Columna de opinión:

Las Ciencias de la Tierra como factor crítico para los desafíos del siglo XXI

El siglo XX fue la era en que la humanidad aprendió a viajar por el aire, explorar el espacio y desarrollar tecnologías asombrosas en los ámbitos de la energía, la salud y las comunicaciones. El avión, los cohetes y las sondas interplanetarias; la electrónica, la energía atómica, los antibióticos, los insecticidas, el internet y un sinfín de nuevos materiales han generado un progreso inigualable en la historia de la humanidad, abriendo grandes posibilidades, pero también amenazas y peligros.

Con una población humana en crecimiento, una demanda en aumento por recursos naturales, y las fundadas preocupaciones sobre la seguridad alimentaria y un escenario de cambio climático acelerado, es fundamental integrar más plenamente las observaciones de nuestro planeta, para así mejorar nuestra comprensión del sistema Tierra e implementar acciones que permitan sustentar un desarrollo armónico para el siglo XXI.

La Tierra, como sistema interconectado de partes, incluye vínculos complejos entre la litósfera —capa externa y rígida—; la hidrósfera y atmósfera —capas externas líquida y gaseosa, respectivamente—; y la biósfera —envoltura “viva”, que incluye todos los ecosistemas—. Los recursos naturales de los que dependemos se derivan de dichas capas, por lo que nuestro presente y futuro dependen del uso responsable y sostenible de los minerales, la energía, el agua y el suelo, y también del cuidado de recursos ecológicos como bosques, sistemas costeros y océanos. Además, y al estar intrínsecamente interconectados, estamos expuestos a amenazas y peligros geológicos asociados, tales como terremotos, erupciones volcánicas, remociones en masas, inundaciones y eventos climáticos extremos.

Es por estas razones que las Ciencias de la Tierra o geociencias jugarán un papel cada vez más importante en la comprensión de nuestro planeta durante el siglo XXI y en la construcción de un camino hacia una humanidad sostenible. Quizás su mayor desafío, al que estamos convocados a aportar todos quienes dedicamos nuestra labor a las geociencias, es garantizar un suministro de recursos minerales y energía fiables en un mundo que —aunque cuenta con cada vez más consciencia de sus líderes y habitantes respecto a la necesidad de reducir el consumo de los combustibles fósiles— aún es carbono dependiente.

Chile es un laboratorio natural de clase mundial para investigar, desarrollar e implementar muchos de los aspectos y desafíos destacados anteriormente. Nuestro país abarca una de las provincias volcano-termales más extensas a nivel global y contiene más del 20% de las reservas mundiales de cobre, además de otros metales estratégicos como el litio. Estos son cruciales en el desarrollo de tecnologías actuales y emergentes para la electromovilidad y la transición energética, y -por ende- necesarios para cumplir con el objetivo de ser un país 100% carbono neutral para 2050. Los recursos minerales y también energéticos, como la geotermia o calor de la Tierra, son estratégicos para Chile y el mundo, y su desarrollo dependerá fuertemente de una gestión innovadora y sostenible de los georecursos.

Estas metas no podrán ser cumplidas sin invertir de manera creciente y sostenida en ciencia básica y aplicada. Nuestra inversión en ciencia y tecnología es de alrededor de un 0.3%, en relación con el PIB, un número muy inferior al promedio de los países de la OCDE, que llega a un índice del orden de 2.3%.

Un incremento nacional en el financiamiento de la ciencia impactaría directamente no solo en el conocimiento derivado del estudio de los recursos minerales, energéticos e hídricos, así como en la formación de nuevos profesionales en el área, sino que también permitiría diversificar el portafolio de proyectos y apuntar a la transdisciplina.

Los problemas complejos requieren soluciones innovadoras y multidisciplinarias. Para ello, el financiamiento de largo plazo es fundamental, promoviendo y fortaleciendo además alianzas público-privadas enfocadas en aportar al desarrollo de la exploración, producción y consumo sostenible de recursos minerales y energéticos, a través del avance científico-tecnológico.

Las inversiones estratégicas en Ciencias de la Tierra son esenciales para integrar la comprensión científica de nuestro territorio a políticas públicas eficaces, proporcionando la información científica fundamental y fomentando la formación de capital humano avanzado necesario para satisfacer la demanda de recursos naturales y cuidado del medio ambiente. En un contexto de crecimiento de la población mundial, mitigar el riesgo y aumentar la resiliencia frente a estos desafíos del siglo XXI se hace imprescindible. Chile, sin duda, jugará un papel relevante a nivel mundial para lograrlo, y las geociencias son nuestro mejor aliado.

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