Conferencia "El rol de las Universidades Estatales en el mundo globalizado de hoy", en el marco del Seminario de alumnos destacados del Consorcio de Universidades Estatales de Chile

Me han solicitado disertar sobre la globalización y lo que dicho proceso implica para nuestras universidades. Es un tema extraordinariamente importante, a pesar de lo primario que son los debates sobre universidad en el país, concentrados en temas puntuales, en asuntos que aparecen muy prominentes en nuestros periódicos, pero que pasan de moda posteriormente como si ya no existieran. En esos debates no se atacan las cuestiones que constituyen en mi opinión retos que necesitan una mirada hoy ausente en el mundo político, que es la visión a largo plazo. Digo esto al comienzo de mi disertación, porque cuando se piensa en una materia como globalización no estamos hablando como creen muchos políticos de lo que va a suceder en las Naciones Unidas de aquí a diciembre, o de los problemas que se van a enfrentar en el mundo árabe y sus relaciones con el mundo occidental el próximo año. Estamos pensando en las implicancias de una cantidad de desarrollos económicos y tecnológicos que hoy ocurren en el mundo, pero que van a extender sus efectos a nivel planetario una década o más. Hoy, deplorablemente, nuestro ámbito político está más preocupado de estos temas puntuales con efectos de corto plazo. Lamento eso, y tenemos que sentirlo en el mundo universitario, porque la educación, si no se piensa a 10 años, lo único que estamos haciendo es repetir más de lo mismo, y que frente al reto internacional que hoy tiene el país y las universidades, requiere una mirada distinta y un diagnóstico, una reflexión en un contexto temporal más amplio, además de instrumentos diversos para ayudar a que el sistema no sólo se adapte a lo que vaya pasando, sino que se anticipe a ello para que, efectivamente, podamos disfrutar plenamente de las ventajas del proceso de mundialización en el que estamos inmersos.

Hablaré primero del concepto, y luego me referiré a las implicancias que el concepto de globalización tiene para el desarrollo universitario nacional.

En la década del ochenta, hablábamos del proceso de Integración Económica. Era un discurso que venía de antes, pero en medio de la Guerra Fría la integración económica constituyó más bien un tema que consistía sólo en algunas manifestaciones puntuales en Latinoamérica, menos que en otras latitudes, respecto a la necesidad de colaboración y complementación. Acuerdos, organizaciones, pactos –como el Pacto Andino– se suscribieron durante años. Sin embargo, nada de esto funcionó efectiva y plenamente, porque en el marco de la Guerra Fría se privilegiaba la autarquía económica, de cada uno de los países, lo cual constituía un instrumento de dominación de las grandes potencias respecto a los países más dependientes, pequeños y más marginales en el mundo. Eso ocurrió durante la post-segunda guerra. En los años 80, se empezó a retornar el concepto de Integración Económica, lo cual resultaba de los procesos de desajuste progresivos que habían tenido los países pobres, latinoamericanos particularmente, pero también de los países subdesarrollados de otras áreas del mundo y que requería una mirada distinta al rol del comercio internacional. Se unió ello a la experiencia asiática que había sido un poco independiente, aunque dentro de la lógica de dominación mundial imperante. Lo que había ya ocurrido desde los años 60 en Corea, Taiwán, Singapur y Hong-Kong –los “cuatro tigres”– mostraba que el éxito económico tenía mucho que ver con la apertura económica; estas economías apostaron al desarrollo del sector exportador, constituyendo ello una especie de excepción en su época, especialmente respecto de la receta proteccionista tradicional. Hay notables economistas que escribieron en los años 60 que Corea del Sur, por ejemplo, no tenía ningún destino y que 20 ó 30 años más tarde seguiría siendo un país agrícola. Cuando se contrasta esa afirmación con lo que ha ocurrido con Corea a fines del siglo XX, efectivamente algo tiene que ver en esto la apertura económica, el desarrollo exportador y la integración. El éxito en capacidad de crecimiento que se ha derivado de esa estrategia al cual se han sumado otros, como el caso de China y otros del Sudeste Asiático, incluyendo otros que están camino a eso, como es el caso de Vietnam, muestran las enormes ventajas de la apertura económica para obtener una complementación económica, no a través de pactos, sino merced a un sistema de libre intercambio comercial. Esa es la lectura directa, que se hizo en los años 80, y fue la lección que se transmitió a los países latinoamericanos; Chile fue uno de los buenos alumnos, y el llamado Consenso de Washington dictaminó la necesidad de buscar mayor estabilidad económica para estos países con problemas recurrentes sobre la base de apertura y libre mercado. No hay que olvidarse de los problemas históricos de nuestros países en términos de inflación, desajustes fiscales y, en general, en relación al funcionamiento de todo el ámbito macroeconómico. Como resultado, a partir de los años 80 la estrategia del ajuste buscó por el lado de la apertura comercial, la integración económica, la participación en los flujos de comercio, y la apuesta a la disminución del tamaño del Estado y al mayor rol de los mercados en la economía.

