En un proceso altamente competitivo, donde se presentaron 39 obras provenientes de diversas unidades académicas como Medicina, Artes, Ciencias Sociales y Ciencias Físicas, entre otras, el libro del profesor Sergio Micco Aguayo fue uno de los 12 seleccionados de 2025 para recibir financiamiento. El fondo Rector Juvenal Hernández Jaque busca visibilizar investigaciones de excelencia que trasciendan los muros universitarios, abarcando áreas tan diversas como la salud, la lingüística, la geriatría y el patrimonio.
La obra de Micco, titulada "Pensar la política. Un prefacio a la filosofía política clásica y moderna", destaca por un enfoque pedagógico renovado. A diferencia de los manuales cronológicos tradicionales, el autor organiza la tradición del pensamiento occidental en torno a tres ejes críticos: la naturaleza de la política, el deber de obediencia y la mejor forma de gobierno. Además, el texto hace un esfuerzo por integrar voces históricamente ausentes en la disciplina, incorporando a pensadoras como Hannah Arendt, Rosa Luxemburg y Mary Wollstonecraft.

En la siguiente entrevista con el académico, podrás conocer en detalle el sentido y los alcances de esta publicación.
La filosofía política como brújula ante la crisis
Su libro "Pensar la política. Un prefacio a la filosofía política clásica y moderna" se centra en tres interrogantes fundamentales: la naturaleza de la política, el deber de obediencia y la mejor forma de gobierno. En el contexto actual de crisis de confianza institucional en Chile y el mundo, ¿cómo cree que el regreso a las bases de la filosofía clásica y moderna puede ayudarnos a reconstruir el tejido político hoy?
Acabamos de vivir una crisis profunda como sociedad, y muchas preguntas quedaron abiertas. Una de ellas tiene que ver con el papel del poder, la fuerza y la violencia, tanto en el Estado como en nuestras relaciones sociales. Otra es qué entendemos por democracia y si ella existe realmente como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. A partir de esa inquietud, algunos quisieran formas más directas de participación y una realización más plena de la igualdad socioeconómica ; otros, en cambio, se preguntan si, en sociedades cada vez más complejas y sometidas a cambios muy acelerados, no sería preferible una conducción más tecnocrática de los asuntos colectivos. Ahí reaparecen, con toda su fuerza, antiguas discusiones sobre democracia, aristocracia, meritocracia y representación.
Algo parecido ocurre con la obediencia a la autoridad. Incivilidades cotidianas, protestas, desconfianza hacia el Estado y cuestionamientos a las élites vuelven a abrir una pregunta de fondo: ¿por qué habría de obedecer a nuestros gobernantes si no son capaces de proteger la propiedad, garantizar el libre tránsito por la ciudad o evitar la elusión de impuestos y los abusos de poder? De este modo, vuelven a ponerse sobre la mesa problemas clásicos como el monopolio de la fuerza física estatal, la desobediencia civil, la objeción de conciencia y el anarquismo. Y, en el plano internacional, conflictos y crisis contemporáneas, como las que se viven en Medio Oriente o en Ucrania, reabren preguntas igualmente decisivas sobre el tiranicidio y la guerra justa. Todos estos temas son tratados, por ejemplo, en el libro. Por eso, volver a la filosofía política clásica y moderna no es un gesto erudito ni una nostalgia académica. Es una forma de pensar mejor los dilemas del presente. Y ese es, precisamente, el propósito del libro.
El Comité Editorial del Fondo Juvenal Hernández destacó que su obra aborda la necesidad de “repensar los modos de construcción de los sujetos”. Considerando que su propuesta es un “prefacio”, ¿cuál es el vacío pedagógico o reflexivo que usted detectó en la literatura actual sobre Administración Pública y Ciencias Políticas que este texto busca llenar para los estudiantes y la ciudadanía?
No hablaría de un vacío, porque en la universidad contamos con abundantes y magníficas bibliotecas y selecciones de textos de los principales filósofos políticos del mundo occidental. También recurrimos a grandes historias de la teoría política, escritas por autores realmente enciclopédicos, como Wolin, Strauss, Ryan, Strauss o Sabine.
El aporte pedagógico de Pensar la política, que surge sobre todo de mi experiencia docente en la Universidad de Chile desde 2004, y en particular del trabajo con mis estudiantes del Magíster en Ciencia Política, es que no presenta la filosofía política como un recorrido cronológico, autor por autor. Lo que hace, más bien, es ordenar esa tradición a partir de tres grandes preguntas que siguen siendo decisivas: qué es la política, por qué debemos obedecer a los gobernantes y cuál es el mejor régimen político.
Además, el libro incorpora figuras que suelen estar más bien ausentes en dichas obras, como mujeres y pensadores españoles. Así, presento las respuestas que ofrecen a algunas de estas preguntas Rosa Luxemburg, José Ortega y Gasset, Francisco de Vitoria, Emma Goldman, Mary Wollstonecraft y Hannah Arendt. A eso se suma una decisión pedagógica: cada autor - respondiendo a una pregunta- es tratado en no más de ocho páginas, de modo que el texto pueda servir tanto para introducir los problemas como para abrir la conversación en clases.
De las 39 obras presentadas en 2025, la suya fue una de las 12 seleccionadas para recibir financiamiento. ¿Qué importancia le asigna usted a la existencia de fondos como el Rector Juvenal Hernández Jaque para que la investigación en humanidades y ciencias sociales de la Universidad de Chile alcance una difusión pública que trascienda los muros de la facultad?
Para mí es una alegría y un honor haber sido seleccionado por segunda vez por el Fondo Juvenal Hernández. Antes fue La política y los intelectuales y ahora Pensar la política, que es un prefacio a la teoría política clásica y moderna. El libro busca invitar a volver sobre las grandes preguntas políticas que han acompañado a la civilización desde sus inicios.
Hoy, hacer filosofía política me parece especialmente importante, porque vivimos un tiempo en que no solo están en discusión nuestras formas de convivencia, sino también, para muchos, el propio futuro de la humanidad. Algunos ven ese riesgo en la crisis ecológica o en una eventual crisis nuclear ; otros, en las transformaciones que la ciencia y la tecnología podrían provocar en la misma naturaleza humana, lo que ha llevado a hablar de transhumanismo o poshumanismo. Todo esto debiera invitarnos a una reflexión compartida, y yo creo que la universidad tiene que ser uno de sus espacios privilegiados, además desde una mirada transdisciplinaria. Por eso valoro tanto la posibilidad de proyectar más allá de los muros de la Facultad de Gobierno las reflexiones que aquí hacemos. En ese sentido, el Fondo Rector Juvenal Hernández nos abre una oportunidad muy valiosa.