La celebración del Día de los Patrimonios inició su historia como evento público y masivo el año 1999, impulsado por el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) para democratizar el acceso a la cultura, abriendo edificios y espacios históricos al público que habitualmente no estaban disponibles. Con el paso de los años, el concepto de Patrimonio se ha complejizado, diversificado y difundido entre la ciudadanía.
En esta apertura y nueva conceptualización ahonda Mauricio Uribe, director del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales, y cuya trayectoria se ha desarrollado en las líneas de investigación en Arqueología Sociedades Andinas, Prehistoria Norte Grande de Chile y en Estudios Cerámica Arqueológica.
-Vivimos una nueva edición del día de los Patrimonios en Chile. Como experto en la materia y ex-consejero ante el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) en representación de la Sociedad Chilena de Arqueología, ¿cómo evalúa la progresión que ha tenido este hito en el país?
Primero, considero que esta es una de las iniciativas más beneficiosas y efectivas que ha existido sobre la valoración del patrimonio. Es una actividad virtuosa que congrega, concita interés y que también se ha masificado. Asimismo, ha variado en cuanto a los patrimonios incluidos dentro de la programación.
Es una actividad exitosa en cuanto a su implementación y desarrollo. Desde llamarse inicialmente el Día del Patrimonio que tenía una duración muy acotada, pasó a ser hoy el Día de los Patrimonios, contemplando más días, con iniciativas regionales, más diversas e inclusive en distintos días del año.
-¿Qué reflexiones por un lado y, desafíos por otro, plantea esta fecha para la sociedad?
Desde mi perspectiva, y tanto desde el Consejo de Monumentos Nacionales como desde el Departamento de Antropología, se han visibilizado los patrimonios culturales de diversa índole, de diferentes tiempos y temporalidades, en general, que enriquecen la mirada y dan cuenta de la necesidad del país no solamente por beneficios económicos, sino por beneficios también históricos y culturales. Es decir, de sentirse representados, de sentirse identificados por la trayectoria histórica que ha tenido Chile antes de ser el país que conocemos hasta la actualidad.
Lo anterior me hace reflexionar en torno a que el país tiene muchas necesidades, especialmente económicas, de un desarrollo igualitario. Pero ese desarrollo no puede ser sin valores culturales que enriquezcan el espíritu, la mentalidad y la memoria de la ciudadanía. Un país que sólo piense en lo económico como la única alternativa de desarrollo es, evidentemente, un proyecto fracasado, porque no tiene sustento, no tiene relato, no tiene memoria y no tiene historia.
Por otro lado, representa los siguientes desafíos: ¿qué es y cuáles son los patrimonios culturales? Es algo que todavía está siendo debatido porque es un proceso, es un fenómeno dinámico de lo que la ciudadanía y el Estado valoran como propio o representativo de nuestra historia y de nuestra identidad como nación.
En ese sentido, todavía hay muchos desafíos, los que se manifiestan especialmente en la discusión actual sobre una política y una ley de patrimonio, la cual está no solamente instalada en el Estado, sino en nuestra propia universidad que hace poco ha declarado el desarrollo de una política patrimonial; esto también requiere de una reflexión y una discusión porque aún está poco definido de qué patrimonio estamos hablando. Particularmente, ¿cuál es el patrimonio de la Universidad de Chile? y, por lo mismo, ¿cuál es el patrimonio de Chile?
Si bien por ley hay algunos patrimonios que son propios por su condición, como el arqueológico o el paleontológico, existen muchas otras dimensiones de los patrimonios que todavía están difusas, especialmente sobre lo que está vivo y vigente. Eso nos hace pensar que el desafío principal radica en identificar y definir eso porque al patrimonializar ciertas cualidades, lugares o costumbres, también se vuelve un proceso rígido que le resta creatividad y limita la versatilidad que tienen las conductas culturales e históricas. Por tanto, tenemos un déficit de saber efectivamente qué estamos entendiendo por patrimonio y que no es solamente el pasado remoto.
-¿Piensa que las personas están más conscientes de los patrimonios y su relevancia para el país, tanto del patrimonio natural, como del material y cultural, entre otros?
Quiero destacar que muchas de las iniciativas han surgido desde la ciudadanía y demandan al Estado una preocupación por el reconocimiento, la declaración y la protección.
Una de las cuestiones más débiles es justamente la protección. Falta que se cuente con más inversión, se generen fondos y, en ese sentido, el Estado no ha tenido la suficiente capacidad para desarrollar estas materias. No obstante, al día de hoy hay una clara conciencia por parte del Estado y de la ciudadanía acerca del interés patrimonial en general, como de los patrimonios culturales en particular; donde no solamente estamos hablando del pasado o de lo indígena, sino de las distintas dimensiones culturales que desarrollan las comunidades y con las cuales se identifican y valoran.
-Usted ha reflexionado extensamente sobre cómo el patrimonio cultural es utilizado como un recurso material y político para la construcción de memorias, identidades regionales e indígenas. ¿Podría explicar la dimensión política del patrimonio?
A partir de mi experiencia y perspectiva en este ámbito, puedo decir que el patrimonio cultural es una cuestión política porque es de interés de la ciudadanía, del Estado y de la historia del país. De modo que, no es algo simplemente producto de las tradiciones, costumbres, lugares o restos antiguos que se encuentran en el país que practican o habitan las distintas comunidades.
Entonces, no se trata de una simple visión folclórica la que debemos tener del patrimonio cultural, sino incorporarlo como un elemento más de la constitución de la ciudadanía y, por tanto, darle la relevancia que esto tiene: una discusión de alto nivel y con una educación patrimonial. ¿A qué me refiero con una educación patrimonial? No es simplemente enseñar patrimonio, sino que es experimentarlo y vivirlo, porque todos/as tenemos derecho a nuestro/s patrimonio/s.