Alumni Uchile

Aída Pohlhammer, creadora de Cantando Aprendo a Hablar: "Lo que más necesitaba era hacer hablar a mi hijo Guillermo"

Aída Pohlhammer: "Necesitaba hacer hablar a mi hijo Guillermo"
Aída Polhammer es parte de la tercera generación de fonoaudiólogas de la Universidad de Chile.
Aída Pohlhammer fue parte de la tercera generación de fonoaudiólogas y fonoaudiólogos de la Universidad de Chile.
Era 1973, tenía 30 años, dos hijos pequeños, estaba separada y el país estaba atravesado por el golpe de Estado. Aun así, decidió rendir la Prueba de Aptitud Académica e ingresar a estudiar al año siguiente.
Era 1973, tenía 30 años, dos hijos pequeños, estaba separada y el país estaba atravesado por el golpe de Estado. Aun así, decidió rendir la Prueba de Aptitud Académica e ingresar a estudiar al año siguiente.
Actualmente, Cantando Aprendo a Hablar acumula más de 3.237 millones de visualizaciones en YouTube, mientras canciones como “Cantando a, e, i, o, u” superan los 10 millones de reproducciones en Spotify.
Actualmente, Cantando Aprendo a Hablar acumula más de 3.237 millones de visualizaciones en YouTube, mientras canciones como “Cantando a, e, i, o, u” superan los 10 millones de reproducciones en Spotify.

Aída Pohlhammer tiene una voz dulce, dos hijos y una creación que ha impactado a millones de personas desde su nacimiento en 1989: Cantando Aprendo a Hablar. Ella llegó a la fonoaudiología por necesidad. Su hijo Guillermo -quien hoy sabe que tiene parálisis cerebral- no hablaba. En ese entonces, en Chile casi no se conocía la labor de la fonoaudiología, pero un neurólogo le abrió una puerta: existían profesionales que podían ayudarlo. Esa certeza fue suficiente para tomar una decisión que cambiaría su vida. Era 1973, tenía 30 años, dos hijos pequeños, estaba separada y el país estaba atravesado por el golpe de Estado. Aun así, decidió rendir la Prueba de Aptitud Académica e ingresar a estudiar al año siguiente. “Fue maravilloso, un cambio de vida. Después de haber estado en la casa, entre medio de pañales, llegar a estar ahí con gente joven fue maravilloso”, recuerda sobre su ingreso en 1974 a la Universidad de Chile, donde fue parte del “glorioso nivel C”, la tercera generación de fonoaudiólogas y fonoaudiólogos del país, que hasta el día de hoy se siguen comunicando por WhatsApp y se reúnen en encuentros.

“En primer lugar, necesitaba tener mejores entradas económicas, pero lo que más necesitaba era hacer hablar a mi hijo Guillermo”. Ese motor marcó toda su trayectoria, porque no solo estudió la disciplina, sino que la vivió.

Cuando ingresó a la carrera, la Universidad de Chile era la única institución que impartía fonoaudiología. Ese contexto no solo garantizaba empleabilidad inmediata, sino también una formación exigente, en una carrera donde “si repetías un ramo te echaban”. Recuerda con especial admiración a docentes como la lingüista María Mercedes Pavéz, el neurólogo Archibaldo Donoso y el doctor Eduardo Lira, quienes marcaron su mirada profesional. “Para mí siempre ha sido un orgullo haber salido de la Universidad de Chile”, afirma. Ese sello -riguroso, público y comprometido- se reflejaría más adelante en su aporte a la educación.

“La fonoaudiología me ha servido mucho y es una carrera preciosa, cada día más linda”, asegura. “Es muy lindo cuando logras hacer hablar a un niño. Me acuerdo de que una de las primeras pacientes que atendí no podía decir la erre a los 19 años. Y con un par de ejercicios le salió y ella no lo podía creer”.

- ¿Por qué es importante el lenguaje?

El lenguaje es la base del ser humano, es su característica. Veo que mi hijo tiene muy buen lenguaje comprensivo, pero no puede hablar. El lenguaje es vital y siento que todavía nos falta trabajar mucho más lo que no es patológico. Tú ves a los políticos: al que habla más lindo es al que uno le cree. Hay algunos que pueden ser excelentes, pero si hablan mal... Uno selecciona por la forma de hablar.

Cuando la música se transforma en herramienta

Tras egresar de la Universidad de Chile, Aída trabajó con adultos en el Hospital El Salvador y luego, junto con otras colegas y profesionales de distintas áreas, formó el Centro Manantial, que tuvo mucho éxito por su enfoque multidisciplinario. Allí estaba cuando tomó la guitarra por segunda vez para estimular el lenguaje. La primera vez había sido con su compañera Myriam Pinto, en su memoria de título. Cuenta que, apenas tomaba la guitarra, la niña o el niño ya miraba con más interés y la conexión se hacía más fuerte. Recuerda que comenzó haciendo un cuaderno con terminaciones de palabras con la sílaba “pa”. Su objetivo era que una paciente lograra decir “papá”. A ese cuaderno con imágenes y palabras le puso música y comenzó junto a Myriam la aventura de Cantando Aprendo a Hablar, a la que luego se incorporó Pamela Cotorás, también fonoaudióloga de la Universidad de Chile, especialmente en el ámbito ejecutivo: que una profesional cantara las canciones, hacer un disco -o grabar un casete, en esa época- y venderlo para que les sirviera también a otras familias. Así nació en 1989, “casi junto a la vuelta de la democracia”, como recuerda, Cantando Aprendo a Hablar.

Nace un fenómeno

Lo que comenzó como una iniciativa autogestionada creció hasta convertirse en un fenómeno cultural y educativo. Actualmente, Cantando Aprendo a Hablar acumula más de 3.237 millones de visualizaciones en YouTube, mientras canciones como “Cantando a, e, i, o, u” superan los 10 millones de reproducciones en Spotify.

El proyecto ha sido reconocido internacionalmente: fue nominado al Grammy Latino en 2011 y ha participado en escenarios masivos como Lollapalooza en 2014 y 2016. Su impacto se extiende por toda Latinoamérica, donde no solo niños y niñas, sino también familias completas, han hecho propias sus canciones. “Lo máximo para mí fue en Perú ver a los papás cantando”, recuerda Aída sonriendo.

Más allá de las cifras, el impacto de Aída Pohlhammer se mide en historias cotidianas. Padres y madres se acercan o le escriben para decirle: “Mi hijo aprendió con usted”. Ese reconocimiento espontáneo resume el alcance de su trabajo: haber transformado el aprendizaje del lenguaje en una experiencia accesible, lúdica y afectiva.

Hoy, alejada de la atención clínica, sigue dedicada al desarrollo de Cantando Aprendo a Hablar, convencida de que la tecnología y las nuevas plataformas pueden potenciar aún más su impacto. Su historia es también la de una certeza: que nunca es tarde para comenzar, que la formación pública puede ser un motor de cambio y que, cuando el conocimiento se conecta con la experiencia, puede transformar vidas.