una concepción de Universidad vinculada a la calidad productiva, social, cultural, política, etc. que caracterice al país, que tiene vigencia hasta nuestros días, cuando resulta necesario subrayar que una institución universitaria debe ser cuna de conocimiento nuevo, del cultivo derivado de la investigación y creación, y que es la fuente última de la excelencia académica.

Según su Ley Orgánica, la Universidad se encargaría de la enseñanza y el cultivo de las Letras y Ciencias, y además tendría la dirección de la enseñanza en todos sus niveles, cumpliendo de esta forma con lo establecido en el artículo 154 de la Constitución Política de Chile del año 1833. No obstante, era la Universidad de Chile de esa época una entidad estrictamente académica, no docente, que otorgaba los grados (de bachiller y licenciado) a quienes seguían los cursos superiores dictados, principalmente, en el Instituto Nacional y en otros colegios o clases privadas. Solo mucho más tarde, bajo el Rectorado de Don Ignacio Domeyko, se incorporaría la actividad docente directa a la Universidad de Chile en forma sistemática, por medio de la incorporación a la Universidad de Chile de los cursos superiores del Instituto Nacional.

Estaba constituida la Universidad por cinco facultades: Filosofía y Humanidades, Ciencias Matemáticas y Físicas, Medicina, Leyes y Ciencias Políticas y Teología, cada una con su decano y secretario respectivo y bajo la dirección general del Rector. Se componían éstas de un número no superior a 30 miembros, nombrados la primera vez por el Gobierno, y las vacantes sucesivas cubiertas por elección interna. La continuidad con la Universidad de San Felipe quedaba marcada por el hecho que todos los doctores del antiguo claustro, que eran veintidós, podían incorporarse en sus respectivas facultades. Si alguna duda quedaba respecto de la continuidad entre ambas corporaciones, ésta fue resuelta por el propio Gobierno al responder a Don Andrés Bello que "consideraba a la Universidad de Chile como una continuación de la antigua Universidad de San Felipe". Esta institución era, a su vez, la continuadora de la Universidad Conventual de Santo Tomás, fundada en Santiago en 1622.

Era a través de las facultades que la Universidad cumplía con una de sus funciones básicas, pues ellas tenían la responsabilidad de profundizar y diseminar las Letras y Ciencias en el país. Además de la tarea general, la ley les asignaba otras específicas. La de Humanidades debía dirigir las escuelas primarias y dedicarse de preferencia a la Lengua, la Literatura, la Historia y la Estadística Nacional; la de Matemáticas debía prestar particular atención a la Geografía, a la Historia Natural de Chile y a la construcción de todos los edificios y obras públicas; la de Medicina tenía que ocuparse del estudio de las enfermedades endémicas y epidémicas que afectaban con mayor frecuencia a la población del país; y la de Leyes y Teología de la redacción y revisión de los trabajos que en su campo les encomendara el Gobierno.

OTRAS TAREAS DEL SABIO

La conservación del idioma castellano como un "medio providencial de comunicación" entre los pueblos americanos, fue una de las preocupaciones fundamentales de Don Andrés Bello. El sabio temía que se reprodujera en Chile "la confusión de idiomas, dialectos y jerigonzas, el caos babilónico de la Edad Media". Para preservar el lenguaje preparó su monumental obra "Gramática de la Lengua Castellana destinada al uso de los americanos". Amado Alonso y Pedro Henriquez Ureña coinciden en que esta obra no sólo es la mejor gramática de la lengua castellana, sino una de las mejores de los tiempos modernos en cualquier idioma.

Como se ha señalado más arriba, otro de sus aportes inconmensurables fue la preparación del Código Civil de Chile. En los modernos estados europeos se había demostrado las ventajas de la codificación, que generaba cuerpos de leyes coherentes, preparados en forma racional y sistemática, por sobre el Derecho común, lleno de vacíos y de normas contradictorias.

Partidario de esta modernización, Don Andrés Bello sostenía la idea de respetar las peculiaridades del Derecho vigente, ordenándolo con técnicas de codificación. Inició este arduo trabajo en 1840. El Código fue publicado el 31 de Mayo de 1856 y entró en vigencia en 1857. Por su claridad, exactitud y coherencia fue fácil de aplicar. Asimismo, se adoptó en diferentes países hispanoamericanos. Ecuador y Colombia lo promulgaron con muy pocas modificaciones y sirvió de fuente para los códigos de otras naciones del continente.

Se considera que Don Andrés Bello es el primer tratadista de Derecho Internacional Público en lengua española. En efecto, sus "Principios de Derecho de Jentes" (1832) es la primera obra de esta calidad escrita en idioma castellano. En este libro se encuentran ya los conceptos relativos a la protección de una zona marítima exclusiva. Sobre la base de estos conceptos, Chile fue el primer país del mundo en proclamar, en 1947, su soberanía y jurisdicción sobre una zona marítima de 200 millas. Posteriormente, estos mismos conceptos dieron origen a la Comisión Permanente del Pacífico Sur.

