En el Día Internacional de la Arqueología

Tres hallazgos arqueológicos recientes impulsados por investigadores de la U. de Chile

Metro Hospitales

Antonia Benavente

Académica, arqueóloga y doctora en Historia del Arte

En octubre del 2013, se firmó un protocolo de acuerdo entre la Universidad de Chile y la empresa Metro con el fin de excavar, rescatar, registrar y conservar restos  arqueológicos que fueron encontrados en los terrenos de la Facultad de Medicina de nuestra Casa de Estudios, donde se instalaría la estación de metro “Hospitales” de la Línea 3 del metro. Para la realización de este proyecto se contrató los servicios profesionales de la consultora Ámbito, especializada en patrimonio con énfasis en arquitectura y arqueología urbana. El 25 de noviembre el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) aprobó la solicitud de permiso para que se realizaran dichas labores.

Las primeras excavaciones permitieron determinar que los restos pertenecerían a una antigua casona que fue utilizada como “Escuela Primaria de mujeres”. Este hallazgo hizo posible una contextualización más completa del lugar (Barrio la Chimba), ya que esta Escuela era parte de la fase expansiva del sistema educativo primario en Chile, que se consolidó con la implementación de la Ley de Instrucción Primaria de 1860. La importancia arqueológica del hallazgo, y lo que sus restos implicaban, desde ya denotaban la importancia de la educación pública en Chile.

Sitio arqueológico El Mercurio

Fernanda Falabella 

Académica, arqueóloga y magíster de Etnohistoria

El año 1988, durante labores de remoción de tierra en los terrenos de la Empresa El Mercurio, en la terraza fluvial de la ribera norte del río Mapocho, a los pies del cerro Manquehue, se encontraron restos arqueológicos, lo que fue notificado al Departamento de Antropología de la Universidad de Chile. Luego de una primera inspección, y valorando la relevancia del hallazgo, entre los años 1988 y 1990, se realizó una excavación arqueológica partiendo de la zona de los hallazgos iniciales.

El sitio arqueológico tiene una primera ocupación humana muy acotada entre 120 +- 180 y 150 +- 150 d.C., además del entierro de un infante que portaba dos aros circulares de cobre y 4 vasijas, y una segunda ocupación de los grupos Llolleo, fechada entre los años 300 +-140 y 1080 +- 90 d.C. (Falabella 2000; Sanhueza et al. 2003). El sitio consta de una zona habitacional con basuras domésticas de hasta 1 metro de profundidad y, anexa a ella, una zona con enterratorios de los que logramos recuperar 36, entre los que se contaban 18 infantes e igual número de adultos, lo que denota una alta mortalidad infantil, particularmente cercana a la edad del destete.

Se distinguen cuatro formas de entierro relacionadas al género y edad de los individuos: a) en posición flectada decúbito lateral, ventral o dorsal con bolones de río colocados ordenadamente sobre o hacia el borde del individuo y se presenta en casi todos los adultos y algunos infantes; b) individuos de sexo femenino, sentados o arrodillados, asociados a escasos bolones dispuestos con cierto desorden; c) individuos sin asociación con piedras, en general infantes y excepcionalmente dos adultos; y d) párvulos y niños depositados al interior de grandes vasijas de cerámica. La mayoría tiene ofrendas de vasijas cerámicas completas (se recuperaron 40 en total) y las mujeres, por lo general, tienen morteros formando parte de las acumulaciones de piedra. Como ajuar algunos presentan collares de cuentas discoidales de piedra.

Los primeros ocupantes usan solo quinoa como cultivo, a diferencia de los otros que incorporan maíz y calabaza (Planella et al. 2010). Es interesante la práctica de ofrendar Datura stramonium, conocida con el nombre vulgar “chamico” principalmente a niños en fragmentos de ollas grandes y con mucho hollín en su cara interior, probablemente recicladas como “tostador” para efectuar una quema que denota vinculaciones con prácticas rituales que todavía se aprecian en la etnografía mapuche (Planella et al. 2005-2006).

La particularidad de las vasijas son las representaciones de dos caras humanas estilizadas en los lados opuestos del cuerpo de ollas y jarros, las vasijas asimétricas, además de las decoraciones en chevrón con pigmento rojo.

