Rectora Alejandra Mizala Salces:

"Hoy nos corresponde ampliar las fronteras del futuro"

Discurso inaugural de la Rectora Alejandra Mizala
Las palabras de la Rectora Mizala dibujaron cuáles serán las prioridades para su gestión y los principios que guiarán su trabajo, como la importancia de la confianza.
Las palabras de la Rectora Mizala dibujaron cuáles serán las prioridades para su gestión y los principios que guiarán su trabajo, como la importancia de la confianza.
"Por primera vez en nuestra historia, una Rectora entrega el testigo a otra Rectora", celebró la Rectora Mizala.
"Por primera vez en nuestra historia, una Rectora entrega el testigo a otra Rectora", celebró la Rectora Mizala.
También invitó a fortalecer la vinculación con la sociedad, ya que "el conocimiento adquiere su pleno sentido cuando dialoga con las necesidades y aspiraciones de las comunidades".
También invitó a fortalecer la vinculación con la sociedad, ya que "el conocimiento adquiere su pleno sentido cuando dialoga con las necesidades y aspiraciones de las comunidades".
"Desaprovechar talento no es solo una injusticia; también es una de las formas más costosas de limitar el potencial de un país", dijo la Rectora Mizala.
"Desaprovechar talento no es solo una injusticia; también es una de las formas más costosas de limitar el potencial de un país", dijo la Rectora Mizala.

"Cuando una sociedad no logra reconocer y desarrollar todo el talento disponible, pierde mucho más que oportunidades individuales. Pierde capacidad de innovación, de creación, de crecimiento y de desarrollo. Pierde conocimiento, diversidad de perspectivas y posibilidades para construir soluciones a problemas complejos. En definitiva, desaprovechar talento no es solo una injusticia; también es una de las formas más costosas de limitar el potencial de un país".

Fue uno de los mensajes que entregó la Rectora Alejandra Mizala Salces en su primer discurso al frente de la Universidad de Chile, pronunciado en la ceremonia en la que recibió el cargo de manos de su antecesora, Profesora Rosa Devés, en "un momento de profundo significado institucional". "Por primera vez en nuestra historia, una Rectora entrega el testigo a otra Rectora", celebró la Rectora Mizala.

Sus palabras dibujaron cuáles serán las prioridades para su gestión y los principios que guiarán su trabajo, como la importancia de la confianza, la cual describió como la "infraestructura invisible" de la sociedad. "Es la condición que hace posibles relaciones mutuamente beneficiosas y la cooperación necesaria para enfrentar desafíos complejos. Sin ella, el conocimiento circula con dificultad, el diálogo se debilita y las diferencias se transforman en distancia y desigualdad", dijo.

También invitó a fortalecer la vinculación con la sociedad, ya que "el conocimiento adquiere su pleno sentido cuando dialoga con las necesidades y aspiraciones de las comunidades", y a impulsar el desarrollo académico y la labor investigativa.

A continuación, se reproduce el texto íntegro del discurso pronunciado por la Rectora Alejandra Mizala en la ceremonia de traspaso de cargo de este viernes 19 de junio de 2026.

  • Recibir, cuidar y proyectar

Cuando una comunidad elige a su Rector o Rectora, no solo designa a una autoridad. Confía una responsabilidad mayor: custodiar una institución construida por generaciones y proyectarla hacia las generaciones que vendrán. Esa es la tarea que hoy recibo con humildad, gratitud y un profundo sentido de responsabilidad.

Porque la Universidad de Chile no pertenece a quienes, circunstancialmente, ocupamos cargos de responsabilidad, ni siquiera a quienes hoy la habitamos. Pertenece a su comunidad y al país. La recibimos de quienes la construyeron antes que nosotros y tenemos el deber de entregarla fortalecida a quienes vendrán después. Somos un eslabón en una larga cadena de generaciones unidas por la convicción de que el conocimiento, la educación, las artes, las humanidades y la ciencia pueden contribuir a construir una sociedad mejor y más justa.

