Este jueves 30 de julio se realizó el lanzamiento del libro Recolección. Artes en defensa de la naturaleza en Chile en el Museo Nacional de Historia Natural. La publicación, dedicada a las prácticas artísticas vinculadas con la ciencia y la ecología, fue editada por Nélida Pohl, directora de comunicaciones del Instituto de Ecología y Biodiversidad; Catalina Valdés, licenciada en Literatura y Lengua Hispánica por la Universidad de Chile; y Maya Errázuriz, directora de Arte y Publicaciones de Fundación Mar Adentro.
La naturaleza ha sido una fuente inagotable de inspiración para las exploraciones científicas y la creación artística. Figuras como Gabriela Mistral, primera persona en recibir el grado de Doctora Honoris Causa de la Universidad de Chile; Marta Brunet; y Cecilia Vicuña encontraron en ella una vía para expresar sus pensamientos y sensibilidades. En la actualidad, la crisis climática y los conflictos socioambientales también han convertido su defensa en un motivo central de la creación artística.
Recolección. Artes en defensa de la naturaleza en Chile surgió a partir de la elaboración de un informe de política pública que buscó incentivar institucionalmente las relaciones entre el arte y la ciencia. “Este tipo de documentos son súper cortitos. Hay mucha investigación que quedó sin tener un lugar”, explica Nélida Pohl sobre la motivación para crear esta publicación.
Por su parte, Catalina Valdés agrega: “Le da un sentido de reconocimiento a lo que nosotros llamamos una corriente del arte chileno, pero que está dispersa en todo el territorio. Por eso el libro se llama Recolección”.
El texto, dedicado a Rodrigo Moren y Pablo Chiuminatto, reúne siete ensayos de once colaboradores; 68 reseñas de artistas, colectivos y obras; una línea de tiempo que reúne hitos vinculados con las artes, las ciencias y la ecología; fotografías; y una guía de buenas prácticas con recomendaciones para desarrollar proyectos éticos, responsables y respetuosos con el medioambiente.
—¿Por qué describen el libro como un archivo inconcluso y abierto?
Nélida: Hay muchas iniciativas y, cuando empezamos a recolectarlas justamente para la sección de reseñas del libro, siempre aparecían más. Tampoco podemos decir que esta es la biblia del arte y la ecología, porque es un movimiento muy dinámico, en perpetuo cambio. Por eso está esa metáfora de salir a recolectar: uno nunca recolecta todo. Lo que pretende esta pequeña muestra, digamos, es inspirar y conectar.
Catalina: La idea de archivo tiene que ver con una perspectiva histórica y, en las ciencias de la ecología, hay también una historia de mucho mayor alcance. Nosotros estamos mostrando que hoy en día hay un arte político que tiene más que ver con la defensa de los territorios, de los otros seres y de las diversas formas de vida. Creo que en esa perspectiva se inserta una noción histórica de este momento.
—¿Cuál fue para ustedes el primer acercamiento a estas prácticas artísticas vinculadas con la ciencia?
Catalina: Comencé estudiando Literatura en la Universidad de Chile y me interesé por los vínculos entre la literatura y las artes visuales. En el campus Juan Gómez Millas trabajé más con las representaciones de la naturaleza. Es muy interesante ver cómo, por ejemplo, el género de la pintura de paisaje en Europa tiene mucho que ver con el desarrollo de la subjetividad. El pintor de paisaje europeo está liberando su sensibilidad al mirar la naturaleza.
Nélida: Creo que las almas inquietas se atraen. En mi caso, nací con un amor por la naturaleza que no me inculcaron. Después, eso se fue materializando en un amor por la ciencia y por las artes, sobre todo por la literatura y la fotografía. Después de terminar el doctorado en Biología, seguía siendo un alma inquieta. Opté por la comunicación de la ciencia, es decir, por hablar de ecología con todas las personas y también con los científicos, pero más como fuente.
He conocido a mucha gente que me dice: yo pintaba, pero me dijeron que mejor estudiara y que esto era un hobby. Eso ha sido súper dañino para muchas generaciones de estudiantes que no han podido realizarse completamente o aplicar todos sus intereses en su quehacer. Creo que estamos en un momento en que las personas de nuestra generación podemos actuar como mentoras de personas más jóvenes.
—¿Por qué es importante comunicar la ciencia y, en especial, este cruce con las artes?
Nélida: Es importante comunicar la ciencia por muchas razones. Tal vez la más importante es que las personas entiendan lo que puede dar la ciencia y lo que no. Mucha gente piensa que la ciencia es como un botoncito de soluciones y, entonces, nunca asume las responsabilidades personales y políticas que son necesarias.