LA TRASCENDENCIA DE UNA OBRA

En el discurso inaugural de la Universidad de Chile, su primer Rector proclamó el espíritu de libertad que siempre debería animarla; por ello declaró: "bajo los auspicios del gobierno, bajo la influencia de la libertad, espíritu vital de las instituciones chilenas, me es lícito esperar que el caudal precioso de ciencia y talento de que ya está en posesión la Universidad, se aumentará, se difundirá velozmente en beneficio de la religión, de la moral, de la libertad misma y de los intereses materiales". Estas expresiones, que son parte de su pieza oratoria magistral, apuntan a lo que debe ser la misión de nuestra primera Casa de Estudios. Por ello, y de acuerdo al legado funcional, nosotros derivamos la idea que la Universidad de Chile, nace integrada a la vida misma de nuestra patria, siendo indisoluble tal relación e imprimiendo el carácter Nacional que sustenta el quehacer de la institución.

Otra afirmación de Don Andrés Bello, que se proyecta tanto a la existencia misma de nuestra primera institución universitaria, como respecto a la misión que está incorporada a su alma y propósito histórico, es la siguiente: "La Universidad, señores, no sería digna de ocupar un lugar en nuestras instituciones sociales, si (como murmuran algunos ecos oscuros de declamaciones antiguas) el cultivo de las ciencias y de las letras pudiera mirarse como peligroso bajo el punto de vista de nuestra moral o bajo el punto de vista político". Aquí hay una fundamental afirmación respecto de la libertad académica para investigar. Sujeta a los valores del desarrollo necesario del conocimiento, y no a esquemas morales o políticos que restringen tal libertad so pretexto de herir o confundir credos particulares la búsqueda debe inspirarse solamente en sus propósitos últimos. Se trata de una discusión muy antigua y profunda respecto de aquello que debe o no materializar un cierto límite a la capacidad para crear y diseminar conocimiento, lo cual más allá que principios ligados a intereses o credo, requiere del establecimiento de una ética de investigación basada en el respeto a la vida y la naturaleza, pero inspirada en la idea de bien común.

Bello definió y marcó la institucionalidad de la Universidad de Chile, en forma clarividente y definitivamente trascendente en el tiempo. La consolidó como la institución rectora de la educación chilena, la gran alma mater inspiradora y vigilante de la educación de los niños y jóvenes de Chile. Escuchemos al sabio hablar de la Universidad fruto de su creatividad, con la validez como si sus palabras hubiesen sido dichas hoy, reflejando el insigne educador y humanista que fue.

"Otros pretenden que el fomento dado a la instrucción científica se debe de preferencia a la enseñanza primaria. Yo ciertamente soy de los que miran la instrucción general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda dirigir su atención el gobierno; como una necesidad primera y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el cimiento indispensable de las instituciones republicanas. Pero, por eso mismo, creo necesario y urgente el fomento de la enseñanza literaria y científica. En ninguna parte ha podido generalizarse la instrucción elemental que reclaman las clases laboriosas, la gran mayoría del género humano, sino donde han florecido de antemano las ciencias y las letras. No digo yo que el cultivo de las letras y de las ciencias traiga en pos de sí, como una consecuencia precisa, la difusión de la enseñanza elemental; aunque es incontestable que las ciencias y las letras tienen una tendencia natural a difundirse, cuando causas artificiales no las contrarían. Lo que digo es que el primero es una condición indispensable de la segunda; que donde no exista aquél, es imposible que la otra, cualesquiera que sean los esfuerzos de la autoridad, se verifiquen bajo la forma conveniente. La difusión de los conocimientos supone uno o más hogares, de donde salga y se reparta la luz, que, extendiéndose progresivamente sobre los espacios intermedios, penetre al fin las capas extremas. La generalización de la enseñanza requiere gran número de maestros competentemente instruidos; y las aptitudes de estos sus últimos distribuidores son, ellas mismas, emanaciones más o menos distantes de los grandes depósitos científicos y literarios. Los buenos maestros, los buenos libros, los buenos métodos, la buena dirección de la enseñanza, son necesariamente la obra de una cultura intelectual muy adelantada. La instrucción literaria y científica es la fuente de donde la instrucción elemental se nutre y se vivifica; a la manera que en una sociedad bien organizada la riqueza de la clase más favorecida de la fortuna es el manantial de donde se deriva la subsistencia de las clases trabajadoras, el bienestar del pueblo. Pero la ley, al plantear de nuevo la Universidad, no ha querido fiarse solamente de esa tendencia natural de la ilustración a difundirse, y a que la imprenta da en nuestros días una fuerza y una movilidad no conocidas antes; ella ha unido íntimamente las dos especies de enseñanza; ella ha dado a una de las secciones del cuerpo universitario el encargo especial de velar sobre la instrucción primaria, de observar su marcha, de facilitar su propagación, de contribuir a sus progresos."