Por lo tanto, la estrategia de desarrollo desde los 80 en adelante ha estado impulsada por este diagnóstico, que han aceptado todos los países en mayor o menor medida. Aunque el grado de éxito y de sostenibilidad es variado, los países en el mundo se han movido hacia una estrategia de apertura y competitividad. Si se compara la participación del comercio exterior en el Producto Bruto chileno, este indicador es infinitamente mayor al que se caracterizaba en los años 60. Similar situación ocurre en México, Brasil, Costa Rica, Argentina aún con los problemas que conocemos que han tenido varios países con relación a la vinculación de los programas económicos con la gestión política.

Un primer hecho a destacar es que la integración económica ha pasado a constituir una evidencia real, concreta, favorable, como en el caso de los países asiáticos. Esto se extrovierte por medio de una especie de pacto político logrado en Washington, para inducir mayor estabilidad y potenciar el desarrollo y crecimiento en los países que habían tenido históricamente problemas de inestabilidad en la autarquía. En medio del cambio en mentalidades y tecnología, el mundo se abre cada vez más a estrategias económicas que avanzan de la integración a la globalización. Pero esto había ocurrido antes en el mundo. Hay una obra de Keynes, un economista connotado de la década del 30, que se llama “Las consecuencias económicas de la paz”, escrita por el año 1920, donde describe a este hombre que vive en Londres, y que en la mañana toma té venido de la India, levanta el teléfono para saber como ha evolucionado el valor de sus acciones en Nueva York, fuma un habano de Las Antillas, se viste con telas de la India. Es un hombre que empieza a disfrutar de este mundo que se abre al comercio, un mundo en proceso de globalización; un mundo nuevo, distinto al que caracterizó particularmente a Europa en la primera parte del siglo pasado, con una economía más bien cerrada, protegida, basada en temores y grandes desconfianzas entre naciones. La pregunta que se hace Keynes es ¿qué va a pasar después? La respuesta estuvo en que luego las potencias decidieron desactivar este ingente proceso de integración, primero a raíz de la experiencia traumática de la recesión económica de los años 30, pero fundamentalmente por temas políticos que derivaron de la Primera Guerra. Se frenó la globalización temprana del mundo que se venía desarrollando en la segunda y tercera década; se frenó totalmente y se pospuso por al menos 50 años.

¿Pasará algo parecido ahora? ¿habrá un nuevo Consenso de Washington que en 10 ó 15 años más nos diga: “Ustedes se equivocaron:, en realidad no hay que desarrollar el sistema exportador, hay que proteger la industrialización a toda costa en los países más pobres, no importa que tenga que pagarse por costos como más inflación y más desequilibrios, porque al mismo tiempo nos hemos dado cuenta que esta estrategia de apertura tan indiscriminada crea problemas sociales, y debe tratarse de proteger más el aspecto de la equidad?”

