Pasadas las cuatro de la tarde del 12 de abril del 2014, se inició un incendio en las zonas altas de Valparaíso, siniestro calificado por las autoridades como el peor que ha vivido la ciudad en toda su historia, y que dejó como consecuencias 15 personas fallecidas, más de 12.500 damnificados (2.998 familias) y 965 hectáreas de los cerros consumidas por el fuego. Hoy, a dos años de la tragedia, estas secuelas aún se sienten en el puerto.
Fue el 12 de enero de este año que la ministra de Vivienda y Urbanismo, Paulina Saball, entregó un balance respecto a la situación de la reconstrucción de las viviendas de las zonas afectadas en el que señaló que proyectan que recién a inicios del 2018 se finalice esta parte del proceso.
Según las cifras oficiales, el 100 por ciento de las 2.998 familias afectadas cuentan con un subsidio entregado en las diferentes tipologías de este beneficio. De éstas, el 42 por ciento permanecerán en el área afectada por el incendio -1.222 reconstruirán su casa y 21 ya las repararon-, mientras que el 58 por ciento serán relocalizadas a partir de la adquisición de una vivienda construida nueva o usada.
Para el profesor de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) José Antonio De Frutos, estos plazos resultan demasiado extensos si sólo contempla la solución de problemas habitacionales y no los elementos más estructurales de la planificación urbana incluidos en el plan de reconstrucción que fue concebido por las autoridades a partir de una “acción integral en escalas ciudad, barrio y vivienda, con énfasis en la equidad, seguridad y sustentabilidad”.
Para el profesor De Frutos, esta visión del proceso de reconstrucción es positiva, pero se contradice con que el proceso no se focalice en mejorar las condiciones de los territorios afectados ante nuevas amenazas. “Las viviendas siguen emplazándose en los mismos lugares de riegos donde estaban originalmente. Hay habitantes que en teoría debieran haber sido removidos de donde estaban sus casas, por lo tanto los problemas que tenían los cerros tanto en infraestructura como seguridad contra incendios o contra aludes o aluviones, sigue siendo exactamente igual”, plantea.
“La pregunta es si podemos habitar las quebradas de Valparaíso siendo que hoy día están ocupadas de un modo tan parecido al que había antes del incendio”, se cuestiona el también académico de la FAU, Alberto Texido, agregando que “si vemos otros casos latinoamericanos de intervención de barrios vulnerables, no es el principal problema que las personas queden viviendo ahí, porque la gestión del riesgo forestal o la solución de la vivienda como tal, son de algún modo diseños y obras posibles".
El académico de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza, Miguel Castillo, explica que este problema de las condiciones del territorio afectado viene de al menos hace 20 años atrás cuando toda esa zona estaba rodeada de empresas forestales. "Por condiciones de abandono, muchos predios quedaron sin una silvicultura preventiva, es decir, todos los bosques que están cercanos a las casas que actualmente están no se encuentran manejados. No están podados, no hay un raleo y no hay una limpia".
A esto se suma que en los últimos años el problema "no ha sido el incremento en superficie habitada en las zonas altas de la ciudad, sino que la densidad, es decir, que en un mismo espacio geográfico hoy podemos encontrar cuatro a seis veces más casas que las encontrábamos a mediados de los años 90. Ahora, a mayor casas por metro cuadrado, aumenta el peligro de incendios, y ese es uno de los grandes problemas", como informa Castillo.
Este punto resulta fundamental cuando se integra a la discusión uno de los enfoques menos considerados en los procesos de reconstrucción: la dimensión emocional de la catástrofe, tema que el académico de la FAU Luis Campos, ha venido investigando luego del incendio del 2014 a partir de un proyecto Fondecyt de Iniciación. Como señaló, las personas que han sido entrevistadas en el marco de este trabajo han manifestado “incertidumbre, dificultades para proyectarse, para rearticular sus redes, sus formas de trabajo, sus formas de sociabilidad”.
“En los cerros de Valparaíso es particular la situación que se da porque el hábitat que se ha configurado históricamente de manera progresiva en base a redes familiares y de apoyo que se van tejiendo, ha generado niveles de arraigo sorprendentes”, complementa Campos, por lo que resultaría crucial un trabajo de gestión de los territorios donde quedarán emplazadas finalmente las familias danmificadas hace dos años. Es justamente esta dimensión social y emotiva la que “no ha sido considerada, porque no tenemos expertos instalados en Chile que recojan ese aspecto”.
Para el profesor De Frutos, la planificación urbana de Valparaíso “tiene que tener una mirada global que incorpore todos los agentes que intervienen, partiendo por el terminal portuario que tiene un plan de desarrollo totalmente paralelo a la ciudad”. Otro aspecto que se debería incluir a la hora de mirar el futuro de la ciudad es “la desconexión muy importante entre lo que hay en los cerros y lo que pasa en el plan y cómo estos se conectan a partir de los ejes trasversales”.
Finalmente, como señala el profesor Texido, "estamos frente a un lamentable ejemplo del procesode reconstrucción entendiendo que ha habido esfuerzos pero que siguen evidenciando las falencias de una institucionalidad en que el Estado nacional, regional, municipal no logra la complejidad que la misma calidad de vida urbana requiere para la intervención de los espacios, especialmente en estos que son tan complejos”.
Para él es posible que el país genere una nueva mirada sobre el problema, “especialmente desde la institucionalidad que es finalmente la gran traba que tenemos para poder innovar en materia de reconstrucción urbana, más allá del problema de la prevención que es más global”.