Para mí, esta es una de las principales responsabilidades de la comunicación de la ciencia en un mundo que está en crisis y cuya situación empeora. No solamente falta conocimiento sobre las causas, el alcance y las posibles consecuencias futuras, sino también sobre las acciones que se están desarrollando para afrontar la crisis a nivel global y local.
Catalina: Junto con eso, está el poder que se les da a las personas cuando tienen conocimiento. Es algo súper visible en el libro, donde nosotras recolectamos proyectos comunitarios de arte que muchas veces tienen más pinta de activismo que de arte contemporáneo destinado a una galería.
Hay pocas obras en el libro que van a galerías, porque están ancladas en sus territorios y en los conflictos socioambientales. Ese despliegue de los conocimientos es muy necesario y urgente, y les entrega mucho sentido a las personas que están sufriendo las consecuencias de las crisis.
—¿Creen que el arte ecológico tiene un componente afectivo de carácter colectivo? Si es así, ¿cómo aportan los sentimientos a la ejecución de las obras o los proyectos?
Nélida: El arte apunta a la expresión de una sensibilidad que puede ser colectiva, individual o una mezcla de ambas cosas. Voy a hablar desde la comunicación de la ciencia, pero, más específicamente, desde la educación ambiental. Cuando nos dimos cuenta de que la educación ambiental y los conceptos entraban a través del corazón, empezamos, tal vez de un modo un poco instrumental, a incluir el trabajo artístico dentro de los proyectos. Nos dimos cuenta de que el arte era un tremendo apoyo.
Catalina: Las ciencias también tienen ese componente. Esa relación con los conocimientos tiene que ver con el amor. Yo lo siento por la cordillera: la estudié porque la amo. Es como si quisiera saber más sobre una amiga, y eso necesitamos reconocerlo. Es mucho más fácil hacerlo desde el campo del arte, que tiene esa fluidez para hablar de cosas no tan concretas.
Después, tú hablaste de la dimensión comunitaria. Creo que ahí hay un punto que, de hecho, cambió nuestra forma de ordenar el libro. Al principio, nosotras estábamos avanzando como se hace generalmente en los libros de historia del arte, de la literatura o de la cultura en general: por autores, entendiendo que es la autora o el autor quien lleva adelante una obra.
En algún momento nos dimos cuenta de que muchos proyectos tienen autores múltiples y autorías colectivas. Hay nombres que prácticamente no circulan dentro del campo del arte y que están desarrollando una acción territorial y comunitaria muy importante.
—A veces, las manifestaciones artísticas parecen inofensivas. ¿Dónde radica la resistencia de estas prácticas frente al extractivismo?
Nélida: El arte puede ser todo lo contrario de inofensivo. Creo que hay obras, personajes y movimientos artísticos que afectaron no solamente la historia del arte, sino también la historia de la humanidad.
Hay casos en que puede ser muy inofensivo, pero hay un ensayo dedicado a lo que ocurre cuando el arte es subvertido por las fuerzas extractivistas y, de alguna manera, utilizado para el ecoblanqueo o greenwashing. Creo que el arte debe cuestionar lo que damos por sentado. Si no está haciendo eso, para mí, not cool.
Catalina: También creo que los movimientos ambientalistas a nivel global se dan cuenta todos los días de que el cambio es local. Parece un eslogan, pero es muy real. Es un impacto local que, al reunirse en un libro como este, adquiere otra dimensión.
—¿Cómo esperan que el público se apropie de esta publicación?
Nélida: A mí se me ocurren muchas cosas. Por ejemplo, siempre hablamos de jóvenes que están entrando en estos mundos y que se sienten solos; que no saben que son personas con intereses interdisciplinarios, porque nadie les ha enseñado ese término; y que tienen ganas de hacer cosas o de ayudar, pero no saben por dónde partir.
Entonces, espero que este libro sea para esas personas un lugar donde puedan encontrar a otras y generar más comunidad en torno a estos temas.
Voy a sumar un público que a mí me importa particularmente: las y los científicos, en un sentido amplio. Me refiero a las investigadoras y los investigadores de las ciencias exactas, naturales y sociales, y de las humanidades, pero principalmente a mis colegas biólogos.
Siento que a veces hay frustración por no ver que el trabajo que hacen desde las ciencias ecológicas tiene un correlato en el mundo real, en la política pública y en la defensa de la naturaleza. Tengo la información y sé que le sirve a mucha gente, pero no sé cómo llegar a ella.
Espero que sea una inspiración para las científicas y los científicos, y que vean que esta es una forma de utilizar el conocimiento ecológico disciplinar para el fin que compartimos: cuidar, preservar y mantener el paisaje y el territorio en el que vivimos todos, seres humanos y más que humanos.