En paralelo a estos desarrollos económicos objetivos, materiales y concretos, surge el tema del desarrollo tecnológico. Aspecto que queda fuera de los acuerdos de Washington o de cualquier organización en el mundo, pues, nadie acordó, por ejemplo, desarrollar Internet. No ha habido nunca un acuerdo internacional que favorezca potenciar el desarrollo multimedia, el desarrollo comunicacional o la creación de todo tipo de instrumentos que a través de Internet están revolucionando el conocimiento. Este es un desarrollo totalmente autónomo, como lo es también el desarrollo comunicacional. El hecho que ahora se pueda tener un celular sin grandes costos para llamar a cualquier parte del mundo, es una cuestión que no se acordó en Washington ni en Moscú, ni en París, ni en ninguna parte. Esta revolución tecnológica y comunicacional ha reforzado otro hecho, que es el acuerdo económico que ha surgido de los organismos internacionales y ha sido promovido por todas partes por la experiencia exitosa de los países asiáticos. Se ha ido transformando lo que era en un comienzo un proceso de integración económica amplia, en un proceso de globalización, que muchos autores conciben como un proceso de mundialización. Un conjunto de investigadores chilenos que decidieron irse a Valdivia a vivir con mejor calidad de vida, y no estar contaminados en Santiago, demuestra que alguien se puede sentar con su computador en cualquier parte del mundo y hacer su trabajo, y que no es necesario estar en la gran urbe. Ese es un hecho que refleja lo que está ocurriendo hoy en cuanto a esta mundialización, y que hace en gran medida que este hecho sea indetenible como un proceso más allá de lo puramente comercial. Por lo mismo, los estudiantes pueden levantar el dedo en cualquier clase y desmentir al profesor, porque ellos han tenido acceso a información mucho más actualizada que la que el profesor tenía el día de ayer, cuando preparó la clase.

Están cambiando este tipo de relaciones, incluyendo la dimensión de inversión. Hoy, producto de las tendencias económicas, la tecnología y la comunicación, la inversión se desarrolla de una manera internacional, con una perspectiva mundial o altamente regional más que local. Una de las cosas que me sorprendió trabajando en Washington, era cómo se tomaban las decisiones respecto a lo que había que hacer cuando los países presentaban riesgos. Lo primero era suspender todo en el vecindario y en el país en cuestión, porque era muy difícil identificar con precisión el riesgo. El problema ocurría en Chile o Argentina, y ese riesgo tenía una contaminación producto de las mismas redes de conexión comercial o empresarial y, por lo tanto, lo que había que hacer era suspender todo el flujo de capitales mientras no se aclarase el panorama para todo el vecindario. Así ocurría también, por ejemplo, con todos los países de Europa del Este que presentaban síntomas preocupantes. Si por el contrario eran muy estimulantes, los flujos y las decisiones de inversión que se tomaban para el conjunto, aumentaban no para países específicos, a excepción por supuesto de China, que tiene un sentido estratégico distinto como otros países de ese tamaño y de esa trascendencia.

El caso de Chile no es excepción en esa materia, y se ve como parte del continente americano. Cuando decimos: “nosotros somos distintos, aquí el vecindario es el que se porta mal ya que nos portamos muy bien, somos buenos alumnos”, la lectura no es generalizadamente de aceptación. No hay una clara distinción al menos en un primer momento, poniendo ello de relieve otro hecho que es fundamental: la inversión tiene un sentido regional y no de país específicamente. Claro; están los recursos naturales, pero el día que Goodyear venga a instalar una planta para fabricar neumáticos, no va a reparar en el caso chileno, va a pensar en la región y en cómo la región está interconectada para hacer mejor sus negocios: si tenemos salida por el Atlántico y si es que la capacidad de mano de obra es complementaria; si podemos hacer unas partes en Argentina, otras en Chile y otras en Perú. Hay una dimensión que es completamente distinta a la del pasado, en la que se invertía en un país específico. Hoy la inversión pasa a ser regional y específica a la industria, y eso tiene un cambio fundamental, porque no se tratará de retirar la inversión de Chile, sino que tendrá que ver con la región. Es por eso que también la atención que el país debe brindar a problemas regionales debe ser de primera magnitud, no una cuestión marginal o voluntaria, porque hoy dependemos de cómo estamos interconectados en la región para ofrecer buenas alternativas de inversión.

