La investigación, publicada el 17 de abril de 2026 bajo el título "Rock Face Temperature Variability From Long-Term High-Frequency Infrared Thermography" en la revista Journal of Geophysical Research: Earth Surface, presenta algo que no se había hecho antes: el monitoreo continuo de temperaturas superficiales de un acantilado costero durante un año completo, con una cámara infrarroja que capturó datos cada hora y con una resolución espacial de 12 cm por píxel en una superficie de más de 1.300 m2. Con esos datos, se procesaron mediante programación más de 4.270 imágenes térmicas.
El sitio de estudio fue un acantilado costero en Whitby, ubicado al noreste de Inglaterra. Allí, los resultados sorprenden incluso para ese clima marino de latitudes medias y cercano al nivel del mar actual: la roca experimenta un rango térmico anual extremo, desde -11,7 °C hasta 40,2 °C, es decir, una variación cercana a los 52 °C. Además, se identificaron 123 días con ciclos de congelamiento y descongelamiento, procesos conocidos por debilitar progresivamente la estructura de la roca. A esto se suman cambios bruscos de temperatura, con incrementos de hasta 20 °C por hora y descensos de hasta 13,7 °C por hora.
Según el equipo investigador, estas condiciones generan tensiones térmicas que favorecen la aparición y propagación de grietas, las cuales, con el tiempo, pueden derivar en desprendimientos de roca. "No siempre es necesario un evento extremo para que ocurra un derrumbe; los cambios térmicos por sí solos, incluso sin cobertura de nieve, pueden ser un factor determinante", explicó Ignacio Ibarra, académico del Departamento de Geografía de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la U. de Chile.
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que la temperatura del aire, que se utiliza frecuentemente en análisis ambientales, no refleja adecuadamente lo que ocurre en la superficie de las rocas. Las mediciones directas evidencian que las variaciones térmicas en el terreno son mucho más intensas y dinámicas de lo que sugieren los registros atmosféricos tradicionales.
El estudio también revela que distintos factores controlan la temperatura de la roca según las condiciones ambientales. En días nublados y en condiciones de sombra, la composición del material rocoso es el principal determinante térmico. En cambio, en jornadas soleadas, la forma del acantilado y la incidencia de la radiación solar, incluidos los efectos de sombra, juegan un rol predominante.
Para Ignacio Ibarra, estos resultados permiten avanzar en la comprensión de la inestabilidad de laderas, un fenómeno clave tanto en contextos naturales como urbanos. "Contar con datos de alta resolución en el tiempo y el espacio abre nuevas posibilidades para anticipar zonas de amenaza y riesgo, y entender mejor cómo podrían evolucionar estos procesos en escenarios de cambio climático", señala el autor.
El trabajo aporta evidencia empírica inédita y plantea desafíos para la forma en que se estudian estos fenómenos. Hasta ahora, gran parte de los análisis térmicos en laderas rocosas se basaban en datos de corto plazo o baja resolución, lo que podría estar subestimando el impacto real de las variaciones térmicas en la estabilidad y erosión de las laderas.
Con implicancias que van desde la gestión de riesgos de desastres hasta la planificación territorial, esta investigación aporta importantes insumos a la comunidad científica, a quienes toman decisiones y al diseño de políticas públicas sobre procesos geomorfológicos y cambio ambiental para contribuir a la prevención de desastres.
Los resultados son relevantes no solo para este acantilado en el Reino Unido, sino también para pensar en laderas costeras y andinas de Chile, y en cómo el cambio climático puede alterar la frecuencia e intensidad de estos procesos.