A lo largo de nuestra vida, tomamos cientos de miles de decisiones que impactan profundamente a nuestro planeta, incluso cuando no nos damos cuenta. Porque detrás de cada alimento que comemos, los jeans que compramos o la botella de plástico que desechamos, hay un consumo de energía, agua y transporte que crece a pasos agigantados.
Así lo señalan cifras de la ONU: la extracción de recursos naturales para garantizar la producción de comida, ropa, vivienda, entre otros, ha aumentado más del triple desde 1970, con un incremento del 45% en el uso de combustibles fósiles. Los procesos de dichos materiales son responsables de la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero mundiales y de más del 90% de la pérdida de biodiversidad y el estrés hídrico.
Nuestro estilo de vida se ha vuelto cada vez más insostenible, y los ecosistemas no pueden seguir el ritmo de nuestras demandas. En este contexto, una comunidad de la Universidad de Chile lleva una década impulsando proyectos orientados a generar bienestar social y ambiental, a través del desarrollo y aplicación de tecnologías emergentes de fabricación.
“El FabLab es un laboratorio de creación e innovación ubicado en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Somos parte de una red mundial que tiene más de 2000 laboratorios distribuidos alrededor del mundo. Y lo que tienen en común todos estos espacios es que buscan democratizar el acceso a las tecnologías. Entonces, son espacios abiertos, muy formativos y de experimentación. Dado que estamos en la Facultad de Ingeniería, en nuestro corazón llevamos el desarrollo científico y tecnológico hacia el bienestar ecosocial. Desde ahí surgen nuestros programas y todo lo que ofrecemos para la comunidad. Y, bueno, el hito más relevante en este espacio se pregunta qué significa hacer un laboratorio público”, comenta Danisa Peric, diseñadora industrial y Directora Ejecutiva de FabLab U. de Chile, espacio dependiente de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas que invita a crear nuevos productos enfocados en la biofabricación.
“Nosotros vivimos en un país históricamente agrícola, donde vemos una vocación por la agricultura muy fuerte. Por lo tanto, hay mucha materia orgánica y mucho residuo también. ¿Qué pasa si aprovechamos toda esta biomasa y la transformamos en materiales para nuestros proyectos? Por ejemplo, carozo de cereza, hoja y coronta de choclo, borra de café, que después podemos transformar en otros materiales a partir de las tecnologías que tenemos en FabLab. Entonces, si necesitamos un revestimiento interior para una casa, podemos tomar estos materiales e intervenirlos. Pero además, dada su composición, después podemos tirarlos a un compost, reincorporándose al suelo y nutriéndolo. La invitación es a pensar en los ciclos completos de las cosas que fabricamos y desde dónde salen estas materias primas. Podemos colaborar con la naturaleza para generar nuestra cultura material”, enfatiza Peric.
Coreza: una propuesta de diseño interespecie basada en carozo de cerezas
Diseñar y poner en práctica nuevos modelos productivos que integren lo local y lo global, y lo físico y lo virtual a través de una lógica colaborativa, es la apuesta de este laboratorio para abordar los complejos desafíos que se nos presentan hoy para proyectar un mejor futuro. En esta línea, Sofía Aceituno desarrolla “Coreza”, emprendimiento que nació al alero de su práctica profesional en FabLab durante 2020, donde diseña casas para gatos a partir de carozos de cerezas.
“En ese periodo el FabLab estaba trabajando en un proyecto llamado ‘Nodos de fabricación digital’, donde buscaban desarrollar distintas maquinarias que permitieran generar una biofabricación. En ese entonces yo estaba estudiando, trabajando con distintos residuos y casualmente a mí me tocó el carozo de cereza. La conexión fue casi automática, porque es un residuo que viene en un formato bastante fácil de manejar, como un cuenco pequeño, redondo, muy parecido a un pellet. También generé mucho interés en este residuo porque ya había investigado previamente sobre biofabricación, materiales biobasados y sus propiedades químicas, siendo el carozo un residuo lignocelulósico con propiedades muy parecidas a la madera. Desde entonces no he dejado de trabajar con él”, cuenta la diseñadora egresada de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.