Si se observa la inversión por el lado de la eficiencia, la mejor demostración de la eficiencia es la constitución de la Comunidad Europea ¿Quién habría podido advertir 20 ó 30 años atrás lo que hoy ha ocurrido con la Comunidad Europea? En que hay una moneda única, un Banco Central único, y los países han perdido total independencia en cuanto al control de su política monetaria. Se ha buscado la eficiencia económica máxima –y ni hablar de la gigantesca iniciativa de la reforma de la educación superior en la Unión Europea–. Lo que está ocurriendo hoy en el mundo es que ya las voces son de la Comunidad Europea, de la APEC, de la OECD, es decir, de las grandes organizaciones. Ahí hay otros actores que tienen menos voz, y naturalmente menos voto, como es el caso de la nunca consolidada unidad latinoamericana.

Hay un proceso que está ahí a la vista, de integración económica, de eficiencia, y con otro elemento que es muy importante. Hoy el gran reto para las grandes corporaciones, que son en verdad las que están comenzando a manejar el mundo, está en ampliar los mercados. Entonces todos importamos, y los países chicos interesamos sólo porque somos mercados potenciales para los grandes consorcios internacionales. Mc’Donald tiene un nivel de actividad que es comparable al Producto Bruto chileno, y por lo tanto su poder hegemónico, político, válido por la protección de sus derechos, pasa a ser más importante que los productos de los países individuales.

De manera que estamos ante un proceso indetenible. Nadie puede decir que sea efectivamente así, pero no sabemos como se podría “detener” el cambio tecnológico que está ocurriendo a tasas avanzadísimas, así como el propio proceso de integración comercial. ¿Cómo le decimos a los niños chilenos que ya no queremos Mc’Donald y que lo queremos expulsar del país? Hay un fenómeno ahí, y hay que reconocerlo, que no nos gusta, a mí no me gusta, porque se empiezan a perder, grados de independencia. Esto afecta naturalmente nuestro patrimonio cultural. En gran medida nuestros niños ya conocen más la hamburguesa y menos la empanada, y beben más Coca-Cola que bebidas nacionales. Hay aquí una cierta pérdida y ello levanta una serie de preguntas al respecto ¿interesa defender nuestros valores, nuestro patrimonio cultural? ¿O no nos interesa? Si nos interesa, ¿cómo lo hacemos?; ¿qué tenemos que hacer para proteger aquello de lo que nos está ocurriendo? Más allá de los discursos respecto a que hay que terminar o no este proceso, que tiene muchas cosas que podemos naturalmente detener o regular mejor, en lo grueso este es un proceso que ya está aquí y probablemente está para quedarse.

¿Qué tiene que ver esto con el desarrollo regional? Surge una pregunta que de nuevo engarza con esta perspectiva a largo plazo, y que he dicho está ausente de los debates políticos. Nuestro país espera ser desarrollado. Eso lo vemos en todos los discursos y significa, entre otras cosas, que el país tiene que sostener una tasa de crecimiento cercano a 6% durante 20 años para alcanzar el piso del nivel industrial per cápita de España actual. Ese es un reto.

Se pueden sacar otras cuentas. He escuchado a algunos que han dicho que este desarrollo se alcanzaría el 2010, panorama que no creo posible. Pienso que para que el país alcance el nivel de los 17 mil dólares per cápita quedan bastantes años. Es posible que el país pueda mantener una tasa de crecimiento adecuada durante todos esos años, pero requiere una visión distinta de país, desde el punto de vista intrageneracional además del tema de las transiciones políticas, etc.