Pampa Iluga

Mauricio Uribe

Académico, Arqueólogo, y Magíster en Arqueología 

Pampa Iluga (1.200 msnm) se emplaza en el área de confluencia de los abanicos aluviales de Aroma, Tarapacá y Quipisca. Este espacio, actualmente árido y deshabitado, contrasta con la información difusa y dispar que brindan la arqueología, la historia y la memoria oral tarapaqueña sobre la existencia de un proyecto agrario de gran envergadura, construido y reconstruido sucesivamente a través de 2.100 años de ocupación humana.

Iluga Túmulos (IT) es el núcleo de este lugar, que integra arquitecturas y rasgos arqueológicos múltiples, continuos y superpuestos dispuestos en una superficie aproximada de 72 hectáreas, donde se contabilizan 124 túmulos, 101 recintos (estructuras de barro y depresiones), áreas de congregación social y actividades diversas distribuidas en medio de extensos acondicionamientos agrícolas (10.000 Ha). Los túmulos son montículos construidos de tierra mezclada con gran densidad de restos vegetales y desechos domésticos reubicados y depositados a modo de ofrendas, complementado por la existencia de inhumaciones y restos funerarios en algunos de ellos como otra forma de ofrendas, relacionadas con el culto a los ancestros y la sacralización del paisaje.

Dentro de esta área, se visualiza un conjunto continuo de acondicionamientos agrícolas e hidráulicos de distinta envergadura, complejidad y estados de conservación (4.150 Ha), distribuidos en torno a un canal principal, cuya diversidad da cuenta de la implementación de múltiples tecnologías de cultivo. En consecuencia, los espacios productivos se articulan con el núcleo ceremonial, colmado de ofrendas y diversas áreas de actividades rituales. La tecnología y ritual agro-hidráulicos registrados en Pampa Iluga fueron diseñados por los agricultores de Tarapacá en diferentes contextos históricos, políticos y culturales. Así, los acondicionamientos de cultivo y riego constituyeron dispositivos para aprovechar, gestionar y transformar los recursos de la Pampa del Tamarugal; en especial la activación estival de las quebradas, permitiendo crear y conducir un ciclo agrícola paralelo a los valles costeros, oasis interiores y tierras altas.

Todo este complejo, por lo tanto, integra una red de poblados que se encuentran al interior de los valles de Aroma, Tarapacá y Quipisca. Y donde, sin duda, la figura del Gigante de Tarapacá en cerro Unita es protagonista de este paisaje ritual y testigo de cómo las costumbres ancestrales han ido cambiando en el transcurso de los milenios. En este paisaje, los ancestros -entendidos como familiares directos y míticos- han mantenido un rol fundamental hasta la actualidad, teniendo efectos materiales e inmateriales en la agricultura andina. Ellos comparten un lenguaje común con el ciclo de vida de las plantas (siembra-muerte y cosecha-vida), en tanto metáfora de la fertilidad agrícola y el arraigo con los territorios. Esta especialización tecnológica-ritual, además, puede interpretarse como la expresión de poblaciones y organizaciones políticas diferenciadas y heterogéneas que no se alinean con una sola entidad política ni necesariamente centralizada.

Por lo tanto, los diversos vestigios ceremoniales, de riego y cultivo presentes resultan ser expresión material de dinámicas comunitarias donde las familias fueron la base social de la producción. Consecuentemente, estas prácticas tecnológicas andinas desafían el imaginario de nuestra modernidad que concibe al desierto como un espacio hostil y deshumanizado. En cambio, al documentar y examinar estas tecnologías simbólicas, así como las formas locales de gestión del agua y organización del trabajo, representan una forma de validación y visibilización del conocimiento tradicional. Este se constituye en una alternativa para la restauración ambiental del desierto, en un contexto actual de sequía exacerbada por la industrialización y el cambio climático actual. El interés de nuestro estudio (2018-2021) ha sido reconstruir la historia de este lugar, entender su complejidad y escala del sitio, así ́ como explicar su paradójica desaparición de las memorias oficiales a pesar de su notable monumentalidad arqueológica.

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