Discurso del Prof. Luis A. Riveros, Rector de la Universidad de Chile en, Ceremonia de entrega del "Premio Manuel Montt 2000".

(Transcripción)

La Fundación Manuel Montt fue creada por decreto del Ministerio de Justicia de Junio de 1911, con el propósito de fomentar el cultivo intelectual y moral de los jóvenes. Traducía así una voluntad que en la historia de nuestro país ha estado siempre en forma indisoluble ligada a la educación pública, que más que una organicidad determinada en manos del Estado, correspondía a una vocación ciudadana, a una permanente mirada al mundo y a sus necesidades, a un cierto diagnóstico sobre el futuro y sobre la exigencia que el mismo representa en orden a contar con una juventud comprometida con el país, con la República y con sus congéneres, en un ambiente de contribución y respeto. Este ideal, que se patenta en forma tan decidida en la gestión del Presidente Manuel Montt, cuando se da vida a esa trilogía formidable de la educación pública chilena: la Universidad de Chile, la Escuela Normal de Preceptores y la Escuela de Artes y Oficios. Es también el ideal que promovió el Presidente Pedro Montt, y que se refleja en la voluntad testamentaria que dio origen a la Fundación.

Posteriormente, en 1944, el Congreso Nacional asignó al Consejo Universitario de la Universidad de Chile -a la fecha, solamente entendido como "el" Consejo Universitario- la responsabilidad de administrar un porcentaje dado de las rentas del fondo y esta responsabilidad, de acuerdo a esa ley, radicaba en la tarea de otorgar cada dos años un premio denominado "Manuel Montt" a la obra literaria o científica de más importancia que en los últimos cinco años se hubiese publicado en Chile o por chilenos en el extranjero. En 1945, bajo el rectorado de don Juvenal Hernández, el Consejo Universitario estableció el reglamento para dicernir el premio en cuestión, estableciendo un jurado que le informara para que adopte la decisión del caso.

Estamos aquí, entonces, para hacer entrega formal del premio a los ganadores de este año en el género de literatura, pero he querido recordar, como preámbulo, el origen de este premio que se entronca en forma tan vital con la historia de la República y con el promover la educación y la intelectualidad de la cultura. Este premio nos permite reflexionar hoy, con la mirada puesta en el pasado, respecto de lo que hoy día estamos haciendo para dejar a las generaciones del futuro señales claras de nuestro impulso por las cosas que importan al espíritu y a la construcción de un ser humano íntegro moral y valóricamente. Temo que no estamos dejando sino una huella de resquemores sociales por la profunda discriminación contra los niños y jóvenes de menores recursos, que a la sombra de una discutible aplicación simplista de esquemas de mercado, reciben una educación de menor calidad y proyección. Temo que estamos dejando al futuro un legado basado en la destrucción de la educación pública, imbuido de alegatos poco sustantivos sobre recursos e incentivos para el desempeño privado. Temo que las grandes visiones del Presidente Manuel Montt sobre la educación pública y el fortalecimiento necesario de la República y de su espíritu fundacional que se proyectaron y renovaron enérgicamente durante todo el siglo siguiente a su mandato, se han eclipsado para ser hoy, más que una visión de estadista, la visión de tecnócratas o políticos que siempre encontrarán una excusa para poner el énfasis en los temas más cotidianos, olvidando la responsabilidad del conjunto social con las tareas del espíritu y con la formación de las nuevas generaciones. Sirva el reconocimiento que entregamos hoy día, como un recuerdo siempre presente sobre esta necesidad de un país capaz de construir sobre la base de las personas y de su perfeccionamiento, tarea que constituye una responsabilidad ineludible del Estado.

Este año, la convocatoria del Consejo Universitario obtuvo una magnífica respuesta. En el área de literatura, que fue la correspondiente para esta versión del concurso, se presentó un total de 56 obras publicadas en Chile o en el exterior, pero siempre como producto de autor o autores chilenos. Quizás es un lugar común el mencionar que la tarea del jurado fue difícil, pero créanme, que en este caso la aplicación de ese concepto resultó plena. Durante varios meses los miembros del jurado leímos y discutimos las obras en un trabajo que resultó por lo demás fascinante, al tener todos nosotros la oportunidad de leer tanta inteligencia e imaginación volcada en las páginas postuladas al premio. Quiero agradecer muy sinceramente al resto del jurado: Prof. Lucía Invernizzi, Prof. Marino Pizarro, Prof. Federico Schopf y Prof. Fernando Valenzuela Erazo; por su dedicación a esta responsabilidad que nos encargara el Consejo Universitario. Pero quiero agradecer además la oportunidad que se me dio de aprender tanto de ellos, de su poderosa intuición, de sus juicios informados, de sus ideas y de su calurosa amistad. Creo que, en lo personal, por ello, este trabajo encomendado por el Consejo nos ha enriquecido a todos, producto de la interacción entre los miembros del jurado.

Entre las obras presentadas existía una notable diversidad. Había trabajos de creación literaria, estudios críticos, textos de reflexión, interpretación de temas culturales, trabajos de inspiración histórica. Obedeciendo al mandato del Consejo, nuestro trabajo se concentró en las obras de creación literaria, que contenía más de 40 contribuciones en los géneros de prosa y poesía. En julio concluimos nuestro trabajo, y efectuamos la recomendación requerida que aceptó así el honorable Consejo Universitario.

La obra de Jorge Edwards El sueño de la historia, constituye un aporte importante para la reflexión histórica, ya que realiza un atrevido paralelo entre un exiliado que retorna a Chile a fines del gobierno militar en los ochenta, con la tormentosa vida de Toesca a fines del siglo XVIII. Los pensamientos de independencia, los miedos a la nueva realidad, los tormentos del continuo transitar de la historia por experiencias desconocidas, se articulan de modo magistral y permiten, en la obra, concebir al continuo histórico como un sueño, donde pueden imaginativamente vincularse tiempos distintos para resaltar ideas, principios y valores. Quizás mucho en la línea de lo que Ferdinand Braudel denominara "la larga duración histórica".

La obra de Ana María del Río A tango abierto es también una mirada con proyección hacia los tiempos históricos. Allí se despliega la memoria de un grupo de jóvenes de los sesenta que proyectan su historia a la realidad en los últimos treinta años, contrapunto que se refleja en las letras de un tango, como recurso para contrastar tiempos e ideales, y el inevitable sello de desencanto y frustración.

Nos sentimos muy satisfechos con ambos premios, realzando esta entrega, por el hecho simbólico de referirse ambos trabajos premiados, de un modo u otro a la historia. Son, por tanto, ellos también un elemento, un factor, que destaca la importancia de mirar a los tiempos para poder aprender de ello, aprender; por ejemplo, las lecciones que nos dieron los grandes estadistas de Chile que pusieron tanto ahínco en la formación de las personas, el verdadero fundamento de un progreso real.

Gracias a la Fundación Manuel Montt por su siempre generosa disposición. En particular al Prof. Luis Montt, por su ayuda, por su generosidad, por el tiempo que siempre ha dedicado a que el legado de sus antecesores se cumpla en forma magnífica. Gracias a todos quienes presentaron sus trabajos a este concurso, puesto que han permitido que la selección sea efectivamente la mejor posible. Gracias, de nuevo, al jurado por su disciplina incuestionable y por el tiempo generoso que dedicaron a la tarea. Gracias a todos ustedes, señoras y señores, por concurrir a este testimonio que pertenece a lo mejor de la Nación.

Muchas gracias.

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