Pero aquí vienen otros temas que están vinculados. Primero, el tema de la equidad, el cual era antes un discurso más bien político y considerado de tipo socialista. Cuando los jóvenes estudiantes protestábamos porque las cosas afectaban a los pobres, teníamos una gran carga emocional y de conciencia social sobre estos problemas, que sigue estando presente pero que hoy pasa a ser un tema económico de vital importancia. El hecho que Chile esté entre los 12 primeros países en materia de crecimiento, pero entre los 15 últimos en materia de equidad, es una luz amarilla para cualquier inversionista que quiera hacer negocios en Chile. Porque esa situación anuncia tensiones sociales, revela que hay sectores marginados, indica que hay problemas –en un esquema puramente económico– de productividad de la mano de obra, que hay grandes diferenciales de productividad y eso señala esas grandes diferenciales de ingreso. Ahí hay un tema que hay que abordar y no se ha enfrentado. Probablemente no es un tema nuevo: muchos dicen que esto venía desde antes, de los 60. Se ha dejado como una solución natural el “vamos a esperar a ver qué pasa”, y desgraciadamente este es un sistema de ecuaciones simultáneas. Una de las ecuaciones es Crecimiento y otra de las ecuaciones es Equidad; y se resuelven simultáneamente. Porque la Equidad es uno de los componentes para obtener Crecimiento por la vía de obtener mayores inversiones, tal y como la equidad depende de la tasa de crecimiento en lo económico.

La pregunta es ¿cómo podemos conseguir un país que se integre mejor y consiga altas tasas de crecimiento y una mayor equidad? ¿cuál es el escenario si no lo hacemos? Este proceso de mundialización funciona igualmente, y Chile podría quedar en calidad de un país con buena productividad basada en recursos naturales no renovables, y mano de obra barata. Hoy en día Chile está entre los países más baratos del mundo, desde el punto de vista del costo de la mano de obra. Es obvio que la productividad es más baja, porque la capacitación y la educación son relativamente más malas en nuestro país, como lo muestra una sucesión de estudios empíricos. Muchos no invierten acá, porque no encuentran mano de obra adecuada, y esto también incluye a los profesionales, en cuyo caso se señala que los nuestros no están necesariamente bien evaluados. Entonces hay mucho que hacer en ese ámbito, el que desgraciadamente los políticos lo ven en el contexto de una deseable cierta generosidad estatal en el propósito de financiar educación para mejorar la mano de obra.

Este es un gran reto nacional, consistente con el discurso político que sí podemos lograr desarrollo para las próximas generaciones. Este objetivo precisa cambios en la visión existente respecto a materias básicas relacionadas con inversión, entre ellas la inversión en las personas, y tiene que ver asimismo con materia de equidad. Si no, este proceso de mundialización nos va arrastrar a ser solo productores de palos, de piedras y de fruta con mano de obra barata. Eso siempre va a dejar un excedente, pero obviamente que con ese excedente no vamos a ser capaces de prometer desarrollo ni en 20 ni en 40 años, porque los demás países están desarrollándose también a tasas respetables y con mayor inversión en generar valor agregado incorporado en la producción.

¿Cuál es entonces, el reto que esta realidad presenta para el sistema universitario? Obviamente los hay para el conjunto educacional, pero para el sistema universitario existen unos retos directos e inmediatos. Me parece que son dos los fundamentales. Hay retos indirectos en materia de calidad formativa y consistente con la idea de gente mejor preparada, cuestión más o menos obvia en que no voy a profundizar. Pero sí deseo destacar otros aspectos.

