Con una mirada crítica sobre las transformaciones de la comunicación científica y las desigualdades que atraviesan la circulación del conocimiento, la doctora María Fernanda Beigel, investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina y profesora titular de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, participó en el 12° Congreso de Bibliotecas Universitarias y Especializadas de la Universidad de Chile, organizado por la Dirección de Servicios de Información y Bibliotecas (SISIB).
El encuentro, realizado bajo la consigna “Pensar, leer, transformar: el conocimiento como bien público”, reunió a más de 700 profesionales de la información en el Aula Magna de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile. En ese contexto, Beigel presentó la conferencia “Cartografía de la ciencia abierta en Chile”, donde abordó las asimetrías existentes entre el norte y el sur global respecto al acceso abierto, las políticas científicas y los modelos de evaluación académica.
Durante su exposición, planteó la existencia de una disputa entre una ciencia abierta inclusiva, multilingüe, no comercial y gestionada desde la academia, y otra dominada por grandes oligopolios editoriales, altos costos de publicación y métricas centradas exclusivamente en el factor de impacto. “Hoy estamos en una disyuntiva muy importante en donde aquel mercado de publicación académica se fue apropiando de nuestras nociones de legitimidad y excelencia. Pero también estamos viendo un movimiento cada vez más fuerte por una ciencia abierta no comercial y por recuperar el control académico sobre nuestra comunicación científica”, señaló.
—¿Cómo nació su interés por estudiar la ciencia abierta y la circulación del conocimiento en América Latina?
Ya desde mi tesis doctoral trabajé sobre las revistas científicas, en ese momento revistas culturales latinoamericanas. Dediqué toda mi tesis doctoral, que terminé en 2001, a la red que construyó José Carlos Mariátegui desde Perú con la revista Amauta y toda una serie de revistas político-culturales de la época.
Entonces empecé a conocer todo ese campo político-cultural y artístico de ese período e interesarme por el formato revista: qué vehiculizaba, qué debates podía mostrar. Después de mi postdoctorado, empecé a pensar en las revistas más contemporáneas y a seguir trabajando sobre los años sesenta, formando cada vez más un equipo que pudiera explorar en profundidad el papel de las revistas en la circulación del conocimiento. Llevo por lo menos 25 años trabajando sobre revistas y notando que, aunque muchas veces se ha decretado su muerte, siguen vivas.
—¿Qué asimetrías ha detectado entre el norte y el sur global respecto a la adopción de la ciencia abierta?
Hay muchas diferencias acumulativas de posibilidades y recursos. Si comparamos Europa y América Latina, en Europa hubo todo un plan —el Plan S y la Coalición S— que impulsó políticas de acceso abierto, sobre todo a publicaciones, mediante grandes financiamientos.
Ahí existe una diferencia importante con América Latina, que tiene una adopción muy generalizada del acceso abierto y un ecosistema de publicación y repositorios de datos bajo égida pública, pero con mucha menor dotación de recursos e incentivos para desarrollar estas políticas. La ciencia abierta se ha desarrollado mucho desde las universidades públicas latinoamericanas, pero con menores capacidades institucionales y recursos, por ejemplo, para tareas como la curaduría de datos.
—¿Cómo evalúa la situación de Chile respecto a la ciencia abierta en la región?
Aunque no soy especialista en la política chilena de ciencia abierta, sí hice un recorrido para esta conferencia y creo que las políticas de acceso abierto a datos y publicaciones impulsadas por ANID son relativamente recientes, mientras que otros países ya cuentan con leyes nacionales.
También existe una diferencia importante respecto a las rutas de acceso abierto. La política chilena se presenta inicialmente como una ruta verde, pero con tendencia hacia la ruta dorada, mientras que Argentina, por ejemplo, tiene una ruta exclusivamente verde, basada en repositorios. En un contexto de creciente mercantilización de la publicación académica, eso genera diferencias relevantes.
Además, los incentivos ligados a publicar en revistas indexadas en Web of Science también terminan promoviendo ciertas formas de acceso abierto más vinculadas a circuitos comerciales.
—¿Por qué es importante medir el impacto de la ciencia en la sociedad?
Siempre es importante medir el impacto de la ciencia, sobre todo porque generalmente hablamos de investigación financiada con fondos públicos. Es fundamental rendir cuentas y mostrarle a la sociedad qué beneficios produce.
El problema es que los indicadores bibliométricos tradicionales, basados en el factor de impacto y las citas, hoy están muy cuestionados porque representan una mirada excesivamente academicista y cuantitativista. En cambio, los indicadores que buscan medir calidad y relevancia social están todavía en desarrollo.
Por eso deberíamos avanzar más hacia formas de medir el impacto social de la ciencia, más que solamente medir productividad.
—¿Qué otros indicadores podrían utilizarse para medir el impacto de una publicación más allá de las citas?
Hay muchos. Desde el impacto ligado a la generación de patentes o innovación hasta la incidencia en políticas públicas. Hoy existen equipos de investigación que están trabajando precisamente en medir cómo la producción científica influye en el diseño o implementación de políticas públicas.
También se puede medir el impacto a través de la ciencia ciudadana, la actualización de planes de estudio o la incidencia en distintos espacios sociales. Tanto dentro del mundo universitario como fuera de él, hoy existen mecanismos mucho menos academicistas para medir impacto que simplemente contar citas.
—Finalmente, ¿qué estrategias recomendaría a las universidades para fortalecer la relación entre investigación y sociedad?
En principio, fortalecer la relación con el entorno. Y ahí la ciencia abierta tiene una dimensión fundamental, además del acceso abierto a publicaciones y datos: la ciencia ciudadana.
América Latina tiene una tradición larguísima de extensión universitaria y las bibliotecas pueden cumplir un rol clave en esa relación entre universidad, producción científica y sociedad. Pero no desde una lógica vertical, como una “torre de marfil” que entrega conocimiento hacia abajo, sino desde la interacción.
Creo que las bibliotecas son una de las principales vías para construir ese tipo de interacción con el entorno y fortalecer una ciencia más participativa.