"La Universidad estudiará también las especialidades de la sociedad chilena bajo el punto de vista económico, que no presenta problemas menos vastos, ni de menos arriesgada resolución. La Universidad examinará los resultados de la estadística chilena, contribuirá a formarla, y leerá en sus guarismos la expresión de nuestros intereses materiales. Porque en éste, como en los otros ramos, el programa de la Universidad es enteramente chileno; si toma prestadas a la Europa las deducciones de la ciencia, es para aplicarlas a Chile. Todas las sendas en que se propone dirigir las investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos, convergen a un centro: la patria."

Don Andrés Bello ha sido de los intelectuales de mayor relevancia en la región latinoamericana, e indudablemente el gran Rector de la Universidad de Chile, inspirador del ser institucional y de las tareas misionales plenamente vigentes hasta nuestros días. Su versatilidad fue unida a la profundidad con que abordó cada tema de que se hizo cargo, y logró proyectar vívidas y fuertes ideas de contenido y amplia proyección en el tiempo. El discurso inaugural de la Universidad de Chile constituye un documento de excepción, donde se explícita una visión y una misión institucional, plenamente vigente en su forma más amplia a pesar de los cambios sustanciales en la organización del Sistema Universitario chileno. Fue el mismo Don Andrés Bello quien hablara del "acomodo" como la permanente y necesaria actitud innovadora de la Universidad en respuesta al cambiante marco externo. La idea de Universidad Nacional --es decir, aquélla que prioriza los temas de país en el diseño de su investigación, docencia y extensión-- sigue siendo la fuente inspiradora de mayor importancia en el actual diseño del trabajo institucional. Por tal razón, el examen de la vida e influencia de don Andrés Bello no puede reducirse a un frío recuento histórico, ya que por su esencia y vigencia debe referirse a un examen del trabajo institucional presente, y constituir una permanente y poderosa admonición sobre las tareas futuras. Tal es la impronta trascendente de su trabajo señero; ese es nuestro grado de adhesión a la causa que abriera para responder al reto majestuoso de las Naciones y del conocimiento.

Aún desarrollando su portentosa obra de aporte a Chile, Don Andrés Bello nunca dejó de tener un recuerdo de su patria lejana y natal, y así lo expresó en una carta enviada a su hermano Carlos desde Santiago de Chile el día 17 de Febrero de 1846: "En mi vejez, repaso con un placer indecible todas las memorias de mi patria (recuerdo los ríos, las quebradas y hasta los arboles que solía ver en aquella época feliz de mi vida). Cuántas veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo pasearme otra vez por sus calles, buscando en ellas los edificios conocidos y preguntándoles por los amigos, los compañeros que ya no existen...... Daría la mitad de lo que me resta de vida por abrazaros, por ver de nuevo el Catuche, el Guaire, por arrodillarme sobre las losas que cubren los restos de tantas personas queridas!. Tengo todavía presente la última mirada que di a Caracas desde el camino a La Guaira. ¿ Quién hubiera dicho que en efecto era la última?".

Americanista profundo y leal con la causa independentista, qué mejor retrato que el talento puesto en los versos de su "Alocución a la Poesía" que dedica a Miranda en una mirada profunda en lo humano y también en el sentido político:

¡Miranda! De tu nombre se gloria
también Colombia; defensor constante
de sus derechos; de las santas leyes,
de la severa disciplina amante.
Con reverencia ofrezco a tu ceniza
Este humilde tributo, y la sagrada
Rama a tu efigie venerable ciño
Patriota ilustre que, proscrito, errante,
No olvidaste el cariño
del dulce hogar, que vio mecer tu cuna;
Y ora blanco a las iras de fortuna,
Ora de sus favores halagado,
La libertad americana hiciste
Tu primer voto y tu primer cuidado.
Osaste, solo, declarar la guerra
A los tiranos de su tierra amada;
Y desde las orillas de Inglaterra,
diste aliento al clarín que el largo sueño
disipó de la América, arrullada
por la superstición. AL noble empeño
de sus patricios no faltó tu espada;
y si, de contratiempos asaltado,
que a humanos medios resistir no es dado,
te fue el ceder forzoso, y en cadena
a manos perecer de una perfidia,
tu espíritu no ha muerto, no; resuena,
resuena aún el eco de aquel grito
con que a lidiar llamaste; la gran lidia
de que desarrollaste el estandarte,
triunfa ya, y en su triunfo tienes parte.
                      ***

Señoras y Señores:

En la despedida final a Don Andrés Bello, su sucesor en la Rectoría de nuestra Universidad el Profesor Don Ignacio Domeyko expresó: "No es dado enumerar fríamente los inmensos méritos y servicios de Don Andrés Bello, que, si pudiéramos recordarlos todos, dudaría la razón que en una sola vida, un solo hombre, pudiera saber tanto, hacer tanto y amar tanto". No podemos más que adherir en el tiempo, en forma inclaudicable a esta hermosa expresión del sentido de vida de este formidable librepensador y humanista que fue don Andrés Bello.

Termino como lo hiciera magistralmente el propio Rector Andrés Bello López, en la ocasión de la instalación de su obra cumbre, la Universidad de Chile: "No debo abusar más tiempo de vuestra paciencia. El asunto es vasto; recorrerlo a la ligera es todo lo que me ha sido posible".

Muchas Gracias.

 

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