Reto número uno: tenemos la competencia internacional universitaria ad portas. Ya Harvard instaló una oficina en Buenos Aires. Otras, están instalando oficinas en Santiago, y por lo demás están los computadores, a través de los cuales yo puedo obtener Doctorados o acceder a todo tipo de programa e información. De manera que la competencia universitaria está a las puertas, y las universidades debemos sentir esa presión. No las universidades privadas, porque están lejos de ellos, y están conformes con sus mercados y provisión de títulos para que salgan rápido al mercado, y vuelvan ojalá pidiendo cursos de capacitación a ellos mismos. Las Universidades Estatales y algunas privadas del Consejo de Rectores vemos esto con bastante preocupación, porque la competencia internacional es un empuje forzado a nuestra capacidad académica, a nuestro trabajo. O sea, competir con Hardvard no va a ser fácil, ni con el MIT que ya puso todos sus programas en el Internet. Tenemos que ser capaces para poder trabajar con esa competencia es siendo mejores y más innovadores. Es un reto que concierne a nuestra calidad y organización. Tenemos que ser mejores y más innovadores que ellos, que todos ellos.

Aquí está la Silver International University, y van a llegar otras corporaciones a invertir en universidades privadas. Nótese que varias de ellas podrán hacerlo en serio ¿por qué no? Podemos tener universidades privadas muy en serio, muy bien desarrolladas y orientadas al producto, a las ganancias, como en Estados Unidos pero proveyendo docencia de buen nivel. Se trata de un negocio legítimo. Entonces tenemos que estar preparados para esta competencia universitaria que está vinculada directamente con el tema de la globalización y la integración.

Es cierto, podemos hacer mucho como país. En primer término, debemos regular bien el sistema, imponiendo reglas de transparencia, mediciones de calidad, y una definición de políticas sobre las universidades estatales. Creo que estas acciones hay que acometerlas, pues el proceso en curso es indetenible. No podemos decirle que no a Hardvard si quiere instalarse en Chile. Podemos generar obstáculos, pero Hardvard igual tendrá una sede en Chile si lo desea y deberemos competir con ellos. Es un tema serio y tenemos que prepararnos desde el punto de vista de nuestro trabajo interno tanto como desde el punto de vista de las políticas públicas.

Pero segundo, y más grave: todo esto camina a la posibilidad que profesionales de cualquier parte del mundo se puedan desempeñar en Chile, tal como podremos ir a desempeñarnos a cualquier parte del mundo. Muchos de ustedes, diez años más tarde competirán con ingenieros argentinos, abogados peruanos, médicos bolivianos y habrá distintas discriminaciones en los mercados por términos de calidad. Este es uno de los puntos que se discute en todos los tratados internacionales, Treinta años atrás nadie habría pensado que un médico alemán pudiera trabajar en España. Hoy se está discutiendo cómo se hace. Un abogado español puede desempeñarse en Italia. Así, este cambio, viene y debemos enfrentar dos retos: Primero la competencia universitaria, que está a las puertas y se va a instalar, sobre todo en un país que está expandiéndose económicamente, y es muy atractivo para muchas instituciones. Hay universidades alemanas que se están instalando acá y ahora más; y este fenómeno del conocimiento es también muy integrador. No se puede decir que el conocimiento alemán aquí no vale, tenemos argumentos sólidos para oponernos a instituciones de buena calidad, podemos oponernos a las de mala calidad que solamente vienen a obtener retornos financieros, pero ese es un proceso que de alguna manera tenemos que enfrentar. Las universidades europeas se han preparado para un monumental proceso de integración continental destinado a aumentar la movilidad académica y profesional; Chile debe prepararse para un cambio equivalente. Segundo, es la competencia profesional. Así como tenemos que preparar profesionales para que se desempeñen en cualquier parte de Latinoamérica, y lo veo difícil cuando estamos produciendo 1.100 abogados por año, o algo así de periodistas o ingenieros comerciales ¿Qué vamos a hacer con eso? No sé, porque aquí todo funciona con prácticas inadecuadas que se transforman en una regla. Creo que debemos formular una llamada de atención para ordenarnos y poner un sistema mucho más integrado. Ese es un esfuerzo que están tratando de hacer las Universidades del Estado, de convertirnos efectivamente en una red. Porque si somos las Universidades del Estado una gran red podemos ser una fuerte competencia o resistencia que venga de cualquier parte. Pero individualmente, y a pesar que la Universidad de Chile y la de Santiago tengan mayor tamaño, igual se nos haría bastante cuesta arriba competir con estos grandes monstruos, con estos grandes capitales que pueden venir a desempeñarse acá.