Desde su fundación, la Universidad de Chile ha estado estrechamente ligada a la historia de la República. Ha contribuido a formar generaciones de profesionales, científicas y científicos, artistas, intelectuales y servidores públicos. Ha sido un espacio de pensamiento crítico, de deliberación plural y de compromiso con el país. Durante casi dos siglos, ha contribuido a moldear las ideas, los conocimientos y las capacidades con que Chile ha construido su presente e imaginado su futuro.

Esa historia no es producto del azar. En su origen hay una idea de notable vigencia hasta nuestros días. Andrés Bello comprendió que la joven República necesitaba mucho más que instituciones políticas: necesitaba conocimiento, fortalecimiento de la ciudadanía, creación cultural y reflexión crítica. Por eso concibió una universidad no solo llamada a generar conocimiento, sino también a responsabilizarse por el país y pensar su proyección; una universidad capaz de poner el saber al servicio del bien común y de contribuir al desarrollo intelectual, cívico, cultural y material de la nación.

Esa vocación se ha expresado de múltiples maneras a lo largo de nuestra historia. La Universidad contribuyó a la construcción del sistema educacional chileno, al desarrollo de la salud pública, al avance de la ingeniería y la infraestructura nacional, al cultivo de las artes y la cultura, y a la consolidación de la ciencia en el país. El Instituto Pedagógico, el DEMRE, la contribución decisiva a la erradicación de la desnutrición infantil, el fortalecimiento del sistema público de salud, el Centro Sismológico Nacional, la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile y las investigaciones de frontera en diversos campos del conocimiento son algunas expresiones de ese compromiso. La historia de la Universidad está profundamente entrelazada con la de Chile. En distintos momentos ha contribuido a enfrentar algunos de los desafíos más complejos del país mediante la investigación, la creación artística, la formación integral de personas y el impulso a la innovación.

Por eso, cuando hablamos de la Universidad de Chile, no hablamos solo de una institución de educación superior. Hablamos de una de las grandes obras colectivas de la República, una institución que ha servido al país en sus momentos de expansión, de transformación y también de incertidumbre; una institución que ha contribuido a construir capacidades, abrir oportunidades y ampliar los horizontes de lo posible para generaciones de chilenas y chilenos. 

Cada generación ha recibido esa herencia y la ha enriquecido con su propio trabajo. Gracias a esa continuidad, la Universidad de Chile ha sido capaz de renovarse sin perder su identidad y de responder a los desafíos de cada época sin renunciar a su misión.

Sabemos que la Universidad no es únicamente sus tradiciones, sus símbolos ni sus edificios. Es una comunidad de personas. Personas que, desde distintos roles y responsabilidades, hacen posible una misión compartida. Académicas y académicos que amplían nuestra comprensión del mundo. Funcionarios y funcionarias cuyo trabajo conjunto sostiene la vida universitaria. Estudiantes que, en su interacción, renuevan permanentemente nuestras preguntas y desafían nuestras certezas.

Y también es en esa comunidad donde se encarnan los valores que han dado sentido a nuestra historia. Valores que no pertenecen solo al pasado, sino que siguen orientando nuestro quehacer y nuestras decisiones en el presente. Entre ellos, la convicción de que la educación es una de las herramientas más poderosas para ampliar las oportunidades de las personas y construir una sociedad más cohesionada y justa.

La idea de que la educación puede transformar vidas y abrir horizontes no solo forma parte de la historia de esta Universidad. También ha orientado mi propia trayectoria académica.

He dedicado gran parte de mi vida académica a estudiar las desigualdades educativas y las brechas de género, a comprender por qué tantas personas ven limitadas sus oportunidades de desarrollar plenamente sus talentos, y una lección que emerge con fuerza de esa experiencia es que cuando una sociedad no logra reconocer y desarrollar todo el talento disponible, pierde mucho más que oportunidades individuales. Pierde capacidad de innovación, de creación, de crecimiento y de desarrollo. Pierde conocimiento, diversidad de perspectivas y posibilidades para construir soluciones a problemas complejos. En definitiva, desaprovechar talento no es solo una injusticia; también es una de las formas más costosas de limitar el potencial de un país.

