Conservación

Estudio U. de Chile analiza cómo las pesquerías pueden transformarse en trampas ecológicas para las aves marinas

Estudio U. de Chile analiza riesgo de pesquerías para aves marinas
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Las embarcaciones pesqueras pueden ofrecer alimento fácil y predecible para las aves marinas, pero también acercarlas a zonas de riesgo.
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Cristóbal Anguita y Cristián F. Estades, investigadores del Laboratorio de Ecología de Vida Silvestre de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile.
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“La actividad pesquera genera una señal atractiva, generalmente alimento, pero esta atracción aumenta la exposición a un riesgo letal”, explica Cristóbal Anguita, autor principal del estudio.
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La disponibilidad de carnada, descartes y restos de pesca puede atraer a las aves marinas hacia las embarcaciones y aumentar su exposición a anzuelos, redes y cables.
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Colonia reproductiva de albatros de ceja negra en isla Gonzalo, archipiélago Diego Ramírez, Chile. Esta especie se encuentra entre las aves marinas que más interactúan con pesquerías industriales a nivel mundial. Creditos: Cristobal Anguita.
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La investigación busca aportar nuevas herramientas para fortalecer el manejo pesquero y reducir las condiciones que pueden transformar a las embarcaciones en trampas ecológicas.
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“No es pesca versus conservación, sino avanzar hacia una pesca más segura para las aves”, plantea el investigador Cristóbal Anguita.

Para las aves marinas, encontrar alimento en el océano implica recorrer grandes distancias y responder a recursos que pueden variar constantemente. En ese escenario, las embarcaciones pesqueras representan una fuente de comida fácil y predecible a través de carnadas, peces, descartes, restos del procesamiento y otros recursos asociados a las capturas.

Estos recursos pueden disminuir el esfuerzo de búsqueda e incluso generar beneficios para la alimentación y reproducción de algunas especies. Sin embargo, acercarse a los barcos también las expone a anzuelos, redes, cables y otras artes de pesca que pueden provocar heridas, ahogamiento o muerte.

Esta contradicción permite abordar el problema desde el concepto de “trampa ecológica”: situaciones en las que una señal que parece favorable conduce a los animales hacia ambientes que terminan perjudicando su supervivencia. Aunque los beneficios alimentarios de las pesquerías y la captura incidental han sido ampliamente estudiados, ambos fenómenos solían analizarse de manera separada.

Frente a este vacío, una investigación liderada por la Universidad de Chile analizó la interacción entre aves marinas y pesquerías a escala global. El estudio, titulado “The emergence of ecological traps in marine ecosystems: The case of seabirds and fisheries” y publicado en la revista Biological Conservation, fue encabezado por Cristóbal Anguita, investigador de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza, junto al académico y profesor titular Cristián F. Estades, de la misma unidad. La investigación contó, además, con la colaboración del investigador Alejandro Simeone, de la Universidad Andrés Bello.

Especies de vida lenta, las aves más vulnerables

Para estudiar este fenómeno, el equipo realizó una revisión sistemática de publicaciones que registraban aves asociadas a embarcaciones, consumo de descartes y carnadas, o evidencia dietaria de recursos provenientes de pesquerías. Con estos antecedentes construyeron un índice para estimar la propensión de cada especie a aprovechar dichos alimentos y lo cruzaron con rasgos biológicos y registros internacionales de captura incidental.

“El resultado central del trabajo es que encontramos un patrón global consistente: las aves marinas de vida lenta tienden a aprovechar más los subsidios alimentarios de la pesca y, al mismo tiempo, son las especies más amenazadas por captura incidental”, explica Anguita.El análisis incluyó 341 especies de aves marinas. De ellas, 130, un número cercano al 38%, fueron identificadas como consumidoras de recursos derivados de la pesca, mientras que en paralelo, 134 especies tienen la captura incidental registrada como una amenaza para su conservación.