Pero también se presentan algunos retos indirectos. El número uno es que tenemos que admitir la presencia de la mundialización en nuestra enseñanza, frente a lo cual pareciera que en el sistema vamos detrás de los hechos. Los académicos tenemos una cultura que cuesta cambiar, sobre todo en las carreras más tradicionales. En Derecho, por ejemplo, habría que adoptar una óptica distinta, eliminar muchas cosas que son parte de la tradición, que son muy hermosas, pero que en la actualidad podrían ser reemplazadas por otros temas. En Derecho, este tema de la mundialización es un área muy crítica, donde empiezan a jugar los sistemas comparados y las reglas internacionales. Tenemos que ser capaces de ser más innovadores, y debemos someternos a las (nuevas) preguntas de los estudiantes, convertidos en los actores de innovación más importante de una universidad. Nunca me sentiré obligado a cambiar nada sino cuando un estudiante un día en mi clase me dice: “Mire, profesor, perdón pero yo leí otra cosa”. Ese es el agente formador y de cambio más importante, porque tenemos tendencia a auto validarnos, y quienes me validan a mí, son pares míos, que somos de la misma generación. Hoy el cambio es de una velocidad tal que a veces ni siquiera podemos darnos cuenta, por lo cual la pregunta es muy importante.

Segundo, además de la necesidad que las universidades deban estar al día, y señalando mi creencia respecto a que nuestras universidades en general no lo están, a las comunidades académicas nos cuesta mucho el cambio. En mi posición de Rector aprecio permanentemente esta dificultad, que implica cambio en el recurso humano además de asumir el hecho de un necesario cambio permanente. No es que cambiemos los programas “un poquitito” y sigamos adelante; tenemos que cambiar definitivamente todo. Estamos en un gran esfuerzo por cambiar la estructura de la enseñanza de pregrado, para que los estudiantes tengan dos años comunes, para continuar con sus respectivas carreras y luego postgrados.

Esto que suena tan bonito y tan fácil, consiste ni más ni menos que en un cambio en la cultura tremendamente complicado, porque todos somos animales de costumbre y cambiar nuestras costumbres de años cuesta mucho. Cuando está en juego la supervivencia de las instituciones, por lo menos en materia de calidad, me parece que deberíamos tener una actitud más pro-activa hacia el cambio que cuesta inducir.

Desde luego que debemos tener enfoques distintos, los cuales hoy están ocurriendo. Se trata de basarse menos en currículum y mucho más en desarrollo de competencias, porque eso es lo que nos permite adaptarnos al mundo. En el pasado, un ingeniero se formaba definiendo los 40 cursos que requería para desempeñarse en cualquier área, al igual que un abogado, y otros profesionales. Hoy el tema es al revés ¿Cuál es el ingeniero que queremos? ¿Qué competencias queremos desarrollar? Miremos al resto del mundo ¿Qué queremos hacer con este ingeniero? ¿Dónde quiere ir? Y en función de eso desarrollemos un currículum. Es un enfoque nuevo, innovador, pero que cuesta implementarlo a pesar de lo urgente.