  • Educación Pública

Por eso creo profundamente en la educación pública, porque esta expresa una convicción fundamental: que el talento se encuentra en cualquier lugar, que el origen social o el género no debe determinar el destino de las personas, y que ampliar las oportunidades fortalece la democracia, la cohesión social y el desarrollo.

La educación pública es, por cierto, una poderosa herramienta de movilidad social, pero también es uno de los espacios en los que una sociedad construye un proyecto compartido; donde personas de distintos orígenes, experiencias y trayectorias aprenden, conviven y se reconocen como parte de una misma comunidad. En ella se forman no solo profesionales, sino también ciudadanos y ciudadanas capaces de asumir responsabilidades públicas, de participar activamente en la vida democrática y de contribuir a la construcción de lo común.

Por ello, la educación pública desempeña un papel insustituible en la proyección del futuro de un país. Amplía la base de talentos sobre la que descansa su desarrollo científico, cultural, económico y democrático. Permite que las capacidades de las personas se desplieguen plenamente, independientemente de su origen, y evita que vocaciones, inteligencias y talentos se pierdan por falta de oportunidades. Es el lugar de encuentro, reconocimiento y valoración del otro, de comprensión y aceptación de las diferencias, donde aprendemos a dialogar razonadamente y a colaborar beneficiándonos de la diversidad de experiencias y trayectorias. 

Esa también es la responsabilidad de las instituciones públicas de educación: contribuir a una sociedad más integrada, más democrática y capaz de reconocer y desarrollar el potencial de todas las personas y el fortalecimiento de los vínculos sociales.

La Universidad de Chile ha sido históricamente una expresión de esa convicción. Aquí han encontrado oportunidades personas que, de otro modo, habrían visto limitadas sus posibilidades de desarrollo. Esa historia encarna un ideal republicano: que el conocimiento encuentra su mayor sentido cuando se pone al servicio de las personas y que una sociedad progresa cuando es capaz de reconocer y desarrollar todos sus talentos.

Ese ideal sigue siendo tan necesario hoy como lo fue hace casi dos siglos. Y seguirá orientando el futuro de nuestra Universidad.

  • Mujeres que ampliaron silenciosamente las fronteras de lo posible

Hoy, además, tengo el honor de convertirme en la segunda mujer en asumir la Rectoría de esta Universidad. Lo vivo con orgullo, pero también con perspectiva histórica. Nadie llega sola a un espacio como este. Antes estuvieron las mujeres que debieron abrir las primeras puertas. Las que lucharon por acceder a las aulas, a los laboratorios, a los espacios de creación y de decisión.

Pienso en Eloísa Díaz, Amanda Labarca, Justicia Espada, Adelina Gutiérrez y tantas otras mujeres que transformaron esta Universidad y contribuyeron a transformar el país. Mujeres que, en distintos momentos de nuestra historia, debieron desafiar barreras que parecían naturales e inamovibles; que hicieron posible que nuevas generaciones imaginaran y construyeran trayectorias antes impensadas; que demostraron con su trabajo, su talento y su perseverancia que la excelencia no tiene género.

Pienso también en las miles de estudiantes, académicas y funcionarias, cuyas contribuciones muchas veces no quedaron registradas en los libros de historia, pero que transformaron silenciosamente nuestra Universidad. Con su compromiso cotidiano enriquecieron nuestra vida intelectual y fortalecieron esta comunidad. Gracias a ese esfuerzo colectivo, lo que durante mucho tiempo fue excepcional, comenzó a convertirse gradualmente en parte de la normalidad de nuestra vida universitaria.

Pienso también en Rosa Devés, cuyo liderazgo marcó un hito en la historia de nuestra institución al convertirse en la primera mujer en asumir la Rectoría de la Universidad de Chile. Su elección abrió nuevas posibilidades para las generaciones por venir. A lo largo de su trayectoria universitaria, contribuyó de manera decisiva a impulsar transformaciones en materia de equidad e inclusión, ayudando a construir una Universidad más diversa y representativa de la sociedad a la que sirve. 