Sofía trabaja principalmente con el carozo de cerezas marrasquino provenientes de la Región del Maule, las cuales tienen que atravesar tres etapas para convertirse en casas de gatos. Primero, la preparación de la materia prima, donde se seca con luz solar y posteriormente se muele en distintos granos; luego, un proceso de moldeado del material para darle estructura; y tercero, de ser necesario, un postproceso para aportar distintos acabados al producto final.
El resultado es una casa para gato de estructura no uniforme con terminaciones curvas. Según detalla Sofía, propuestas como estas también pueden producirse con otros “residuos” que desecha constantemente la agroindustria. “En Chile la agroindustria produce un montón de bioresiduos caracterizados por su composición lignocelulósica, presente en tallos, corontas y hojas, la cual permite ‘ligar’ de mejor manera la materia prima. Si bien nosotros partimos con el carozo de cereza, queremos empezar a integrar otro tipo de residuos junto a biofabricadores/as. Eso es lo maravilloso de la biofabricación: el mundo colaborativo que se está dando actualmente en la investigación e innovación”.
Un cambio de actitud para promover la biofabricación
A su vez, con el mismo carozo de cereza pueden producirse otros productos que promuevan el encuentro y la convivencia inter y multiespecie entre animales y humanos; un foco crucial en la propuesta de “Coreza”, señala la diseñadora U. de Chile: “Es un área súper linda de trabajar porque en el fondo es un tipo de diseño que no te enfrenta a tus necesidades, es un diseño que te enfrenta a las necesidades y al cuidado de otra especie. Entonces, me parece muy adecuado que, dentro de los criterios de sustentabilidad del diseño, empecemos a sacar a lo humano como centro de todo lo que diseñamos y pongamos las necesidades del medio ambiente”, comenta la egresada U. de Chile.
Para Sofía Aceituno, la protección del medioambiente constituye uno de los desafíos más importantes a abordar dentro del campo del diseño industrial, donde los biomateriales y la biofabricación resultan ser buenas alternativas para disminuir el impacto en el planeta, pero que no logran competir con los materiales derivados del petróleo.
“Pero creo que hay otro desafío más importante, que tiene que ver con la integración de materiales emergentes dentro de nuestra cultura material”, enfatiza la diseñadora U. de Chile. “Porque no basta solo con combatir los efectos negativos medioambientales que producen estos materiales contaminantes, sino que está muy relacionado con una conducta humana del consumo material. En este sentido, como diseñadora, creo que la integración de estos materiales emergentes tiene que ir asociada con una conciencia del cambio de conducta relacionada al hiperconsumo que tenemos actualmente. O sea, la explotación de los suelos y el excesivo desecho de lo que consumimos están directamente asociados a una conducta, no al material en sí”.
Y profundiza: “No es que existan materiales buenos o malos, es principalmente el uso que les damos y la preocupación por el fin de ciclo de vida que otorgamos a lo que producimos, diseñamos y consumimos. Entonces, me parece importante entender como desafío que, más allá de las dificultades en la producción y en la interacción en el mercado que puede enfrentar un material innovador o biofabricado, esta integración tiene que ir asociada con un cambio de conducta, con una alarma al estado de conciencia que tenemos actualmente sobre lo que consumimos, preocupándonos por aquello que sacamos del planeta Tierra y lo que desechamos de nuevo en él”.
Todos podemos vivir de forma más sostenible. Pero, para eso, hay que fijarse en el impacto que tienen nuestras decisiones cotidianas en el mundo que nos rodea. “Coreza” es un proyecto que encarna este espíritu de FabLab, sumándose a otros prototipos basados en biocuero hecho con scoby de kombucha y bioplásticos con cuescos de paltas, entre otras iniciativas.
Así, y mirando en retrospectiva los diez años de recorrido que celebra FabLab este 2025, Danisa Peric invita a seguir pensando este espacio como un punto de encuentro en torno a la creación e innovación, abierto no solo a la comunidad académica de la U. de Chile, sino también al medio: “Nuestro sueño es que todos y todas puedan acceder a lo que allí ocurre, conozcan a las personas que están ahí y se hagan parte de la comunidad creativa. Que puedan mostrar que existen otras formas de hacer estos proyectos, que son más abiertas y colaborativas, y difundir esas lógicas en el mundo de la innovación y el emprendimiento, que es tan importante”.
Si quieres saber más al respecto, te invitamos a revisar el capítulo 185 de Universidad de Chile Podcast. Ya disponible en Spotify, Tantaku, Apple Podcast y YouTube.