Desde luego, debemos estar más orientados hacia la educación permanente. Ya es frecuente que un profesional salga con el diploma de la sala de graduación y haya cambiado lo que aprendió durante los cinco años anteriores. Es una cuestión que hoy es un hecho. E incluso, no es solo en áreas claves como la medicina, sino absolutamente en todo. Eso incluye Derecho, Historia, Filosofía. El conocimiento está cambiando sorprendentemente. De manera que el tema de educación permanente ya no consiste sólo en que las universidades cuenten con sistemas de cursos que complementen a aquellos de las carreras, sino que es necesario revisar toda la estructura curricular de nuevo. Debemos hacer re-ingenierías de las carreras, considerando que las especializaciones se den en los post grados y que éstos sean permanentes. Tenemos que volver a buscar la actualización, especialmente en la formación universitaria.

Existe otro tema con los retos indirectos que tienen que abordar las universidades y que el Rector Prof. Ubaldo Zúñiga sugería en esta discusión respecto al rol de las Universidades Estatales. Se producen dos ámbitos, y uno de ellos es la marca de servicio público. Se puede decir: “mire, no me importa lo que pase, total yo estoy formando ingenieros” pero es indudable que una universidad pública es responsable de otorgar un sello distintivo, como el de vocación de servicio. Eso es muy importante. Porque a pesar que ha aumentado la cobertura, la cantidad de jóvenes, igual seguimos siendo una minoría; con el actual sistema, uno de cuatro jóvenes puede llegar a la educación superior y tiene que haber una marca de servicio público, porque lo que distingue especialmente a las universidades tradicionales es la producción de bienes públicos, y uno de ellos es el servicio a los demás. No se trata que re-eduquemos a los profesionales para que desarrollen cruzadas semanales de servicio voluntario. Se trata que en la actividad se inspire vocación pública, sea médico, ingeniero, abogado, profesor. Eso es muy importante, en un mundo que avanza velozmente hacia la materialización exclusivista, hacia el consumismo y la segregación. Si no nos gusta, tenemos que tratar de contrarrestarlo con acciones que nosotros podamos desarrollar desde nuestra actividad profesional. Esa es una marca que creo que es muy importante para egresados de Universidades del Estado.

Otro aspecto de importancia tiene que ver con la labor de las universidades para cuidar el patrimonio cultural, si creemos efectivamente que eso es algo que debemos proteger. Pienso que los países necesitan cierta identidad. Un buen funcionamiento de una nación en un contexto de globalización requiere de un país fuerte respecto de su propio patrimonio cultural. No da lo mismo, como en algunos países ha ocurrido, dejar este aspecto de lado y provocar el desarrollo de una cultura híbrida poco proclive al sentimiento de nacionalidad que requiere el proyecto país. Hay acciones que tienen que ver con nuestro trabajo a nivel universitario en promoción de la cultura y de protección y desarrollo de patrimonio. Nótese que las actividades artísticas –como a los señores rectores les consta¬– y de las Facultades de Artes, son las menos rentables causan los mayores problemas, pero es parte indispensable del trabajo universitario, fundamentalmente en el caso de una Universidad del Estado. Me parece que eso hay que desarrollarlo, porque es una buena manera de enfrentar este tema.

Para terminar, observo que estamos en medio de un gran problema. Vuelvo a lo que dije en un comienzo: nuestros políticos no están preparados para abordar estos temas, porque estas discusiones, como he tratado de sugerir, no es el tema qué es lo que voy a hacer en los próximos años, ni el tema del presupuesto del año 2006. Es algo que va más allá. Pensemos a 10 o 15 años, y obviamente en ese escenario las universidades tenemos retos que son fundamentales y que a lo mejor vamos a perderlos, y quizás en 10 o 15 años más en el escenario van a haber grandes universidades internacionales y van a sobrevivir unas pocas entidades nacionales, producto de su historia, de algo, pero que en definitiva no va a ser un sistema nacional universitario ni menos estatal. Por lo tanto la advertencia es a detenernos a pensar en estos problemas, pero con las acciones que corresponden para ir enfocando o modelando nuestro trabajo universitario y así enfrentar el reto de la mundialización.

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