Hoy vivimos, además, un momento de profundo significado institucional: por primera vez en nuestra historia, una Rectora entrega el testigo a otra Rectora.

Este momento forma parte de una historia colectiva. Una historia que nos recuerda que la igualdad de género no consiste únicamente en corregir una injusticia histórica. Consiste también en construir una universidad mejor. Una Universidad en la que todas las personas puedan desarrollar plenamente sus capacidades. Una Universidad donde la diversidad fortalezca el conocimiento, amplíe nuestras preguntas y mejore nuestras decisiones. Una Universidad más justa, pero también más inteligente, más creativa, más colaborativa y más relevante para el país.

  • Transformaciones sociales 

Asumo esta tarea en un momento de profundas transformaciones.

La inteligencia artificial está modificando aceleradamente la manera en que producimos conocimiento, trabajamos, aprendemos y nos relacionamos. Nos abre posibilidades extraordinarias para ampliar las capacidades humanas, pero también plantea interrogantes profundas sobre el trabajo, la educación, la creatividad, la privacidad y la ética. 

La crisis climática nos obliga a repensar nuestros modelos de desarrollo y nuestra relación con el entorno. Ya no se trata únicamente de un desafío ambiental: se trata de una transformación económica, social y cultural que exige nuevo conocimiento, innovación y cooperación para construir formas de desarrollo más sostenibles y justas.

Los profundos cambios demográficos que experimentan nuestras sociedades están transformando la composición de la población, las estructuras familiares, las trayectorias laborales y las demandas sobre los sistemas de educación, salud y protección social. Viviremos en sociedades más longevas, con menos nacimientos y nuevas formas de convivencia entre generaciones. Comprender estas transformaciones y contribuir a diseñar respuestas justas y sostenibles constituye uno de los grandes desafíos intelectuales y políticos de nuestro tiempo.

La expansión de la desinformación y de los discursos anticientíficos desafía la confianza en la evidencia y en las instituciones. En un mundo saturado de información, el pensamiento crítico, el rigor intelectual y la capacidad de distinguir entre evidencia y opinión se convierten en bienes públicos esenciales que deben protegerse y promoverse.

Y las tensiones que afectan a las democracias en distintas partes del mundo nos recuerdan que la convivencia democrática nunca puede darse por garantizada. La democracia no se sostiene únicamente en leyes e instituciones; depende también de nuestra capacidad de escuchar, deliberar y construir proyectos comunes en medio de nuestras diferencias. Esa capacidad debe cultivarse cada día.

Como universidad pública, tenemos la responsabilidad de contribuir a que estos procesos de cambio estén orientados al bienestar de las personas y al fortalecimiento de la democracia.

En tiempos de incertidumbre y ante desafíos de esta magnitud, el país necesita instituciones capaces de ofrecer orientación. Instituciones que ayuden a distinguir entre opinión y evidencia, entre respuestas simples y comprensión profunda. Nuestra Universidad debe seguir siendo una de esas instituciones: produciendo conocimiento confiable, formando pensamiento crítico, enriqueciendo el debate público con rigor intelectual, haciendo las preguntas difíciles y ofreciendo espacios donde el diálogo y la deliberación democrática puedan desarrollarse en condiciones de respeto y pluralismo.

Pero esta tarea no se juega únicamente en nuestra contribución a la sociedad. También se juega en la manera en que convivimos al interior de nuestra propia comunidad. La convivencia respetuosa y el bienestar constituyen las condiciones que hacen posible la libertad académica, la creación de conocimiento, la enseñanza y el aprendizaje. Las universidades florecen cuando las personas pueden expresarse, disentir y participar en un clima de respeto y cuidado mutuo.

En este contexto, la confianza adquiere un valor estratégico. Así como una sociedad necesita caminos, hospitales o sistemas de comunicación para funcionar, también necesita una infraestructura invisible que alimente un sentido de pertenencia común y posibilite la colaboración entre las personas y el fortalecimiento de los vínculos con sus instituciones. Esa infraestructura es la confianza. Es la condición que hace posibles relaciones mutuamente beneficiosas y la cooperación necesaria para enfrentar desafíos complejos. Sin ella, el conocimiento circula con dificultad, el diálogo se debilita y las diferencias se transforman en distancia y desigualdad.

