Hoy la filosofía chilena está de luto.
Patricia Bonzi Moas llegó al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile a fines de los años cincuenta como estudiante, y nunca dejó de serlo, en el sentido más hondo de la palabra. Pasó a ser ayudante, luego profesora, y con ese tránsito silencioso pero sostenido fue construyendo una de las trayectorias más singulares de la disciplina en nuestro país.
En un momento en que se exigía elegir entre el rigor académico y el compromiso político, entre la especialización y la apertura, Patricia Bonzi rechazó la disyuntiva. Formada en la filosofía moderna -Descartes, Hegel, Husserl, lectora lúcida de Bradley y traductora de Maquiavelo- supo ampliar su itinerario intelectual hacia el pensamiento latinoamericano y chileno, como también hacia Hannah Arendt y Emmanuel Lévinas, sin perder nunca el hilo de su interrogación filosófica fundamental. Fue, de tal manera, una filósofa en el sentido más cabal, alguien que buscaba en los textos respuesta a sus propias paradojas vitales. La violencia, el totalitarismo, el exilio, la exclusión. Y también la fraternidad, la libertad, el privilegio ético del otro.
En 1974, exonerada junto a sus colegas de la Sede Norte de la Universidad de Chile debió partir a París, donde cursó un DEA en filosofía. Regresó a su casa, a su Departamento de Filosofía, con su vocación intacta, solo en 1990, una vez advenida la democracia.
Ese segundo período de docencia fue, si cabe decirlo, aún más generoso. Seminarios, y cursos, investigaciones sobre fenomenología y filosofía política contemporánea. Muy relevante fue su rescate apasionado del pensamiento filosófico chileno, en las figuras de insignes profesores como Luis Oyarzún, Jorge Millas, Bogumil Jasinowski, Félix Schwartzmann. Patricia Bonzi los presentó a las nuevas generaciones como aquellos maestros imprescindibles que fueron.
Fue una de las pocas mujeres de su generación que llegaron a ser profesoras de filosofía en la Universidad de Chile, en una época en que esa excepcionalidad era vivida -como ella misma reconoce en el material audiovisual adjunto- sin plena conciencia de lo que significaba. Pero fue precisamente esa presencia, discreta y tenaz, la que abrió camino a quienes vinieron después.
Su legado, como lo han definido quienes la conocieron de cerca, es la autonomía intelectual. No el dogma, no la doctrina cerrada, sino el ejercicio de buscar en el diálogo con los grandes textos del pensamiento las preguntas más inquietantes.
Hoy la madrugada se la ha llevado para siempre. Pero las conversaciones que hizo posibles -esas conversaciones vivas, inseparables de una experiencia y de una vida- no tienen fecha de término porque se han vuelto intemporales.
Descanse en paz, profesora Bonzi.