Las especies de vida lenta se caracterizan por vivir muchos años, alcanzar la madurez sexual tardíamente y tener pocas crías. En este grupo se encuentran albatros, petreles y fardelas, cuyas poblaciones dependen especialmente de que los individuos adultos sobrevivan durante largos periodos. “Muchos albatros se reproducen por primera vez alrededor de los 10 años, e incluso más tarde en algunas especies, y ponen solo un huevo. Por eso, cuando aumenta la mortalidad de los adultos, sus poblaciones tienen poca capacidad de recuperarse rápidamente”, detalla el investigador.

En contraste, especies de vida más rápida pueden comenzar a reproducirse antes y generar más crías, lo que les permite compensar de mejor manera la pérdida de individuos. Esta diferencia ayuda a explicar por qué una misma presión puede tener efectos demográficos mucho más severos en las aves longevas.

El caso de los albatros fue uno de los ejemplos más claros del estudio: 21 de las 22 especies de esta familia mostraron algún grado de aprovechamiento de recursos pesqueros y todas registraron la captura incidental como una amenaza para su conservación.

Los mecanismos de riesgo varían según el arte de pesca. En el palangre, las aves intentan consumir la carnada y pueden quedar enganchadas en los anzuelos. En la pesca de arrastre, los descartes las acercan a cables y redes; en el cerco, se concentran alrededor de los cardúmenes y pueden quedar atrapadas durante las maniobras. Las redes de enmalle, en tanto, representan un riesgo especial para especies buceadoras. “En todos los casos, la lógica de la trampa es similar. La actividad pesquera genera una señal atractiva, generalmente alimento, pero esta atracción aumenta la exposición a un riesgo letal”, resume el investigador.

Un desafío para Chile y el hemisferio sur

La investigación adquiere especial relevancia en el hemisferio sur, donde se distribuye gran parte de las especies de vida lenta más vulnerables. En países como Chile, Perú y Ecuador, además, existen extensas flotas artesanales y costeras cuya interacción con las aves es más difícil de monitorear que la actividad industrial.

A diferencia de las pesquerías industriales, donde es posible incorporar observadores científicos durante las faenas, la pesca artesanal comprende cientos o miles de botes distribuidos a lo largo de amplias zonas costeras. “Esto significa que la problemática podría estar subestimada, especialmente en artes de pesca como redes de enmalle y cerco, y en especies costeras como pingüinos, cormoranes y fardelas”, advierte el autor principal. En Chile, este escenario se vincula con la extensa costa, la alta diversidad de aves marinas, la productividad asociada a la corriente de Humboldt y la importancia social y económica de la pesca.

El estudio plantea que incorporar el marco de las trampas ecológicas permitiría integrar dos componentes que suelen abordarse de manera independiente: el alimento generado por las pesquerías y la mortalidad asociada a sus operaciones. A futuro, esta aproximación podría contribuir a identificar zonas, temporadas o actividades de mayor riesgo y orientar medidas específicas de manejo.

Entre las acciones disponibles se encuentran el manejo de descartes para reducir la atracción de aves hacia las embarcaciones; el uso de líneas espantapájaros y sistemas que permitan que los anzuelos se hundan más rápido en pesquerías de palangre; medidas para disminuir las colisiones con cables en la pesca de arrastre; mejoras en las redes para reducir el enmalle de aves buceadoras; y un mayor monitoreo a bordo o mediante sistemas electrónicos.

La aplicación efectiva de estas medidas, sin embargo, también requiere la participación de quienes trabajan en el mar. “No se trata de culpar a los pescadores, sino de mostrar que ciertos estímulos generados por la pesca pueden atraer a las aves hacia zonas peligrosas. Si esa lógica se entiende, es más fácil construir colaboración, mejorar las buenas prácticas a bordo y aumentar el cumplimiento de las medidas”, afirma Anguita.

Para el investigador, el desafío consiste en compatibilizar la conservación de la biodiversidad marina con la continuidad de una actividad productiva fundamental. “No es pesca versus conservación, sino avanzar hacia una pesca más segura para las aves, manteniendo las actividades productivas, pero reduciendo las condiciones que convierten a los barcos en una trampa ecológica”, concluye.