La Universidad de Chile está llamada a cuidar esa infraestructura invisible. Debemos ser capaces de encontrarnos y escucharnos, con disposición a comprender al otro, especialmente cuando pensamos distinto. No para eliminar nuestras diferencias, sino para aprender a convivir con ellas. Una comunidad universitaria madura no es aquella en la que todos están de acuerdo, sino aquella que sabe transformar los desacuerdos en una oportunidad para enriquecer su comprensión de los problemas y desafíos de nuestro tiempo.

La manera en que convivimos y deliberamos al interior de la comunidad universitaria también constituye una forma de servicio público. La Universidad no solo produce conocimiento, sino que también debe demostrar que es posible debatir con respeto, construir acuerdos razonados y sostener proyectos comunes a partir de nuestras diferencias. En tiempos de fragmentación e incertidumbre, esa puede ser una de las contribuciones más valiosas que una universidad pública puede aportar a la democracia y convivencia cívica del país.

  • Nuestro compromiso

La historia de la Universidad de Chile muestra que cada generación ha debido responder a los desafíos de su tiempo. Nos corresponde ahora hacerlo frente a transformaciones que redefinen el conocimiento, la convivencia democrática, el desarrollo sostenible y las oportunidades de las futuras generaciones.

Por ello, nuestro compromiso será impulsar una Universidad más fuerte en su capacidad de formar, investigar, crear, dialogar con la sociedad y cuidar a su comunidad. Una Universidad capaz de responder a los desafíos de nuestro tiempo, fortaleciendo los principios que han orientado su historia y proyectándolos hacia el futuro.

Para ello, debemos fortalecer las capacidades institucionales que le permiten a la Universidad cumplir su misión pública en un mundo cada vez más complejo. Este fortalecimiento no es un ejercicio abstracto: significa crear mejores condiciones para que académicas y académicos investiguen con mayor apoyo institucional, ejerzan la docencia con calidad y dedicación, se vinculen con la sociedad y desarrollen trayectorias académicas sólidas y reconocidas, en un marco organizacional que reduzca las cargas administrativas y agilice los procesos. Significa, asimismo, generar mejores condiciones para que estudiantes, funcionarias y funcionarios puedan desarrollarse plenamente, aportar con sus capacidades y desplegar en conjunto sus talentos en la vida universitaria.

La formación seguirá siendo una de nuestras tareas centrales. En un mundo en el que cambian el trabajo, el conocimiento y las trayectorias vitales, debemos formar personas capaces de aprender a lo largo de toda la vida, de moverse entre disciplinas, de pensar críticamente, de colaborar y de actuar con responsabilidad ante los problemas complejos que enfrenta la sociedad. 

Para ello, se requiere una formación rigurosa y pertinente, sustentada en un modelo más flexible, articulado e inter y transdisciplinario, que fortalezca el pensamiento crítico, el compromiso ético y la vocación pública, y que abra nuevas oportunidades de desarrollo a lo largo de la vida. 

Queremos preparar a nuestras y nuestros estudiantes no solo para adaptarse a un mundo en permanente transformación, sino también para contribuir a transformarlo y orientarlo hacia un desarrollo más justo y sostenible, que tenga en el centro el valor de lo común. 

Debemos asimismo impulsar la investigación, la creación artística y la innovación como motores de un desarrollo sostenible, inclusivo y democrático. Promover la colaboración entre disciplinas, reconociendo que los grandes problemas contemporáneos exigen miradas y capacidades diversas. Todo ello con el propósito de consolidar una Universidad que lidere la generación de conocimiento en América Latina y proyecte su contribución al mundo.

Debemos también profundizar nuestra vinculación con la sociedad, porque el conocimiento adquiere su pleno sentido cuando dialoga con las necesidades y aspiraciones de las comunidades. La extensión, las artes, la comunicación del conocimiento y el patrimonio universitario constituyen expresiones fundamentales de nuestro compromiso con el país y su gente.

Debemos resguardar y fortalecer nuestra autonomía académica e institucional, para que la Universidad siga siendo una voz independiente, crítica y fundada en evidencia, capaz de contribuir al debate público desde la libertad intelectual y el compromiso con el bien común.

Y debemos consolidar nuestras capacidades de cuidado, mediación y gestión de conflictos. Queremos una Universidad que sea capaz de escuchar antes de reaccionar, de comprender antes de juzgar y de construir acuerdos sin renunciar al pluralismo que la caracteriza. 

Tengo confianza en nuestra comunidad: en el talento de nuestras académicas y académicos; en la vocación de nuestras funcionarias y funcionarios; en la creatividad, la energía y la capacidad transformadora de nuestras y nuestros estudiantes; y, sobre todo, confianza en que la inteligencia colectiva de esta comunidad será capaz de enfrentar los desafíos de nuestro tiempo y de seguir ampliando los horizontes de la Universidad de Chile al servicio del país.

  • Cierre

Esta tarea que hoy iniciamos no sería posible sin el trabajo de quienes nos precedieron. La Universidad de Chile se construye generación tras generación, sobre los esfuerzos, convicciones y contribuciones de quienes asumieron antes la responsabilidad de conducirla. Agradezco a los Rectores que han contribuido a fortalecer esta institución a lo largo de su historia y, muy especialmente, a la Rectora Rosa Devés. Haber trabajado junto a ella durante estos últimos años ha sido un privilegio.

La Universidad de Chile es una de esas instituciones que permiten que una sociedad dialogue consigo misma a lo largo del tiempo. En sus aulas, laboratorios, bibliotecas, hospital, teatros y espacios de creación, conviven las preguntas de quienes nos precedieron, los desafíos del presente y las esperanzas de las generaciones futuras.

Cuando una estudiante cruza hoy por primera vez una de nuestras puertas, entra también en una historia que comenzó mucho antes que ella y que continuará mucho después de nosotros. Entra a una comunidad que, durante casi dos siglos, ha contribuido a generar conocimiento, a cultivar la creación y a expandir las oportunidades de las personas y del país. Esa continuidad es una de las mayores fortalezas de las instituciones republicanas: nos recuerda que formamos parte de algo más grande que nuestra propia generación.

Nuestra tarea es mantener viva esa conversación entre generaciones. Cuidarla, enriquecerla y proyectarla. Para que quienes vengan después encuentren una Universidad más fuerte en su excelencia, más amplia en su diversidad, más generosa en su vocación pública y más capaz de contribuir al futuro de Chile.

Agradezco a todas y todos quienes han aportado con sus ideas, experiencia y compromiso a esta Rectoría que hoy se inicia, y muy especialmente a quienes han aceptado asumir esta responsabilidad colectiva integrando el equipo ejecutivo que me acompañará en esta tarea: Dorotea López en la Prorrectoría, Ulrike Kemmerling en la Vicerrectoría de Asuntos Académicos, Sergio Olavarrieta en la Vicerrectoría de Asuntos Económicos y Gestión Institucional, James McPhee en la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo, Pilar Barba en la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones, Pamela Díaz-Romero en la Vicerrectoría de Asuntos Estudiantiles y Comunitarios, y José Correa en la Vicerrectoría de Tecnologías de la Información.

Agradezco también a mi familia por su amor, su apoyo y su paciencia. Ellos siempre han sido mi principal fuente de fortaleza.

Confío en que, trabajando como comunidad, estaremos a la altura del legado que hemos recibido y de las responsabilidades que nos demanda el futuro.

Hace casi dos siglos, la Universidad de Chile fue creada para ampliar las fronteras del conocimiento y contribuir a la construcción de la República. Cada generación lo hizo de una manera distinta. Algunas expandieron el conocimiento, otras enriquecieron la cultura, otras fortalecieron la democracia, muchas ampliaron silenciosamente los límites de lo posible.

Hoy nos corresponde a nosotros ampliar las fronteras del futuro.

Muchas gracias.

Alejandra Mizala Salces

Rectora de la Universidad de Chile